Microrrelatos: "Frente al espejo"

GQB2015Llevaba un millón de años sin llorar y eso le preocupaba, le pesaba como una losa sobre los hombros. Mientras el agua descendía por su cuerpo y formaba una densa nube de vapor, pensaba que quizás se había vuelto demasiado fuerte, demasiado frío. Pensaba que tal vez se había acostumbrado a la ausencia del llanto, a la exigencia autoimpuesta de no dejarse hundir, aunque tan solo fuera cada cierto tiempo, por la tristeza siempre acechante.

No recordaba la última vez que se había hecho un ovillo y agarrado sus piernas, dejando reposar la cabeza sobre sus rodillas para iniciar un suave balanceo adelante y atrás; un vaivén acompañado de sollozos que creaban una estampa que ahora consideraba casi dulce, limpia.

No recordaba haberse derrumbado sobre el hombro de alguien; ni haberse aferrado a su pecho como lo hace un náufrago a la última tabla salvadora de un barco hecho añicos.

No recordaba su propio llanto. Y la ausencia de esa tristeza le producía otra más insondable, desconocida y pavorosa, densa y gris.

Así que salió de la ducha y, acercándose mucho al espejo, se buscó. Trató de encontrarse en la oscuridad de sus pupilas y su iris, traerse de vuelta de donde fuera que se hubiese perdido.

Y entonces, en aquel abismo negro en el que se había zambullido, se vio.

Pero había también allí cientos de promesas rotas, hechas a sí mismo y a los demás.

Y sueños abandonados, con el bonito papel de celofán con el que los había envuelto en su momento agrietado y olvidado.

Y había allí también muchos errores de su puño y letra. Palabras, hechos, heridas; apenas sin cerrar y con su señal caprichosa grabada en cada una de ellas.

Y encontró también algunas personas a las que usó, exprimió y luego tiró. Amontonadas cual cadáveres en una fosa común, como flores que se supieron hermosas tiempo atrás, pero que su egoísmo había marchitado tras absorber toda su esencia. Todas esas personas le miraban con los ojos muy abiertos, preguntándole en silencio “¿Por qué?”.

Encontró también, entremezcladas y desordenadas, algunas despedidas para siempre, algún reproche irreparable e incluso algunas palabras mudas desde su nacimiento que le quemaron en su día la lengua y el paladar por no haber tenido el valor de pronunciarlas.

Se sorprendió al encontrar tantas cosas allí, en sus ojos, bien escondidas de todos y todas, escondidas incluso para él mismo. Puestas ahora al descubierto no sabía muy bien qué hacer con ellas. Eran demasiadas.

Sólo se le ocurrió una cosa, y la hizo: las dejó salir de ese profundo abismo. Una a una, en procesión constante y silenciosa, sin prisa pero sin pausa.

Y cada error, cada persona, cada sueño y cada despedida encharcaron sus ojos y los ojos que le miraban desde el espejo. Comenzaron a caer desde allí en un goteo constante y silencioso, sin prisa pero sin pausa.

Y a pesar de estar llorando, el rostro del espejo le devolvía una sonrisa pacífica, agradecida y reparadora. Permaneció así un rato, llorando y sonriendo.

Luego limpió su cara con el dorso de la mano, y se fue a dormir.

1 comentario

  • Hastiado Lunes, 26 Abril 2021 11:07 Enlace al Comentario

    Irremediablemente llega ese momento tan bien descrito en este relato.Gracias.

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