Microrrelatos: "Los Tarantas"

eulalionuevaAyer por la tarde, a eso de las cinco pasadas, me concedí un receso, justo el tiempo de un pitillo que me alejara del escritorio. En la carpeta, y aún por corregir, dejé las abundantes cuartillas del cuento a medio escribir, “La hija de Pigmalión”, a fin de encontrar una ocasión más propicia. Con las primeras bocanadas de humo llegó el recuerdo del reciente óbito de mi amigo J.: su alarmante delgadez, la sedación durante la convalecencia y, por último, la agónica despedida. A continuación, siguiendo un predeterminado rango descendente, según la gravedad del asunto, oí las palabras del día anterior de Vicente: “¿Sabes lo de C.? Va para dos meses que está hospitalizado. El corazón”. Un hilillo azulenco ascendía desde la brasa del cigarrillo hasta el cielo raso empañando el aire de nicotina, pero yo andaba ya bien lejos del lugar filosofando sobre el paso del tiempo, el cual, sin darnos cuenta, nos ha hecho frágiles en demasía y, por ende, más vulnerables. Ahora más que nunca nos encontramos en el vórtice del huracán, dispuesto siempre a succionarnos sin previo aviso, llevándonos inexorablemente junto a la enfermedad y después a los pies de la muerte. Como es obvio, el resto de problemas que se sucedieron dejaron de tener importancia, pero del pasado lejano surgieron curiosamente los rostros de los Tarantas abriéndose paso por entre la jungla de los dormidos recuerdos.

No. No volví al escritorio. Cené ligero. Leí un rato y me fui temprano a la cama, presagiando “una noche a juicio” o, lo que es lo mismo, una larga vigilia. No tardaron en regresar de nuevo los Tarantas mirándome en silencio. ¿Qué deseaban? ¿Y por qué yo? Al rato caí en la cuenta, aquellos espectros pretendían ante todo ser recordados y que de ellos quedase un testimonio impreso de su paso por esta tierra, tal vez porque en vida nunca tuvieron un minuto de paz ni un segundo de gloria. Y me pregunté: “¿Quizás preconiza su presencia que también yo me encuentro en el peligroso vórtice del huracán, ya sin tiempo para escribirles un largo cuento o un corto capítulo de una novela que nunca verá la luz? ¿Bastarán unas líneas para satisfacer sus deseos? “

Los Taranta era el remoquete empleado por todos para denominar a los miembros de aquella familia, especificando a continuación el grado de consanguinidad para referirse a uno u otro en particular. Así pues, el árbol genealógico quedaba del siguiente modo: el abuelo, la hija del viejo y madre de los chiquillos, y estos, a su vez, adecuándose —según el orden natural, biológico— en el mayor, el del centro, el más chico de los varones y la párvula, la última en nacer y la primera en morir.

Malvivían en una casucha al fondo de un callejón sin salida, igual que su futuro. Al conjunto lo llamaban casa, por tener techo, pero se trataba de unos estrechos cuartos escasamente ventilados con rancio olor a orín. El viejo se aficionó temprano a la bebida y andaba de acá para allá ocioso, embutido en una ajada americana con el virginio entre los labios salivosos y desentendido de toda realidad circundante. La hija, con tanto crío en rededor, sin apenas medios económicos, no sabía dónde poner las manos ni a qué santo encomendarse para llenar la olla. De joven debió ser atractiva. Los ojos los tenía grandes y luminosos, los labios finos y el cabello corto, color oro viejo. Del esposo apenas guardo memoria, únicamente la vaga silueta de un bulto que no sé a dónde fue a parar. Y qué contar de los chiquillos. El mayor estuvo un tiempo escolarizado, lo recuerdo por verle la maleta al salir de clase mientras le aguardaban los hermanos. A continuación, en fila india, seguían al primogénito penduleando las curvadas extremidades superiores con los dedos ligeramente doblados hacia las palmas. Nunca les conocí juguetes ni cosa parecida ni en el día de Reyes, ni jamás les vi jugar con los demás niños, solo en la gregaria compañía ofrecida por el clan familiar. En repetidas ocasiones me los tropezaba al socaire de un muro o al sol de un claro, con las ropas astrosas, dibujándose en los trapos grandes lamparones y, a juego, los rotos y pegotes del calzado.

Algunos mayores achacaban a natura la incapacidad intelectual de aquellos indefensos seres y, a esta última, la marginación que los relegaba de la sociedad, apostillando cruelmente: “Les viene de herencia, a todos les falta un hervor y un grano de sal”, como si los desdichados fuesen, de un rebaño, las ovejas negras y no el fiel reflejo, un tanto deslucido, de ellos mismos. Ay, taimados discípulos del prefecto Pilatos.

Hoy, al evocarlos, no dejo de preguntarme dónde estaba la pía vecindad con unas lascas de jabón y unos kilos de porotos, dónde la beca y la sotana revestidas de caridad del señor cura párroco con unos pocos billetes del cepillo, dónde la municipalidad ofreciendo los servicios de un operario que diese cemento a los desconches y cal blanca a las paredes de aquel hogar.

Manolo el Bola tuvo un cálido recuerdo para con ellos. Años después del suceso, contome que vio a la madre el día que le dieron a la niña de alta en la clínica y que la desventurada, con la párvula en brazos, hizo a pie los treinta kilómetros hasta su casa. El Bola concluyó ensimismado: “¡Qué no hará una madre por un hijo!”

La niña voló al cielo, la madre tiempo después, años más tarde el abuelo. Los chiquillos llegaron juntos a la juventud. Yo solía verlos en las fiestas mayores siempre en grupo e igual de zarrapastrosos. El mayor señalaba con el índice, según su entender, algo genial, por ejemplo, la luz a pila sobre los pentagramas de los músicos o un elemento sorpresivo en las carrozas de fantasías al paso de estas, mientras los hermanos, con cara de asombro, emitían un sonido gutural solo inteligible entre ellos, pero tan lastimero a mis oídos. De los varones, partió primero el chico; a continuación, el del medio y, por último, el mayor. Le da a uno que pensar el orden de partida, “los últimos serán los primeros”. Que así sea y que encuentren al fin la justicia y la equidad que se les negó en vida.

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento