Microrrelatos. "Carta en la madrugada"

eulalionuevaHace horas que intento redactar con escaso éxito esta composición, pero aún ha de languidecer el día para que llegue la madrugada. De ella anhelo la discreción de amante silenciosa y la paz que me aporta, devolviéndome su lenitiva presencia al estadio de los Robinsones al cual pertenezco sin reservas, pues nunca dejé de considerar mi condición de náufrago junto a otros que, como yo, habitamos estas impredecibles riberas. Por consiguiente, odio la arribada que a nuestra edénica isla hacen los invasores ruidos diurnos, los cuales me soliviantan el espíritu impidiéndome pensar con total lucidez. Me refiero al desagradable escape libre de la motocicleta al pasar y los sobrepasados decibelios del martillo eléctrico en la obra aledaña, la cual sobrepuja en duración a las vetustas construcciones de la meseta de Giza. Del mismo modo detesto el vocabulario chabacano de la joven vecina, que se cuela furtivo por entre las lamas de la persiana, así como la permisividad de la muchacha para con sus tres berreantes críos. Desprecio al esposo de esta cuando regresa al hogar tras la dura jornada, su constante mal humor, sus ternos al aire en presencia de los infantinos. Todo podría perdonarlo con algo de tiempo, exceptuando los inauditos picnics del fin de semana en la azotea de los advenedizos residentes de enfrente: el disco de la gramola volteando de la mañana a la noche, uniéndose la música a los paliques y las carcajadas huecas de los arrabaleros dueños, del todo ajenos al descanso del enfermo y al respeto debido a los deudos del difunto e igual de irreverentes con la siesta del anciano y el tiempo de estudio de los adolescentes, sin olvidar la nula deferencia hacia el teletrabajo y la reflexión pausada después de las atentas lecturas. ¿Acaso desconocen estos impertinentes la figura de Aristóteles y el amplio concepto filosófico de sociabilidad? Sarcasmo y pullas aparte, creo que son enfermos aquejados por el endemismo instalado hace décadas en nuestro país, el ruido. Mortal maleficio para el pensamiento humano.

Querido padre, después del largo exordio, hacerte llegar, del acostumbrado balance anual, lo más llamativo del mismo. Hasta el día de la fecha, numerosos problemas de diversa índole y dispar magnitud me han impedido atender con plena dedicación nuestra casa de campo y la diminuta arboleda de frutales. Nada serio que no se arregle con unas jornadas de reconfortante trabajo físico, aunque, si te soy sincero, preferiría el tándem que antaño realizábamos codo con codo. Antes de ayer, con las primeras luces de la aurora, en el descansillo del repecho donde forzados por la pina ascensión tomábamos aliento, me topé con un inesperado hallazgo: cuatro despistados gazapillos parecían aguardarme, por el tamaño y el lustre de su algodonoso pelaje deduje rápidamente que pertenecían a una misma ventregada. Los dos primeros olisqueaban con graciosos rictus las fragancias húmedas de la mañana, al tiempo que el tercero orientaba las antenas hacia el rumor de mis suaves pisadas, mientras el último ponía pies en polvorosa llevándose a la simpática hornada. Otras gratas alegrías me aguardaban todavía sin yo saberlo.

Orillé los frutales en flor y los adelantados que a granar empiezan. También hice un alto en los ennegrecidos tocones, semejantes a los kudurrus que maravillan a los arqueólogos, mas, para mí, funesto recordatorio del pasado incendio. Fue ahí cuando dirigí instintivamente la mirada a la hilera opuesta, donde el limonero sutil enseña su bruno esqueleto apenas mayor que el de un bonsái. Cuál no sería mi sorpresa al ver entre la amarillenta yerba un relumbre esmeralda. Me acerqué sin demora para comprobar in situ que, del interior de la tierra, un vástago anunciaba la vida dos años después de muerto el cítrico. Y pensé: “Qué antagónico juego de claroscuros mantienen la vida y la muerte…” La virulencia del astro rey me empujaba inconscientemente hacia el emparrado de la terraza. Allí, en la sombreada balconada, con la soberbia panorámica del macizo de Tamadaba enfrente, consideré qué magmáticas fuerzas descontroladas y telúricos movimientos de otras eras geológicas habían creado la imponente mole basáltica que nada tiene que envidiar al Cerro del Corcovado, —simple basamento del Cristo Redentor— de Río de Janeiro, ni al pétreo vasar del Monte Rushmore con sus jarritas Toby esculpidas en la roca. Tamadaba se muestra primigenia y virginal, con su silueta de animal antediluviano, de glauco pelaje, adormilado sobre las aguas del Atlántico extendiendo su dentada cola al suroeste. Al punto, un fuerte tiberio proveniente de la enramada atrajo poderosamente mi atención, distrayéndome por un instante de la emocionada contemplación de nuestro excelso pinar: petirrojos, canarios silvestres y horneros piulaban por los agostados bebederos. Sin tardanza recargué los pilones y, a la sazón, en grupos de tres y cuatro descendían las avecillas a las fuentes para luego regresar con premura a las lianas y a los sarcillos de la parra, felices y saciadas. Incluso creo recordar que mi alma también voló un breve instante sobre las cetrinas coníferas de Tamadaba con la última avecilla.

Este año los medios de comunicación del archipiélago no han cejado en el empeño de continuar informando sobre la evolución del Covid-19, el cual nos sigue hostigando con numerosas mutaciones designadas con sustantivos estigmatizadores que hacen clara alusión a un país o a todo un continente. También hablan los medios de la idoneidad de esta o aquella otra vacuna para inocular a una franja de edad determinada y de la celeridad en los vacunódromos para cumplir con los plazos establecidos. Otros artículos siguen al detalle la deriva de la deteriorada economía y los problemas sociales que esta acarrea: el creciente paro, los ERTES, las interminables colas en los comedores de Cáritas y un largo etcétera. Menciono todo esto porque, con la que cae y la que se nos viene encima, los profesionales de la información han buscado tiempo y espacio para loar a Natalia. Sí, querido padre, este año la prima Natalia ha sido la figura elegida para conmemorar el Día de las Letras Canarias. Durante estos meses el pebetero de las letras alumbrará su humanísima persona y su obra gracias a la ardua tarea de rescate realizada por la Catedrática de Filología Hispánica Blanca Hernández Quintana, con la que estamos y estaremos eternamente en deuda, al igual que con la directora de Ediciones Torremozas Marta Porpetta y con las más altas instituciones gubernamentales canarias encabezadas por don Ángel Víctor Torres, no solo ya como presidente de todos los canarios, sino también por su anterior faceta de docente en la rama de Lengua y Literatura, ahí es nada. Don Ángel tuvo sentidas palabras para la escritora, hecho que le dignifica doblemente. No puedo ni debo obviar a todos aquellos que de una manera u otra han participado en los distintos eventos: familiares, amigos, artistas y, cómo no, el desconocido lector. ¿Qué sería de los escritores en general sin el desconocido lector? Nada. ¿Quién de entre todos nosotros, transcurridas más de dos décadas de la partida de la poeta, hubiese pensado que, al igual que el limonerillo sutil, ella también echaría un renuevo? Y, aún a riesgo de repetirme “Qué antagónico juego de claroscuros mantienen la vida y la muerte…”, qué podría yo añadir que no se haya mencionado en los cenáculos y en los círculos literarios de la capital, dado que doctores tiene la Iglesia. Tal vez recuerdes papá la tarde en que te apremiaba abrumadoramente para visitar a Natalia en su apartamentito, escasamente amueblado, de las Canteras, para que me dedicase un ejemplar de su poemario “Diciembre”. Todavía recuerdo la sorpresa dibujada en el fondo de sus ojos al vernos y el cálido recibimiento que nos brindó. Hablamos intensamente de sus vínculos con la villa de Agaete y de las esporádicas visitas al jardín de la tía Felisa en la calle Aljirofe, con los cosmos florecidos en los parterres, así como de los primos y todos los amigos del pueblo paterno. Al final, con temblorosa caligrafía por su hemiplejía, estampó la tan ansiada dedicatoria y poco más estuvimos a su lado, porque al rato tú y yo regresamos a Gáldar dejándola con su eterno fardo y tan debilitada por la enfermedad. Entonces rememoré sin decirte nada unos versos de Lope, “que un hombre que todo es alma / está cautivo en su cuerpo”, algo así debió sentir Natalia.

Hoy cenó mamá más temprano de lo habitual. La ingesta fue suave y escasa, hecho que no me alarma en exceso, pues goza de buena salud. A continuación, se entretuvo un rato con el repasador entre las manos, frotando los estampados del Arcopal, regresando seguidamente la porcelana al aparador. Durante ese tiempo no dijimos nada y, sin embargo, el silencio me habló. Escuché cómo te invocaba, después un entrecortado lloriqueo, así supe de todos sus temores. Solo espero que no haya advertido mi desasosiego. ¿Cuánto tiempo nos quedará juntos Dios mío? ¿Qué algoritmo me lo podrá decir? Mejor será no saberlo, ¿verdad?, y vivir estirando los segundos como si fuesen minutos y estos como preciosas horas. Este año, aparte del cuido del jardincillo, mamá se ha dedicado casi por entero a la filantropía y, como una Santa Teresa de Calcuta, tiene en adopción a dos mininos que en la tarde-noche abandonan la colonia gatuna y vienen a por la cena, igualmente hacen dos perritas vagabundas, pero un poco más tarde. Hace unas horas, antes de retirarse al dormitorio, mamá me hizo saber de su interés en visitarte y agasajarte con unos anturios.

Bien avanzada está ya la madrugada. Con las primeras luces de la alborada temo el regreso de los atroces ruidos, por consiguiente, seré brevísimo en mi alegato final. Atareado y falto de tiempo como me encuentro, solo puedo emplear cuarenta y cinco escasos minutos de la tarde para el esparcimiento personal. Desde mi banco de hierro fundido, cual butaca de platea, observo a los transeúntes pasar, cada uno escenificando dignamente su papel en este descarnado sainete. Aquí viene la parejita que comienza el noviazgo con su delator paso desacompasado, ¿qué les tendrá reservado Cupido? Ahora es el turno del repartidor de víveres que llega siempre a las ocho y media, pero, por lo que se ve, hoy viene un poco retrasado empujando la zorra que ha de subir a pulso hasta la cuarta planta. En este momento entra en escena el septuagenario que me escamotea quince minutos hablando de no sé qué cosa, sin que lo note advierto cuánto lo ignoran en la casa. Durante su monólogo pasó la chica a la que se le pasó el arroz y ahora se resigna a tironear de la mascota, quizás maldiciendo al príncipe azul. A distancia la seguía un toxicómano que, algo grogui, apañaba colillas. Y, a todas estás, ¿qué papel desempeño yo en esta obra? ¿Un mero espectador? ¿Un crítico teatral? ¿Una estatua sedente? Iluso de mí, tan solo un náufrago más.

Son las ocho y cuarenta y cinco y aún está por venir la mujer misteriosa. Qué causa la dilación que hoy me inquieta sobremanera. ¿Quizás un inadvertido error en alguna de las crucetas del libro mayor? Si es así, ¡oh beldad!, no te entretengas en ese cementerio atestado de números y acude cuanto antes. Acaso la mujer misteriosa sea una dependienta consagrada al género textil y una clienta de última hora, —que las hay— la entretiene con una engorrosa devolución. ¡Qué poco sé de ella! Solamente que me mira y la miro al pasar, lo demás, vanas conjeturas y preguntas sin respuesta. ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? ¿Tiene marido? ¿Hijos tal vez? ¡Ay, ufano corazón, que a estas alturas de la vida pretendes reverdecer! Tente insensato músculo, no vaya a ser ella otro rayo de luna más y termine yo enloqueciendo igual que el pobre Manrique. Pero... y si por un misterioso designio del destino fuese aún mozuela y no tuviese marido, ¿sería yo capaz de llevármela al río? Por puro pudor al río no… Pero quién quita que si a la alameda. Qué no daría yo por un paseo con ella por la alameda.

Si no te importa papá, este tema tan íntimo lo hablamos a solas una de estas madrugadas.

Eulalio Jesús Sosa Guillén

Actualizado el Domingo, 15 Agosto 2021 17:04 horas.

6 comentarios

  • Ángel Ruiz Quesada Viernes, 27 Agosto 2021 13:54 Enlace al Comentario

    Qué magnífico relato Eulalio, ignoro si se trata de una novela o narrativa, pero yo he disfrutado mucho con esta carta dándola por real. Por ello, te diré que tengo la certeza que tu padre la ha leído y releído varias veces, y se sentirá "más vivo que nunca", pues no se me olvida cómo era y los bellos sentimientos con los que disfrutaba y compartía. Muy dulce y enorme riqueza en tu vocabulario.

  • Paulino Domingo, 15 Agosto 2021 03:24 Enlace al Comentario

    Me he llevado una grata sorpresa al leer este relato, pues si bien sabía que eres un buen tertuliano, desconocía esta faceta de escritor.Me has dejado con la miel en los labios .
    Muchas felicidades Eulalio Jesús

  • Rita Domingo, 08 Agosto 2021 21:25 Enlace al Comentario

    Como siempre me ha gustado mucho. Felicidades ???

  • Josefa Molina Viernes, 06 Agosto 2021 08:33 Enlace al Comentario

    Maravilla de carta y de texto, magníficamente escrito, Eulalio. Me encanta leerte! Enhorabuena!

  • Juan Jose Mendoza Quintana Jueves, 05 Agosto 2021 13:31 Enlace al Comentario

    Gracias por tan estupendo relato...

  • Paqui Miércoles, 04 Agosto 2021 10:33 Enlace al Comentario

    Carta emotiva y ojalá llegue a manos de la sociedad para hacerla más sensible. Leo todos los micro relatos. Ánimo!,

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