Microrrelatos. La pastora y el caminante

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Está sentada en una silla baja a la sombra del membrillero, mientras reniega del inesperado viento que alza del cesto blancos copos de lana. Su tez arrugada y morena en contraste con un cuerpo, que se adivina vigoroso, hace imposible adivinar su edad. Pero sé que es ella.

La conocí hace cincuenta años. Yo era un joven caminante inquieto que me dirigía a la Cumbre por los caminos reales; me desvié y fui a dar a las inmediaciones del cortijo; la tarde ya estaba en sombras y decidí quedarme a pasar la noche bajo un castaño.

Desplegando el saco de dormir oí el concierto de cencerros y balidos de ovejas de un rebaño que se acercaba. De lejos observé que era una mujer la que pastoreaba, una mujer joven y agraciada que vestía con chándal deportivo y gorra de visera que sombreaba su morena cara.

Me saludó con una amplia sonrisa, apoyada en la larga lanza de pastor; su nombre era Lena. Cuando le dije que iba a pasar la noche al raso, me aconsejó que no lo hiciera porque había muchos carrancios por allí, por ser zona de ganado, y que si lo deseaba podía quedarme en el cortijo.

Después de mi agradecimiento por la invitación nos pusimos en marcha encabezando el ganado. Yo me sorprendí admirando su destreza al salvar declives con la lanza. Su perro pastor no se separaba de ella, siempre atento a sus órdenes.

Al poco llegamos al cortijo. De lejos admiré la sólida casona de techo de tejas a dos aguas, con una escalera exterior de piedra que accedía al piso superior a través de una sencilla balconada de madera. Su amplio patio enlosado era muy acogedor debido a la gran cantidad de plantas y flores. En una esquina había un frondoso membrillero cargado de fruto.

En las inmediaciones estaban los rediles y las demás instalaciones propias de una explotación ganadera.

En la puerta de la casona esperaba una señora mayor, luego supe que era su abuela, y Juan, un jornalero que vino a nuestro encuentro para dar comienzo a las duras tareas de estabular, ordeñar y hacer el queso. Lo hacían todo en equipo. Yo ayudé en lo que pude.

La cena tuvo lugar a las ocho y transcurrió muy entretenida por la novedad del forastero. Se retiraron todos menos Lena y yo.
Nos dio la medianoche hablando, riendo y, sin darnos cuenta, un cálido halo, como un imán, nos atrajo y envolvió. Confusos nos retiramos a nuestros dormitorios.

Al día siguiente Lena me preguntó si sabía trasquilar, pues dentro de tres días llegarían al cortijo dos profesionales y necesitaban más ayuda. El tiempo de la esquila se le estaba echando encima. Yo, gozoso, le dije que sí porque lo que más quería era estar a su lado.

En mis correrías por la Cumbre, de un cortijo a otro, me ganaba la vida en lo que saliera, y trasquilar se me daba bien.

Seguí trabajando varios días en la finca. Lena sabía de mí vida nómada y siempre me buscaba trabajo para que no me fuera.

La abuela nos miraba de reojo sospechando encuentros amorosos que nunca llegaron a darse, a pesar nuestro.

Un día llegó un muchacho vestido de soldado que Lena me presentó como su prometido. Yo me quedé sin habla, triste y rabioso a la vez. Ella, avergonzada, me dijo que ya no pensaba en él, pero hacía tiempo que le había dado palabra de casamiento.

Al día siguiente me fui temprano, con el corazón destrozado. Ella me despidió y noté que había pasado la noche llorando.

Después de tantos años vuelvo al cortijo, y no por azar. Quería saber qué había sido de mi bella pastora y la encontré rodeada de nietos.

Ahora solo soy un viejo caminante que pide un poco de agua y, quizá, pueda comprar un queso para mi sustento.

Seguiré mi camino más triste que nunca y siempre me preguntaré si ella fue feliz.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

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