Microrrelatos. Sobrevivientes

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Es primavera y los campos apenas lucen, aquí y allá, algún resto de vegetación de pardo color que el calor reseca. Los trigales, dorada marea que llega cerca de los rojizos volcanes, se ondulan bajo al viento cálido africano. Este año el trigo ha madurado antes y ha comenzado la siega.

Gabriel y Guadalupe están sentados en un poyete cerca de la entrada de su casa, en el pueblo de San Marcial. Descansan después de la trilla y miran al horizonte cómo va ocultándose el sol tras aquellos volcanes apagados, ese sol que ha estado mimando sus huertos junto con las mansas lluvias todo el invierno. Huertos de cultivo de secano donde el rofe retiene la humedad y la cosecha de cereales y de legumbres casi siempre es suficiente.

Traspasando los volcanes, al oeste, se encuentra la Villa y, sin querer, los dos se estremecen al recordar lo que sufrieron sus habitantes cuando, hace años, los piratas berberiscos la asolaron. Como ellos, todos confían en que eso no volverá a pasar. El rey los protege y tienen una milicia capaz.

Gabriel es miliciano y guarda el mosquete, junto con las municiones, en la caja de cedro cerca de la puerta de su casa, lo más a mano posible, discutiendo siempre con Lupe porque ella adorna la tapa con primorosos pañitos y figuras de santos. Él lo quiere libre de cosas por si hay una emergencia.

Son jóvenes y fuertes y pueden con el duro trabajo que exige la labranza; además atienden a sus cabras. Y qué orgullosos están de su vigoroso camello y de su perro bardino, tan necesarios ambos. Su forma de vida no la cambian por nada. Sólo desean que llueva más y que el moro no les dé sustos.

La cosecha de trigo les fue bien, vendiendo el excedente al molinero de Tiagua a buen precio, tanto que casi les da para comprar un cochino. Pero esos dineros tendrán que guardarlos, porque dependen de cómo vendrán las próximas lluvias para poder volver a sembrar. Si son buenas comprarán un cochino negro de la tierra.

Se casaron hace dos años y ella aún no se ha quedado preñada, situación que no les preocupa mucho; se tienen el uno al otro y que llegue el chinijo cuando Dios quiera. Mientras, trabajan y disfrutan de la vida sencilla del campo como todos sus vecinos, la mayoría parientes, no dejando atrás las oportunidades de asistir a cuanta boda, bautizo y jolgorio se presente, en las que suenan los sones de la mandolina, el pandero y las lapas que amenizan los “bailes del candil,” animándolos a danzar, envueltos en aromas de jareas, batatas asadas y mojo picón, sin faltar los traguitos de malvasía, todo dentro del buen orden que D. Nicolás, el cura, recomienda.

Así transcurría la vida en esta parte de la isla en el s. XVII, aprovechando los momentos de sosiego, pero siempre alertas por lo que pudiera pasar.

Estando en esa relativa calma, un día oyen a rebato las campanas de todos los pueblos cercanos. Presintiendo un desastre, ya sea de piratas, de langosta, o peligro de volcán, se ponen en guardia.

Al saber que el peligro es una invasión de piratas, los vecinos del pueblo marchan con sus familias a refugiarse en el lajial que está cerca, donde, apartando unos matos, entran por la estrecha boca del jameo que forma parte de un cono volcánico no muy extenso, pero suficiente para albergarlos. A los animales los soltaron; si hay suerte, después que acabe todo quizá puedan recuperar algunos.

.A varios kilómetros existe una cueva inmensa que llaman Cueva de los Verdes, donde se refugiaron los aterrorizados habitantes de la Villa de Teguise y de otros pueblos vecinos, confiando en estar protegidos de los piratas. Es muy difícil dar con aquel cono volcánico en la inmensidad del malpaís.

Gabriel y otros milicianos hacen guardia, agazapados tras las rocas volcánicas que están cerca de la entrada del jameo que alberga a su gente. Observan con tristeza el saqueo de sus pequeñas posesiones por parte de aquellos berberiscos que vinieron a borrar en pocos días su tranquila existencia.

De repente su desesperación y desaliento van en aumento cuando ven, a lo lejos, dirigiéndose a la costa, una interminable hilera de personas custodiadas por aquellos feroces piratas. No había duda: eran los refugiados de la Cueva de los Verdes, ya camino de la esclavitud.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina



 

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