Microrrelatos: "Evanescentis"

Josefa Molina 2020literaaratosHa fallecido hoy el señor don Alberto Griffin a la edad de 67 años. Sus familiares y amigos ruegan una oración por el eterno descanso de su alma. 

Dejó el café sobre la mesa de la cocina antes de girar la cabeza hacia donde el antiguo aparato de radio había lanzado al aire el nombre del difunto.

¿Alberto Griffin? Debía de ser una broma. Sintió una punzada en la cabeza. Las punzadas eran cada vez más frecuentes y molestas. Quizás por eso su esposa no le había despertado antes de irse a trabajar y no había podido desayunar con su hijo antes de que se fuera a la universidad.

Pensó en cómo había cambiado su vida desde la jubilación. Al comienzo se tomó el hecho de vivir fuera de las aulas como un renacer vital repleto de optimismo, una sensación que fue decayendo a la vez que descendía la euforia de volver a ser el único dueño de sus horas.

Un día se sentó ante el ordenador y comenzó a teclear. Escribir las andazas de un profesor de secundaria convertido en asesino en serie, le motivaba. Era una entretenida forma de vengarse de los niñatos del instituto, de los bordes del equipo docente y sobre todo, de un sistema educativo cada vez menos educativo y más muro de contención, en el que lo que menos importaba era la formación de los que pasaban por las aulas.

Volvió a coger la taza de café cuando se acordó del obituario de la radio.

El timbre de llamada sonó tres veces antes de que una voz masculina contestara al otro lado.

–Buenos días, Radio Gáldar.

–Buenos días. Les llamo porque he escuchado hace un momento que decían el nombre de Alberto Griffin en la sección de obituarios de hoy.

–Un segundo...Sí, aquí está. Alberto Griffin, fallecido en el día de ayer, a los 67 años de edad. ¿Era familiar suyo?

– No, no, verá, les llamo porque debe de haber un error.

– ¿Un error? ¿Por qué lo dice?

– Le digo que debe de haber un error porque Alberto Griffin soy yo.

–¿Cómo? A ver, caballero, recuerdo perfectamente que la señora que vino hoy a primera hora a dejarnos la nota del fallecimiento del señor Griffin. Espere un segundo que busco la firma. Aquí está: Esther Rugiales.

– ¿Cómo dice? No, no, debe de ser una confusión: Esther Rugiales es ¡mi mujer!

– Pues, caballero, aclárelo con la señora. Y si me disculpa, debo seguir con mi trabajo.

– Sí, eso haré. Gracias y perdone las molestias.

Buscó el número de teléfono de su esposa en la agenda y dejó sonar el tono de llamada hasta que saltó el buzón. Pero, ¿dónde estaría Esther? Anda que si era una bromita de su cuñado Miguel...

Se dirigió al baño. Frente al espejo, descubrió unas manchas de piel seca en el rostro. Estaba pálido, pálido y seco. Le recordó a los muñecos de cartón piedra que hacía con su madre cuando era niño.

De pronto, sonrió. Aquella anécdota del día podría ser el germen de una nueva novela. Se dirigió al salón en busca de la libreta donde apuntaba las ideas para futuros trabajos cuando, al sostener el bolígrafo, se percató de la casi total transparencia de su mano. Lo soltó de golpe. Pero, ¿qué demonios le estaba pasando?

Le invadió una creciente sensación de vacío, de inexistencia, parecida a la que había experimentado cuando en apenas mes y medio adelgazó más de quince kilos.

En un acto reflejo, se llevó la mano para intentar atrapar el pantalón del pijama que comenzaba a deslizarse en caída libre hasta el suelo. Un sentimiento de pavor recorrió su cuerpo. Sus pies, ¿dónde estaban sus pies? Los sentía pero no los veía. Incrédulo, se levantó la camiseta y dio un salto hacia atrás tan brusco que se lastimó la espalda. De los muslos para abajo no había nada. Ni piel, ni carne, ni huesos, ni venas. Y sin embargo, los sentía como si todo estuviera allí. Pensó en esas personas a quienes les sigue picando durante años el brazo amputado.

Intentó gritar, pedir auxilio, pero no logró escuchar su propia voz. Corrió hacia la puerta de salida cuando, al pasar delante del espejo del pasillo, se detuvo. Desnudo frente al cristal, contempló cómo, poco a poco, sus muslos iban desaparecieron; luego su barriga, su torso, los hombros, las mejillas, el pelo, los labios... Todo se iba desvaneciendo frente aquel espejo sin que él entendiera qué le estaba sucendiendo.

Se sobresaltó al escuchar el timbre del teléfono fijo.

–Esther, ya hemos llegado. ¿Dónde están?, escuchó decir a su cuñado Miguel en el contestador justo en el momento en que se abría la puerta de la calle, dejando entrar a Esther y a su hijo Daniel.

La mujer descolgó el teléfono antes de que se cortara la llamada.

–Hola. Sí, gracias...Ya vamos para allá. Sí, tranquilo. Por ahora está bien, resignado - musitó mirando de soslayo a Daniel.- ¡Ha sido todo tan inesperado!...

El chico, parado frente al espejo del pasillo, comenzó a llamar a su madre con angustia. Cuando la mujer se situó a su altura, le pareció ver, por un instante, los ojos verdes de su esposo desvaneciéndose lentamente en la nada.

–¿Los has visto, mamá? Dime que los has visto...

–¿Ver el qué, Daniel?...Llevamos muchos días sin dormir, estamos agotados y...

–Pero, mamá, estaban ahí... eran sus ojos...

–Venga, hijo, estás cansado...Mejor será que vayamos a cambiarnos. Nos esperan en el tanatorio.

Josefa Molina

Actualizado el Lunes, 25 Octubre 2021 15:50 horas.

3 comentarios

  • Josefa Molina Miércoles, 27 Octubre 2021 22:40 Enlace al Comentario

    Muchas gracias, Nieves, por la lectura y el comentario. Un abrazo grande.

  • Josefa Molina Lunes, 25 Octubre 2021 11:48 Enlace al Comentario

    Como siempre, mil gracias al diario digital por la publicación de este relato, y a los lectores, por su lectura. Espero que les guste.

  • Nieves Merino Guerra Lunes, 25 Octubre 2021 11:36 Enlace al Comentario

    Muy bueno, Pepa.
    Wowwwww
    Esta incursión en el género negro con un relato corto tan bien hilado y casi realista al incluir incluso la llamada a Radio Gáldar está genial.
    Enhorabuena.
    Besazos.

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