MIcrorrelatos: "El dedal de Sansón"

eulalionuevaEscasos días después de mi noveno cumpleaños, mamá decidió unilateralmente aflojarme el dogal que había coartado con el tiempo el desarrollo natural de mis vértebras, labrando las rozaduras un cerco alrededor de mi cuello como un rosario de oxidados eslabones, más parecido a un instrumento inquisitorio y lacerante que al de nacaradas cuentas. Por aquel entonces, la traílla sufrió una oportunísima crisopeya y el severo cáñamo transmutó a elástica materia, anunciando mi pronta excarcelación tantas veces implorada por mi atormentada alma infantil.

No crean que mi progenitora gustaba de impiedades o se regodeaba con atroces cautiverios a tan tierno infante, sino que mi único propósito nunca ha sido otro que el de dar sentido metafórico a mis palabras para modelar la introducción de esta historia y de ninguna de las maneras el de arrojar descréditos que desvirtúen el celo materno.

Cuando llegué a este mundo, ya me había augurado el oráculo mi sino de niño enteco. En mi primer año de vida agarré el falso crup y la tos ferina, a la que siguieron el sarampión, la varicela, la escarlatina y, si me apuran, cogí hasta el escorbuto, siendo enfermedad reservada a intrépidos navegantes. Con los más inocentes juegos pueriles surgía una nueva luxación y las torpes cabriolas terminaban por dislocarme una extremidad mal lañada. En las contadas ocasiones que me fue posible zafarme de las faldas de mamá, altísimas murallas, veían mis ojos el camino expedito, desdeñando el sinfín de peligros que me aguardaban acechantes en el exterior, e, igual que nuestro señor don Quijote, me lanzaba a la aventura en busca de la prez, obteniendo la mayor de las veces el descalabro por recompensa, y nunca los tan ansiados laureles de los héroes helénicos. Por todo lo cual se puede fácilmente deducir que mamá y mi ángel custodio me ataran corto para que pudiese alcanzar algún día la adultez.

Mientras la grey de amigos acudía a la umbría de la higuera a por los divinos frutos de titilantes gotitas azucaradas, o cuando en el barrio se improvisaba entre la chiquillería alguna leva para cubrir las bajas en el cerco de la ciudad de Breda, yo me quedaba en casa con los ojines acuosos titilando sentidas gotitas saladas. Los sábados por la tarde se escuchaba el tremor metálico de los carros de cojinetes desafiando la gravedad en el plano inclinado de la calle, y daba por sentado que se trataba de la caballería de Ramsés II contra los hititas. En ocasiones solo se oía la marcha pesada y uniforme de las sandalias de mis camaradas en formación de centuria, descendiendo del monte Palatinos hasta el puerto de Ostia, con rumbo hacia el Oriente Próximo que ardía en revueltas contra Roma. Y entonces mi corazón recibía un nublado de tristezas. Pronto tuve que aprender a resignarme con lo que el azar me ofrecía: la visita del vendedor ambulante, el noviazgo de mi vecina y la cantinilla de Wenceslao Padilla, al que por su avanzada edad y cojera apodé John Silver el Largo.

Casualmente, Angélica se encontraba en la puerta cuando el árabe llegó. En su cénit, el sol del verano nos sonreía con bonachonería. Bajo su límpida luz, el joven, de porte esquelético, se desembarazó del fardo para proponer el género más resueltamente. Aún sostenía el rollo de tela sobre el hombro derecho con la majestuosidad que caracteriza a los maceros. Con suaves movimientos de cabeza ya había negado repetidas veces mi vecina al intuir las intenciones de matuteo del extranjero. Sin perder tiempo, el vendedor ambulante arrojó unos metros de paño delante de Angélica cual valiente torero la verónica ante el astado, para proseguir después con un revoleo muy fino de alta tauromaquia. Entonces, el árabe creyó tener encandilada a la presa y, sin demora, vertió unas gotas inflamables en el lienzo prendiéndolo. Las llamas danzaron frenéticas, mientras el paño tremolaba en los brazos del joven igual que un fuego fatuo en volandas. Transcurridos unos segundos, el árabe estranguló la tela y las ambarinas bailarinas desaparecieron. En ese preciso momento, creí estar en presencia de un gran prestidigitador venido de las intrincadas toperas del zoco de la Medina en Marrakech, y que el hatillo contenía probablemente babuchas voladoras, algún albornoz con propiedades mágicas y unos pergaminos con las leyendas más fantásticas jamás contadas en aquellos países de la media luna. Ante tal prodigio lumínico, después de revisar el estado del paño todavía aturdida y bastante sugestionada, decidió Angélica mercar unos buenos metros de lienzo. A los dos meses de haber pasado el género por las expertas manos del sastre de La Compostelana, enseñó mi vecina a mamá las piezas del traje muy apolilladas por el efecto que las incandescentes brasillas que los pitillos de su esposo habían dejado. Descorazonadísimo, llegué al convencimiento de que el hatillo solo podía contener mugrientos arrapiezos. ¡Qué desilusión!

“Júntanse las comadres y arde en chismes la calle” fue exactamente lo que sucedió con el inimaginado acontecimiento que en pocos días se había convertido en vox populi, traspasando las fronteras del barrio. Por unas horas me sentí feliz dueño de la primicia escamoteada a hurtadillas a mis vecinas, y no tardé en reconocer al forastero en cuanto le vi. Era tal y como lo habían descrito las mujeres, un gólem: los pómulos sobresalientes y disparejos, la barbilla angulosa y caída, la piel aceitunada forrándole el rostro con una arruga acá y un surcote allá, el cabello intonso y entrecano, su mirada extraviada rondando siempre la puerta. Inequívocamente, era el pretendiente de mi otra vecina, Angustias. Esta frisaba los sesenta, de un carácter cerril y maritornes de profesión, sin más parentela que la estela de recuerdos dejados por unos padres fenecidos y los de una única hermana que casó en el estado de Carabobo con un descendiente de mantuanos venidos a menos, como la patria del Libertador.

La buena nueva agarró a Angélica por sorpresa. Servicial como era, de buena gana cedió la saluca de su humilde casa y su propia persona, en calidad de carabina, al incipiente noviazgo, intentando que en la insuflada calle cesasen los siguientes improperios: “Los dos solos en la casa, no tardaran en resbalar”, “Falta como está, no llega casta al altar”, “Grande es el lunar que borda a su honra”, “A Dios gracias, la salva el que no puede hacer barriga, ¡anda que si no!”...

Los martes y los jueves, días de visita y de rigurosísimo protocolo, se apresuraba Angélica, antes que nada, en avituallar a los animales domésticos del traspatio. La chiva —que durante meses fue mi nodriza—, cuatro gallinas castellanas junto al gallo pinto, sultán del serrallo, y los conejos del jaulón metálico, cruelmente estabulados. A continuación, se deshacía del mandil de cuero para asearse en el fregadero y acudir rauda a abrir las puertas a los tortolitos, a los transeúntes, y, especialmente, a las comadres. Angustias, alegre y risueña, llegaba primero haciéndole chirigotas a su nombre de pila. Minutos después, aparecía el gólem, un tímido Cyrano de Bergerac de prominente nariz, cual botalón que orzaba hacia los ojos de Angustias, dos centelleantes fanales en la distancia. Bajo la atenta mirada de Angélica, la improvisada trotona, los novios quedaban frente a frente sin posibilidad de rozarse siquiera.

La repetitiva escena terminó por disipar los rumores. Yo mismo acabé por aburrirme del tresillo de bambú, de los festones del damasco azul y de la foto de un bizarro militar tocado con un tarbush. Debajo del busto, como un trofeo arrebatado en otro tiempo a los rifeños, una herrumbrosa espingarda me trajo los sinsabores del hatillo repleto de arrapiezos del árabe y opté por buscar otro sitio donde pasar las aburridísimas tardes, ¡qué mala suerte la mía!

La cantinilla de John Silver ocupaba una de las dos habitaciones fronteras de su destartalada vivienda, la cual se encontraba precisamente en un lugar asaz privilegiado, la cabecera de la calle. Mamá me recomendó tajantemente no vagabundear por la zona, so pena de recibir una entrada de maternales guantazos, no menos dolorosos que los propinados por cualquier extraño, hecho que me dejó perplejo. Con mi recién estrenada libertad en el bolsillo me envalentoné, hasta el punto de rayar en la desobediencia, cogiéndole ley al tabuco. Allí se daban cita, dependiendo de la hora y el día de la semana, una heterogénea fauna humana. De continuo, el hepático borrachín con el ventrudo sibarita aficionado al buen yantar y mejor beber. Los tahúres de poca monta, absortos en su interminable timba y los componentes del terceto de cuerda: timple, guitarra y laúd. Esporádicamente, recalaban Fulano y Mengano acompañados de Zutana y Perengana, conocidas en el establecimiento como “las sotas de oro”. Años tardé en averiguar por qué un mismo palo podía tener dos o más figuras iguales sin las consabidas quejas por parte del resto de gariteros. Mención aparte merece el mutilado divisionario, un recomendado que, al finalizar su jornada de trabajo —que no era otra que un ir y venir por los negociados municipales, dándose de paso unos garbeos para abrir el apetito— tomaba la senda de la peregrinación, realizando libaciones en cada uno los altares de culto al dios Dionisos para evitarse la molesta vinculación que pudieran hacer de él con un mismo lugar de esparcimiento, salvaguardando así su imagen de respetable funcionario, amantísimo esposo y queridísimo padre.

Toda aquella exótica fauna se refugiaba, como escapada de un zoo, en las reducidas dimensiones de la cantinilla, semejante al camarote de los hermanos Marx. Y aún sobraba algo de espacio para el moblaje: tres veladores con sus respectivas sillas y las estanterías repletas de variadas bebidas espirituosas, incluida la botella quinada que mamá me medicinaba por ser un reconstituyente para mi inexplicable raquitismo. ¿Cómo podía yo seguir las instrucciones de mamá y desligarme del mágico lugar, donde la moribunda luz de la bombilla se multiplicaba al incidir en las aceitadas paredes? ¿Por qué debía yo abandonar al tipo que desde detrás de la espesa niebla de tabaco gritaba: “¡Ea, petróleo!”, mientras John Silver alargaba su brazo por sobre el mostrador como si fuese la mismísima borda de la Hispaniola para auxiliar certeramente al náufrago que en la oscuridad clamaba? ¿Cómo negarme a contemplar la guapeza de las sotas de oro y dejar de escuchar sus risas seguidas del frufrú de los descotados vestidos de seda y, por qué no, oler sus aromáticos cigarrillos ingleses? Qué cruel e injusta podía llegar a ser mamá a veces. Hasta que ocurrió el suceso.

Su corta estatura casi bastó para atorar la puerta del establecimiento. Todos los presentes, incluido yo, a salvo en la otra acera, éramos perfectos conocedores del singular motivo que la había llevado al cuchitril. En ese instante, una suave brisilla discurría del ventanuco al óculo que remataba el dintel de la puerta. En pocos segundos, el soplo continuado cristalizó la enralecida atmósfera del tabuco. Ahora, la impertérrita anciana estaba más cerca de parecer la primera figura de un coro de manes llegados del inframundo. El borrachín hepático ocultó el vaso. La rojiza dermis del sibarita tornóse lívida. Las sotas de oro aplastaron los pitillos disimuladamente y el quiebro de una cuerda acalló los instrumentos musicales, cuyos propietarios también comprendieron la circunspección del momento. Incluso John Silver había bajado la cerviz, sin saber muy bien donde ocultar el rostro marcado por goyescas patillas plateadas. La anciana echó un rápido vistazo a los concurrentes sin reparar en ninguno en particular. En ese momento, Fulano y Mengano tuvieron a bien no dilatar mucho más el encuentro y se apartaron discretamente del campo de visión de la octogenaria, fingiendo estar más cómodos en otro sitio. Por fin, los ojos de la añosa mujer lograron divisarlo donde siempre. En la esquina del fondo, sentado en su lugar preferido, con los brazos ligeramente reposando sobre el mostrador, cabizbajo y achispado. Instintivamente, para no perder el equilibro, se había apoyado en la pared como una parda mamboretá camuflada.

¡Qué de veces no le vi de su casa a la cantina, donde una y otra vez le convidaba la canalla del lugar entre las risotadas y el generalizado júbilo, hasta que el desdichado sobrepasaba los límites del estado de embriaguez y, turbadísimo, giraba sobre su propio eje enredándose en sí mismo y cayendo al suelo cual trocillo de inconsistente arpillera! ¡Qué otras tantas veces no escuché yo a mis vecinas hablar de él con mamá, de la poliomielitis que le dejó una tara física y psíquica siendo todavía un niño de pecho y le convirtió en un guiñapo de por vida! ¡Oh, Dios mío, amparado en mi ingenuidad, al verlo venir, miraba yo al cielo buscando qué titán, fauno o silvano movía, cruceta en mano, los cordeles de aquel títere andante!

Cuando por fin se encontraron los dos frente a frente, la anciana lo acarició durante un instante con su acerba y triste mirada. Por un momento, él estuvo tentado de devolverle la suya cuajada de alcohol, pero no encontró el vigor que se requería. El silencio reinante dejó escuchar la voz argentina de cada una de las conciencias, recriminando a los pelanas su abyecto proceder. Entonces halló Tonillo en su interior una delgadísima veta de furor con el que realizó un magno esfuerzo alzando la cabeza para corresponderla, y otro de menor cuantía para señalarla con el índice, a la vez que gastaba sus últimas energías en una minúscula y lastimera exclamación: “¡Má!” La anciana se sintió más necesaria y útil que nunca y la tristeza desapareció de sus ojos, surgiendo como por ensalmo otra mirada renovada, tierna y dulzona como la que mamá me brindaba cuando me encontraba convaleciente.

Rápidamente, la anciana se afanó en retirar del rostro de Tonillo unas perlitas plateadas y un hilillo del mismo color que le colgaba de los labios, sobrevenido del esfuerzo realizado a la hora de gesticular y hablar. Acto seguido, lo rodeó por la cintura con su escuálido brazo. Tonillo dejó caer el suyo, momio, sobre los hombros maternos y comenzaron a caminar. Parecía un pingajo colgado de su madre, que se tambaleaba al alejarse.

Antes de recuperarme, ya corría como alma que lleva el diablo. Al llegar, destrabé el gancho y atravesé la galería de mi casa como una exhalación, clamando a mamá, que hacía rato me aguardaba en la cocina.

—¿De dónde vendrás, malandrín? ¡Mírate pálido y trasudado! Anda, corazoncito mío, tómate el dedal de Sansón, te sentará bien.

Después de beberme el quinado, me invitó mamá a ir desnudando de sus guardapolvos las figuras de barro que impacientes nos aguardaban en la caja de cartón, envueltas con papelillos de seda, para que pudiésemos recrear el Belén. Ya era casi Navidad, como ahora.

Eulalio J. Sosa Guillén

Actualizado el Lunes, 27 Diciembre 2021 01:23 horas.

3 comentarios

  • Josefa Molina Viernes, 14 Enero 2022 13:54 Enlace al Comentario

    Estupendo texto, Eulalio. Detallista y muy rico en léxico. Da gusto leerte. ¡Felicidades!

  • Antonio Viernes, 07 Enero 2022 20:24 Enlace al Comentario

    Ha sido como un viaje al pasado. ¡ Fabuloso !

  • Andrés Viernes, 31 Diciembre 2021 19:18 Enlace al Comentario

    Magnífico.- Un estilo único e inimitable.-Enhorabuena.-

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