Microrrelatos. Un parto insólito

partojuanimorenomolianYo conocí a Petra. Era una mujer alta y bastante corpulenta, vestía de negro e iba siempre descalza por costumbre. Recuerdo cómo llevaba sobre su cabeza, sin esfuerzo, la bañadera repleta de pescado que vendía a lo largo de su recorrido, pregonando las excelencias de su carga con su clara y convincente voz.

El día de mi relato, ella bajó a la playa muy temprano con la bañadera, pues vislumbró a lo lejos las barquillas que se acercaban. Descendió la rampa de arena con cuidado; su voluminoso vientre de embarazada le restaba agilidad. La seguían sus tres hijos pequeños que, aunque fueran chicos, echaban una mano en el arrastre de la barca de su padre.

Petra no tardó en cargar sobre la cabeza su cuota de sardinas y se dispuso a hacer su recorrido. Hoy iría hasta san Isidro, esperando vender la mitad por el camino.
Pero casi llegando a la zona que llamamos Marmolejos, se sintió mal, los síntomas percibidos eran muy bien conocidos de ella: ¡Iba a parir ya!

Por suerte se hallaba cerca de la casa de mis tíos abuelos que ella conocía de venderles en ocasiones pescado. Tocó en la puerta con insistencia, gritando: ¡Favorézcame, por favor, que me estoy pariendo!

Era la hora del mediodía, cuando, precisamente, los hermanos descansaban después de sus tareas en la finca. Enseguida la entraron a su casa y se movilizaron todos por aquella insólita emergencia.

Encarnación fue corriendo y retiró la ropa de cama de su colchón, colocando una zalea y una sábana limpia. Allí la acostaron entre ayes y disculpas.

Sención iba haciendo tiras de sábanas viejas de algodón que, por gastadas, estaban suaves como la seda.

Fuera, Paco volcó las sardinas en un balde y fregó bien fregada la bañadera, mientras Severa ya prendía el fogón para hervir agua.

Todo fue un revoloteo de enaguas dentro de la habitación convertida en paritorio.

En el patio, Paco fumaba su cigarro de hoja, nervioso, como un padre primerizo.

Censión fue quien ayudó a traer al mundo al robusto niño. Estaba acostumbrada a esas tareas, no en vano tenían vacas y cabras y el proceso de ayudar al parto era lo mismo.
Esta vez lo hizo con respeto y exquisita consideración hacia a su congénere.

Todo resultó bien. Dejaron a la madre descansar después de darle a tomar una ralera de hierbaluisa con leche para reponerla. A su lado, envuelta en aquellas tiras de sábana, la tierna cría se pegaba a la teta de su madre.

Ya por la tarde dicen que Petra se echó a la cabeza la bañadera, donde dormía apacible su niño, cubierto por una manta, y cuando se quería marchar, inquieta por su familia, apareció Isidorito, chófer familiar del pueblo, bonachón y servicial, con su pequeño coche color verde limón, que Paco lo había requerido para un viaje a la playa de Sardina.

Tengo que añadir que mis tíos estuvieron comiendo sardinas, obsequiadas por la agradecida Petra, cada vez que ella pasaba por su casa vendiendo pescado.

Texto e ilustración Juana Moreno Molina


 

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