“Ajolá” un rayo te parta

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Me resultó tan llamativo el incidente que presencié el martes pasado, diez de mayo, mientras almorzaba en un restaurante que mira al mar, en la playa de Arguineguín, que enseguida se me pasó por la cabeza la idea de escribir un poema que reflejara el suceso: dos señoras que salían del agua empezaron de pronto a insultarse a gritos y se dijeron de puta para arriba.

Y poco después se agarraron de los pelos y se dieron alguna que otra patada.

Las intentaron separar pero ellas empujaban a quienes trataban de hacerlo y entonces la gente se las quedó mirando como quien ve un espectáculo callejero, un pasacalle o algo por el estilo.

A mí me llamó la atención el hecho de que algunos de los insultos que se dirigían parecían versos octosílabos, como el que da título a este artículo o como estos otros: mala semilla te tupa /este demonio me mata / malos demonios te coman / asín te pudras, marrana.

Me fui de Arguineguín con la barriguita llena y, mientras conducía, le fui dando vueltas al poema que tenía en mente; varias veces paré en el arcén para hacer algunas anotaciones pero cuando llegué a casa me enredé con otras cosas y decidí posponerlo para el fin de semana.

No obstante, al día siguiente una amiga me envió la foto que ilustra el relato, una instantánea que un familiar suyo sacó la noche anterior en Valleseco, por encima del barrio de Lanzarote, en plena madrugada y en plena tormenta, en la que el cielo parece electrocutado por un rayo espectacular que se ramifica sobre un fondo azul metalizado y que ilumina todo el espacio que va desde Valleseco hasta Las Palmas.

¡Qué maravilla!, pensé, y, sobre la marcha, recordando la frase de una de las señoras peleonas del día anterior, creyendo que la providencia me había hecho un regalo, pues la foto me venía como anillo al dedo para ilustrar el poema, cogí la locución ya citada como título y me puse a escribir:

Dos mujeres ya mayores,
una obesa y otra flaca,
se agarraron por los pelos
el otro día en la playa.

-¡Ah “jedionda”, ven aquí!
“¡Ajolá” un rayo te parta!,
que dijiste por ahí
que yo soy una lagarta.

-¡Sale pa’llá, so pelleja!
Yo no he dicho una palabra.
Pero puede ser verdad,
que quien se pica se rasca.

-¡Ah, “mardita”, hija del diablo!
Tú de ésta no te me escapas!

-¡Ayuda, socorro, a mí,
que este demonio me mata!

La gente se arremolina.
Luego intentan separarlas.
Una dama se persigna.
Resuena una carcajada.

La delgada se enrebisca
y trinca por la garganta
a la obesa, que es más cuica,
y arrea a las partes bajas.

-¡Ay, mi madre, yo la mato!
¡Por poco me deja manca!
¡Hija de tres mil demonios!
¡Semilla de mala planta!

-¡Cállate, penca asquerosa!
¡Te pasa por mentecata!,
que tú echaste leña al fuego
y está “jirviendo” la salsa.

Y la obesa, cual alpispa,
de pronto envalentonada,
se ensañó con el gran moño
que su rival paseaba.

La adversaria se animó
y, enderezando la espalda,
aferró también las greñas
de su enemiga ensañada.

Y así estuvieron un tiempo
hasta que vino la guardia
y puso punto al asunto.
¡Cada una pa’ su casa!

Ahí acabó el entuerto. Aunque ellas se volvieron varias veces para continuar la contienda, el agente se mantuvo firme hasta que las vio desaparecer cada una por su lado.

Y yo, después de escribir el poema, di las gracias mentalmente tanto a las dos mujeres que pelearon en la playa como al temerario fotógrafo que se echó a la calle en medio de la noche y de la tormenta para sacar una de las fotos más espectaculares que he visto en toda mi vida.

Texto: Quico Espino
Imagen: Melo Ruiz
Actualizado el Viernes, 13 Mayo 2022 02:36 horas.

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