Entre la historia y la ficción novelada

nicolasguerraaguiar06112021Acabo de terminar la lectura de El teatro en medio del océano, novela finalista del Premio Nadal (2022) y cuya edición fue recomendada -grandísimo acierto- por el jurado.

A la manera de las medievales glosas silenses, emilianenses…, mantiene uno la buena costumbre de hacer anotaciones en márgenes, subrayar o destacar en rojo aspectos técnicos o puramente novelescos. Por tal razón debí emplear varios días para terminarla. Como lección aprendida recomiendo a los futuros lectores la confección de un índice onomástico, pues se entremezclan con exquisita habilidad personajes reales -históricos, literarios, filósofos, músicos, políticos...- con los correspondientes a la ficción propiamente dicha. Es la digresión, la ruptura del hilo del discurso, pues introduce datos y referencias aparentemente sin conexión alguna con la trama pero -uno de sus grandes aciertos- dilucidan, aclaran, sitúan en tiempo y espacio al lector. Consecuentemente, la fantasía intenta llegar a los iniciales límites de su antítesis, la realidad.

Conocí personalmente a Francisco Quevedo García (no llegué a tiempo del otro, el Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos del siglo XVII) hace ya muchos años, allá en la del alba de este milenio cuando entré por vez primera en su aula para iniciar los cursos de doctorado por la Universidad de LPGC.

Dentro de la oferta del correspondiente ciclo seleccioné distintos cursos casi al albur. La razón es sencilla: desconocía a los ponentes salvo a dos de especial interés personal, los doctores Quevedo García y Martín Rodríguez, pues había leído algunos trabajos suyos de exquisito rigor. Por tanto, me inscribí inmediatamente en “La novela postmodernista canaria de las últimas décadas” y “Vino viejo en odres nuevos. Reescrituras del mito de Progne y Filomena en la literatura española”, respectivamente.

libroquevedoAmbos profesores universitarios me interesaban sobremanera, a fin de cuentas también por algunos exalumnos del instituto, ya universitarios, sabía de ellos. Y no me equivoqué: aprendí como en mis mejores años laguneros y durante la preparación de clases. Amplié saberes: por suerte, había tenido la selectiva oportunidad de contar con el apoyo de los dioses pues los doctores de la Nuez Caballero, Salvador Caja, Doreste Velázquez, Álvarez Delgado y otros me habían llevado de la mano trienios antes por tales caminos, mundos desconocidos y, por tanto, apasionantes. (Años después Francisco Quevedo formó parte de un libro mío -Escritores en el alba del siglo XXI. Mercurio Editorial, 2014- y Antonio María Martín me honró con el exquisito prólogo del mismo.)

¿Qué me impulsó racionalmente, además, a marcar con una equis al primero en la solicitud? Influyeron también la intuición, la experiencia lectora (el año de su publicación, 2002, llegó a mis manos su novela Las Palmeras (edición de La Caja Literaria de CajaCanarias) y, anteriormente, un ensayo aparecido en 1995 (Constantes de la narrativa canaria de los años setenta), imprescindible fuente de información para completar el encargo que me había hecho la Consejería de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias (Literatura canaria. Desarrollo del currículo. Tenerife, 1997) en dos concretos apartados (el segundo fue La narrativa canaria antes y después de Fetasa. Alfonso García – Ramos y Fernández del Castillo y su novela Guad).

Debo reconocer que estos días dedicados al libro quevedesco fueron de interesada, placentera y monotemática lectura... a veces apasionada, “de enganche”. Pero sobre todo de intensa satisfacción como lector con elemental experiencia personal y profesional en tales menesteres: tenía en mis manos una gran novela.

Trama argumental, carga histórica, ubicación geográfica, caracterización de los personajes e interiorizaciones en sus psicologías (ya lo había adelantado Galdós desde el siglo XIX), fantasía y realidad, brujería o comportamientos paranormales, pasiones sexuales, feminismo, conciertos operísticos, guiño a Venezuela, impactos emocionales ante escenas duras (muy duras por necesarias)… son magistralmente manejadas e hilvanadas por su autor. No solo narra en tercera persona, sospecho: a veces habla a través de algún personaje sin la comodidad de la primera como había hecho, por ejemplo, en Las Palmeras, aunque el punto de vista único alterna con el múltiple -distintos personajes ajenos al narrador comentan sobre la historia que se cuenta-. Es un recurso técnico complejo, enrevesado, pero su profesión profesoral y capacidad narrativa le permiten afrontar todas las dificultades.

En otros momentos el autor no puede -por suerte- dar de lado al profesor que es, y en pocos trazos y sin pedanterías imparte magisterio. Así, por ejemplo, pinceladas sobre la Divina comedia de Dante Alighieri; la presencia de Unamuno en los Juegos Florales (Teatro Pérez Galdós, 1910) y el posterior abucheo de la sociedad burguesa grancanaria a su primer discurso; estimaciones relacionadas con el Modernismo en Canarias e, incluso, la recreación de algunas situaciones supuestamente localizadas en Alonso Quesada (Las inquietudes del Hall) como cuando Ofelia O’Higgins, irlandesa, se baña desnuda en Maspalomas: trae a la memoria el también excitante remojón de la sueca alonsoquesadiana en la mar, trasera del hotel Metropole (“metió la sangre hirviente en el agua”).

Para acercar más la narración al lector, Francisco Quevedo universaliza los espacios físicos de la Isla (Maspalomas, Santa Brígida, Puerto de las Nieves…) y de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria (El Puerto, Ciudad Jardín, Metropole…). Pero un edificio -el Teatro Nuevo – Tirso de Molina – Pérez Galdós- (cronológicamente) se presenta ya desde la segunda página y cuyas ruinas calcinadas y correspondiente restauración (Miguel y Néstor Martín Fernández de la Torre) cierran la novela. (Me desconcierta el uso de la minúscula en el título para referirse al “Pérez Galdós”. Sospecho alguna connotación simbólica, debo indagar.)

Y junto a la localización geográfica a veces intencionadamente descrita, no faltan variedades lingüísticas (voces, construcciones) del español hablado en Canarias, presentes también en Las Palmeras (favor que la cultura canaria le debe a Francisco Quevedo). Así, “ropa vieja, desarretarse, tollos, balde, picón, queque, gofio, cherne, cacho de tierra...”.

Nos encontramos, pues, ante una novela muy bien estructurada (juega también con entrecruzamientos temporales, pero no despistan), hábilmente engarzada y con un hilo argumental que, en controlado in crescendo, va elevando la tensión dramática desde las primeras páginas. Una gran novela.

Nicolás Guerra Aguiar


 

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