La florista bicicultora

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No la conocí, pero me han hablado mucho de ella y, según me han dicho, era una de las mujeres más guapas y encantadoras que ha habitado por estos lares y siempre desprendía el aroma de todas las flores que transportaba en su bicicleta verde, para venderlas de puerta en puerta.

Begonias, coquetas, alitas de ángel o alas de murciélago, astromelias, calas holandesas, azucenas de México, petunias, rosas, nevados de París, y un largo etcétera, cubrían su velocípedo, que ella conducía cantando Clavelitos, Capullito de alelí y “compre usted nardos, caballero, si es que quiere a una mujer”.

Le quitaban las flores de las manos. Siempre volvía a la floristería con la bicicleta vacía, y, según llegaba, pensando en el día siguiente, ponía nuevos ramos sobre el sillín, enganchados en el cuadro o en el manillar, en los pedales, y, en especial, sobre el asiento trasero.

Una vez colocadas allí, siempre en contacto con el agua, resplandecían las rosas, se abrían los lirios a la luz, las begonias refulgían como luceros y estallaban todas las flores en rutilantes matices de colores.

Un día, por su belleza, la compararon con la florista ciega de la película Luces en la ciudad, de Charlie Chaplin, en cuya banda sonora se escuchaba La violetera, y ella la fue a ver ilusionada. Le encantó que Charlot se enamorara de la joven invidente y le dieron ganas de brincar en el asiento cuando, gracias al dinero que él le regaló, a ella la operaron con éxito de la vista y pudo ver los colores de las flores que vendía.

Me contaron también que fue una mujer muy feliz, que se casó con el hombre que amaba en una iglesia enramada y florida y que tuvo un rancho de hijas y muchos nietos. Añadieron que, ya viejita, perdió la vista y se guiaba por el olfato para identificar las flores que vendía en su tienda.

Terminaron diciéndome que, estando en su lecho de muerte, rodeada de los suyos, segundos antes del abrazo de la dama de blanco, vio frente a ella la hermosa cara de la florista de la película, que la miraba como quien mira a una niña y, a modo de nana, le cantaba La violetera.

Y en la última escena de su vida, que pasó volando ante sus ojos, se vio a sí misma montada en su bicicleta verde cargada de flores, cantando “cómpreme usted este ramito pa lucirlo en el ojal”.

Texto: Quico Espino
Ilustración: Carmen Nieves Cabrera Estévez

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