La promesa

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Todos sabemos lo que es una promesa. Quizá en algún momento habremos hecho alguna, o alguien nos la habrá hecho a nosotros. La cuestión es cumplirla.

Existen muchas y variadas promesas: está la del político, que rara vez cumple, estrategia muy recurrente en sus campañas. Si lo hace, bien, y si no, con no volver a votarle basta, aparte de la indignación generada en la gente, claro.

La promesa que se hace a un amigo o familiar sentimos que es sagrada, y nos avergonzamos si fallamos a la palabra dada.

Que no se me queden atrás las promesas de enamorados, antes tan duraderas por sus ataduras férreas, y hoy, por lo ligeras, tenues, cambiantes, dan opción a desligarse y quedar tan amigos.

Luego está la promesa que se le hace a Dios o a los santos predilectos. Quienes creían a pies juntillas los preceptos de la Iglesia no podían faltar a la promesa, pues el castigo era seguro, en forma de algún contratiempo natural, una enfermedad, un escarmiento por no haber cumplido lo que prometieron.

Muchas veces, si no podían cumplir la promesa, por la razón que sea, se la endosaban a otra persona, casi siempre un familiar. Era muy usual en otras épocas ver niños vestidos de hábito por una promesa de sus madres.

Todo este viene a cuento por venirme a la memoria una graciosa anécdota:

Corrían aquellos años de la posguerra, en los que la población de Gáldar apenas era la mitad de la de hoy. Todos se conocían y se esforzaban por salir adelante, sufriendo una precariedad que a nosotros, hoy, se nos pondrían los pelos de punta. Pero nuestras gentes lo sobrellevaron con dignidad lidiando con las cocinas fuchi fuchi, las planchas de carbón, las cartillas de racionamiento y lujos como la margarina “La niña”.

¡Ah!, y los fiados en las tiendas.

Pero no todo era padecer. Los domingos se iba al cine, a la matiné, a ver películas españolas de mucho llorar (por si no han tenido bastante), soportando pacientemente el tedioso NO-DO de inauguraciones de pantanos.

Era muy común por ese entonces, ver a mucha gente acudiendo a la iglesia de rodillas o descalzos para pagar promesas a los santos. La mayoría en agradecimiento por el retorno de la guerra de sus esposos e hijos, por la curación de sus heridas o enfermedades varias.

También por otros motivos bastante raros que sólo los comprometidos sabían.

Felicita, una vecina del casco de Gáldar, hizo la promesa a Santiago bendito de llegar de rodillas a su templo si el santo le concedía una petición: que su futuro nieto fuera varón.

Ese deseo tan ferviente no era otro que el de fastidiar a su nuera, la cual deseaba ardientemente tener una niña. Por lo visto no se llevaban bien o, mejor dicho, se tiraban de los pelos.

Toda la vecindad estaba al tanto de la promesa de Felicita y esperaban expectantes al parto de su nuera.

Llega el día y nace un niño lindo y robusto. Ahora le toca a Felicita cumplir la promesa. Pasan los días y no la lleva a cabo. Los vecinos, con retintín, le preguntan: ¿Qué? ¿La promesa para cuándo? Y ella contesta, escurriendo el bulto: ya se verá, ya se verá.

Pero un día, cansada del agobio de las vecinas preguntonas, se decide a cumplir su promesa, para lo cual llama al discreto Isidorito para que la lleve a la iglesia en su pequeño taxi color limón.

Ustedes me dirán que hizo trampa. Tenía que ir de rodillas. Y así fue: de rodillas, sí, ¡pero dentro del coche hasta la iglesia!

¿Cumplió o no cumplió la promesa?

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

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