Meleguines

meleguinesMeleguines era el apelativo que utilizaba mi madre cuando nos reprendía a mi hermano Marcos y a mí por las travesuras que cometíamos, que no eran pocas.

En la foto que ilustra el texto, en la que tenemos doce y diez años respectivamente, íbamos vestidos con ropa de domingo, o fiestas de guardar, y mi hermano, que era alto para su edad, llevaba tiempo diciéndole a mi madre que quería unos calzones largos, que ya le estaban saliendo pelos en las piernas y le daba vergüenza salir con pantalón corto a la calle.

-Cállate, meleguín. Eso será cuando cumplas los catorce. O a lo mejor un poco antes, si te portas bien, que estás hecho un mataperro y convirtiendo a tu hermano en otro.

Mi padre asintió con la cabeza a la observación de mi madre y nos amenazó cerrando el puño a la manera que solía para darnos un coscorrón en la coronilla. Él, burletero, nos llamaba alfeñiques, porque éramos flacos, y, años atrás, un día que hacía un vendaval de aquí te espero, cuando nos disponíamos a ir a la escuela, nos metió piedras en los bolsillos para que no nos llevara el viento.

-Además –añadió– con esas orejas desabrochadas que tienen los dos, no me extraña que se echen a volar en cualquier momento.

-¡Cónchale! ¡No digas esas cosas a los niños, hombre! –saltó mi madre.

Hoy en día, en circunstancias similares, cualquier madre habría dicho: “¡No digas esas cosas a los niños, que se traumatizan!”, pero en aquellas fechas la palabra “trauma” no era conocida entre nosotros y, tal vez por eso, a mi hermano y a mí no nos causaron ningún trauma psicológico las burlas de nuestro progenitor. Sí que nos quedaba durante unos días el chichón de los coscorrones que nos daba o los cardenales de los pellizcones retorcidos o los alpargatazos que nos pegaba nuestra madre, sobre todo cuando, en una ocasión, ya de noche, para que no nos viera nadie, robamos huevos del gallinero de una vecina.

Nosotros lo hicimos una vez, pero era algo habitual entre los niños de nuestra edad. Los huevos se enterraban hasta que se pudrieran y se usaban luego, como bombas apestosas, en las “guerreas” contra los contrincantes de turno. Todos preferíamos que nos pegaran una “pedrá” en la frente a que nos estallaran un “guevo podrío” en la cara.

-¡Mire usté los meleguines estos! ¡Parecen unos santitos, que no rompen un plato, y resulta que son unos demonios! ¡Mejor tuvieran vergüenza! ¡A poder que yo pueda, a ustedes los enderezo yo! –dijo mi madre, indignada, primero a la vecina a la que le quitamos los huevos, que vino a quejarse, y luego a nosotros, cogiéndonos a los dos por las orejas–. ¡Venga “padentro”, que les voy a cantar yo a ustedes las cuarenta!

Mi hermano y yo estuvimos tres días sin poder sentarnos como es debido, tras la tunda de alpargatazos que nos dio mi madre aquella noche.

Texto: Quico Espino
Foto: Álbum familiar
Actualizado el Viernes, 16 Septiembre 2022 02:09 horas.
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