Sentados en el risco

sentadosenelrisco

Creo que todos somos románticos a veces y en otras ocasiones somos prácticos. Es lo que les sucedía a los tres personajes de esta historia que quiero contar.

Allá, a la tardecita, los tres se sentaron como siempre en el murillo de risco cerca de su casa. Era ese el momento en que el sol, cansado de alumbrar todo el día, buscaba su echadero por la mar de Sardina, arropándose con su cobertor rojizo para encandilar una vez más a los románticos.

Ellos no son románticos, son prácticos, pues ni cuenta se daban de aquella preciosa puesta de sol situada a sus espaldas. Se entretenían en saludar a los vecinos que pasaban intercambiando noticias que casi siempre eran sobre la esperada lluvia que no llegaba.

El pequeño risco del camino era su lugar preferido para hacer una pausa, un jacío, pues cada uno de ellos tenía que acabar el día con la rutina sabida: Alejandro, echar el puño a las cabras y el ordeño; Tomasa, recoger los huevos y poner millo en el comedero; Paula, por su parte, preparar la cena y calentar agua para el aseo de las dos hermanas, que se hacía en la intimidad de sus habitaciones en una gran bañadera de zinc y con el lujo de un jabón de olor.

Alejandro se regaba en el patio a pura manguera, enjabonándose con jabón “suasto” (el de olor eran mariconadas, según él) mientras canturreaba aires cubanos sin mucho oído. Sus hermanas le habían preparado, junto con la toalla colgada en la escalera, los largos calzoncillos limpios, y la camiseta de mangas. En eso consistía su ropa de noche.

Ya cenados y acostados en habitaciones contiguas que no cerraban, empezaban a dialogar en la oscuridad. Hablaban de sus trabajos en la finca, de la contribución a pagar, de las visitas de sus sobrinas nietas y, “deja el cigarro ya Alejandro, que nos tienes asfixiadas”.

Pero una noche, no se sabe si por la luna nueva que influye en las personas o qué, sus conversaciones fueron distintas. Empezó Alejandro dando la noticia de la muerte de Francisco el de Pico Viento, el que requería de amores a Paula, estando ella, en aquel tiempo, loquita por casarse con él.

Tomasa intervino alegando que fue a ella a quien quería y, como le dio de lado, empezó a arrimarse a su hermana. Ésta se incorporó en la cama y le echó en cara que siempre fue una enralada con los hombres y por eso se quedó soltera. Tomasa contraataca preguntando que porqué no se casó con él, si tan desagallada estaba, pues también, le dijo con retintín, se había quedado para vestir santos.

Mientras ellas discutían sobre aquellos remotos amores perdidos de juventud, Alejandro intervino desde su habitación diciendo que aquel sujeto de Pico Viento, que Dios lo tenga en la gloria, era un sinvergüenza que no respetaba a las mujeres. Y que un día, en la fiesta de San Isidro mentó a sus hermanas y, él borracho como estaba, sacó el cuchillo del cinto y lo amenazó con rajarle si volvía a acercarse a ellas.

Aclaró que fue por esa causa por lo que estuvo una semana en el cuartelillo de Guía. Y sin esperar resuello de sus hermanas terminó diciendo: “ y a ver si se callan, carajo, que mañana hay que madrugar pa que nos echan el agua a las seis”.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

Más en esta categoría: Italia, el último aviso »

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento