Se es de donde se pace y no de donde se nace

718a4a84 053d 4890 b17c 1fab071912d1“Hoy en día, miles de descendientes isleños viven en el aérea de Nueva Orleans y quizás 100.000 o más descendientes de colonos del siglo XVIII se encuentran en todo el sur de Luisiana. Sin embargo sólo en la parroquia de San Bernardo se ha conservado una parte significativa del patrimonio y los legados isleños hasta el siglo XXI. Si bien el español isleño está desapareciendo rápidamente de la parroquia de San Bernardo, “entodavía” hay descendientes que hablan el idioma de sus antepasados”
(Fragmento de Los isleños: un panorama histórico, escrito por William de Marigni, descendiente de canarios. Editado el 11 de diciembre de 2021)

Unas cinco horas duró el viaje hasta Santa Cruz de Tenerife, con una mar en calma y vientos favorables. Nuestros viajeros desembarcaron y allí, esperándolos, estaba el maestre del galeón que los trasladaría a Luisiana. Su misión era registrar a las familias para su embarque, dando fe, como testigo, el alguacil del Puerto.

Tomás y su familia, al igual que sus paisanos, apreciaron aquel Sta. Cruz que se estaba desarrollando en pleno siglo XVIII. Estaban asombrados por el incesante trafico de mercancías de un lado al otro del inmenso mar, dando oportunidad de negocio a mucha gente del país y a foráneos. Pasearon por sus calles de tierra apisonada, admirando sus casas de uno y dos pisos, sus primeros comercios, la Iglesia, el convento...

Ellos, en su ignorancia, pensaban que era la capital y se preguntaban si el Real de Las Palmas sería tan hermosa. Nunca habían estado.

Se acomodaron para comer en un rincón del muelle, al socaire de la muralla junto a otros compatriotas. Tomás amasó el gofio en el zurrón y todos lo acompañaron con higos pasados y un trozo de queso duro. Compartieron sus viandas con dos jóvenes franciscanos del convento de San Antonio de Padua, compatriotas también y vecinos mucho tiempo, al estar cerca la finca que fue su hogar en La Vega de Gáldar.

Estos religiosos les acompañarían en la travesía hasta Santo Domingo, sin suponer siquiera que les haría la singladura más soportable por las dulces notas que arrancaría el hermano Santiago al violín, haciendo las delicias de todos durante las interminables sesiones religiosas a bordo y, como no, también en alguna que otra danza de la tierra.

Después de comer, el hijo mayor se quedó guardando sus escasas posesiones y el resto de la familia se acercó a un colmado de la calle Real, donde Clara compró varias varas de lienzo blanco, pues les habían advertido que quizá a donde llegaran no encontrarían recursos de primera necesidad; Clara optó por abastecerse de tela de algodón pensando en cuántos calzoncillos tendría que hacer. Y siempre precavida, se hizo con una damajuana de vino de malvasía como medicina para alguna necesidad y de algunas rapaduras que endulzarían el tedio y la dureza de la travesía a sus cuatro chiquillos machos y de algunos más que se les acercaran.

Ya por la tardecita, en espera de la marea alta, se reunieron todos los emigrantes en el muelle para su embarque. La mayoría eran familias de un pueblo de Tenerife: Icod de los Vinos, que, junto a las familias de Gran Canaria, formaban una gran algarabía en la explanada debido sobre todo a los gritos de los excitados chiquillos.

Terminada la estiba, dio comienzo el embarque de personas. Aquel airoso galeón que sería su hogar durante casi mes y medio, se mecía en las oscuras aguas con su panza cargada, en esta ocasión, de pipas de malvasía, de cientos de sacos de almendras y otros tantos de pasas, más otros productos manufacturados, como mantas de lana, sombreros... La misión de esta nave era transportar 300 toneladas de mercancías junto con cinco familias de cinco miembros, según el acuerdo de la Corona, para así evitar el impuesto correspondiente.

Era admirable la valentía de aquel grupo de personas que subían la pasarela del barco, listos para enfrentarse a lo desconocido. Sus semblantes reflejaban preocupación y a la vez una gran congoja por dejar su tierra, ya que tenían la certeza de no regresar. Campesinos humildes a los que la necesidad empujaba a buscar su subsistencia , ya que donde habían nacido se lo negaban.

En lo alto del parapeto una hilera de personas les observaba en silencio, con pesadumbre, y algo avergonzados al verles partir a un destino incierto. Les veían como desheredados de su propia tierra, empujados a buscarse un nuevo acomodo en otro sitio.

La tierra al otro lado del mundo sería distinta pero sería suya, aunque en el fondo de sus almas llevaran aquella que les vio nacer. A esa tierra desconocida trasladarían su lenguaje, sus costumbres, sus recuerdos y la amarían como propia, cumpliendo el viejo refrán: “Se es de donde se pace, no de donde se nace”.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

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