Cada vez más agradecido

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Está más que demostrado que, salvo excepciones, las personas mayores son fuentes de sabiduría. Es una pena que se haya perdido la tradición de los abuelos contando historias a los niños que les miran con admiración.

Hace poco, de paseo por las preciosas medianías galdenses, me encontré con un pastor conocido, que debe andar por los ochenta y pico y que hizo una pausa en el camino para hablar conmigo, en medio del alegre sonido de los cencerros, más los balidos de las ovejas.

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Me contó que había enviudado a principios de año y que echaba mucho de menos a su esposa, su única compañía porque las hijas viven en la capital y se ven poco, aunque ahora, después de quedarse solo, lo vienen a visitar más a menudo y le traen fiambreras de potaje, arroz con carne y verduras, que es lo que más le gusta a él.

Las tres se lo quieren llevar para Las Palmas, pues allí tienen su vida, con hijos y maridos, pero ni muerto, dice él, que prefiere morirse en su cueva, en su tierrita,

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…lejos del bullicio de la ciudad, con tanto ruido y tanto coche.

-Aquí escucho los pájaros por la mañana. Y el canto de los gallos, y los ladridos de mi Faicán,

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...que es el que me hace levantar para sacar a las ovejas por los pastos. Me encanta escuchar el susurro del viento en los árboles. Me recuerda el rumor de las olas del mar.

Me resultaron poéticas sus palabras. Luego me contó un sueño recurrente que tenía, en el cual se veía contemplando el cielo y se sentía insignificante, tal si fuera una piedra o un junco, y dentro del sueño soñaba que su vida comenzaba en el mar, donde se divisaba a sí mismo como una burbuja compacta que llegaba a la tierra empujada por las olas.

Me terminó diciendo que cada vez estaba más agradecido a la naturaleza porque había tenido, y tenía, una vida saludable, con mucha luz, una familia estupenda, buenos amigos, buenas risas, y “nunca me ha faltado un cacho de pan que llevarme a la boca”.

Espero que quede condensado su pensamiento en el poema que escribí para él y que le dedico de todo corazón:

Me siento poca cosa cuando contemplo el cielo:
una mota de polvo suspenso en el camino,
que sueña que en los mares comienza su destino
y rompe el agua clara como un rasgado velo.

Convertido en burbuja de fragmentado hielo,
escapo con las olas de filo blanquecino,
que llegan a la orilla formando un torbellino,
dispuesto para echar raíces en el suelo.

La tierra que me acoge, que me ofrece la vida,
conforta mis latidos y me brinda el sustento.
El cielo, que me mira, y el mar me dan aliento,

y el sol me da la luz. ¡Qué buena bienvenida!
Los versos de contento de mi alma agradecida,
cuando yo ya no esté, los va a silbar el viento.

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Texto: Quico Espino
Imágenes: Ignacio A. Roque Lugo
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