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Psicografías. Censuras

santiagogilFoto María Álamo QuintanaLa costumbre puede ser cómoda y al mismo tiempo peligrosa, a veces también es ciega y, casi siempre, nos paraliza sin que nos demos cuenta. Uno se acostumbra a la presencia de unas personas que, de repente, entran a formar parte de nuestras vidas, y nos sentimos tranquilos a medida que las reconocemos porque casi se convierten en nuestro espejo. La costumbre de vivir y de amar siempre sosiega, pero la otra costumbre, la de no despertar cuando te están quitando todo lo que tienes, sí que es peligrosa porque suele desembocar en un océano de desidias que nos acerca al fascismo.

Los episodios de censura que estamos viviendo últimamente no pueden convertirse en una costumbre que no nos haga reaccionar y salvaguardar lo que se ha logrado después de muchos siglos de respeto y tolerancia. Nos estamos acostumbrando a escuchar la palabra corrupción como si fuera algo cotidiano, o no reaccionamos cuando se juega con el dinero de las pensiones y salen a la calle justamente los que nos enseñaron a ser tolerantes, los que sí saben de censura y de falta de libertades. Vemos a los enfermos día tras día en los pasillos de los hospitales y nos acostumbramos, como si nos hubiéramos anestesiado a nosotros mismos, indolentes y apáticos, mientras nos van desmontando el escenario con nosotros dentro, protagonizando una existencia en la que cada día tenemos un poco menos de libertad, como si fuéramos hacia atrás en el tiempo, como si nos empeñáramos en contradecir a Darwin y a los que nos enseñaron que todo camino siempre se hace para ir mejorando. Sin libertad creativa no puede haber arte. Cualquier día de estos querrán tapar los testículos del David de Miguel Ángel o los senos de la Maja Desnuda de Goya que se exhibe en el Prado. Quemarán los libros del Marqués de Sade y juzgarán a Nabokov confundiendo la ficción con la realidad, lo que se crea con lo que existe, como Quijotes del revés, locos de realidad y de extremismos que confunden a los gigantes con molinos, y que solo aspiran a destruir lo que solo ven desde su sectarismo y desde su intolerancia. Ya hemos visto caer grandiosas ciudades milenarias golpeadas por la ira y las bombas de los radicales islámicos, pero uno pensaba que Occidente era otra cosa, que nosotros sabíamos diferenciar el arte y lo bello de la soberbia y la ignorancia de esos extremos siempre peligrosos. Ahora mismo, cuando uno crea, está expuesto al insulto y al griterío de esas redes sociales que están gestando un fascismo con sordina ante el que se asustan políticos y jueces, editores y galeristas de arte, como si de repente nos hubiéramos vuelto inquisidores y gregarios. No podemos dejar que esa costumbre de censurar se acomode en nuestras vidas y en nuestro entorno. El arte es libre y, como decía Antonio Machado, no importa, o importa solo allí donde no llegan las flechas de los intolerantes.

CICLOTIMIAS

La palabra es la desnudez de la mirada.

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