Psicografías. Las aviadoras

santiagogilFoto María Álamo QuintanaNo se repite nada y al mismo tiempo repetimos juegos e infancias, carreras alocadas por las plazas, asombros de cielos inmensos, pequeñas alegrías que llegan sin que te des cuenta, un café y un helado en una terraza, una cerveza viendo pasar la vida delante del océano, todos esos atisbos de eternidad que se dibujan en el gesto de alguien que amamos y que no conocíamos hace cinco o seis años. Los niños, ya lo sabemos, logran amistades eternas a cada instante, y algo de niños tenemos aunque a veces nos creamos adultos trascendentes e importantes.

Hace unos días finalicé la lectura del último libro de Yolanda Delgado Batista, “Antes de arrojarse al mar, la señora Brown fue a misa”. Yolanda nació en 1967 en Las Palmas de Gran Canaria, antes de que se separaran los Beatles o de que el hombre llegara a la luna. Ella vive desde hace un tiempo en un país europeo alejado de los focos españoles, escribiendo cuentos como los que acaba de publicar en este último libro que presentará el 23 de octubre en la Casa Museo Pérez Galdós. En uno de esos cuentos habla de una niña en la Plaza de Santa Ana de Vegueta, una niña que corre por esa plaza como si volara, como si fuera un aeroplano ingobernable. Yo también fui una de esas avionetas alocadas que improvisaban vuelos en las plazas, como creo que lo hemos sido muchos de los niños de Gran Canaria. Nuevamente, me encantaron las historias de Yolanda Delgado que, como en Mucho Cuento, vuelve a editar Baile del Sol. Me gusta su ternura y su ironía y cómo describe el drama de los periodistas que se quedan sin trabajo en este mundo tan poco dado a valorar la verdad y el esfuerzo: destaco su capacidad para hacer creíbles los diálogos y las escenas cotidianas que va contando, y admiro su capacidad para manejar distintos registros, algo que solo está al alcance de alguien que haya leído y escrito tanto como ella. Quería escribir una reseña recomendando su libro y, de repente, un domingo de septiembre, casi cincuenta años después de que Yolanda corriera por Santa Ana, me encontré a una niña en la misma plaza haciendo exactamente lo que ella describe en su cuento, con los brazos extendidos como alas y corriendo como si volara, cerrando los ojos cuando sabía que no había obstáculos y sintiendo ese aire de libertad que luego buscamos desde que las plazas de la vida son menos diáfanas y más recargadas de adornos innecesarios. Leer es una manera de regresar, no solo a tus recuerdos. Siempre que lees vuelves a ti, te reconoces en la mirada y en las palabras de un personaje y entiendes, o por lo menos logras ver un poco más claro, lo que el día a día se encarga de enturbiar con sus ruidos y con su vorágine cada vez más caótica. Yolanda sabe que son las palabras nuestro único asidero, las que nos avisan cuando estamos perdiendo el único tiempo que tenemos.

CICLOTIMIAS

El desgaste de las banderas va ridiculizando todos los sueños patrios.

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