Entre el libro y la libertad

nicolasguerra2018buenaDistiende, alivia penas y se vuelve manantiales de esperanzas abrir un periódico –infonortedigital- y leer en la misma página cuatro noticias relacionadas con lecturas y tres municipios isleños.

Así, la Biblioteca Municipal de Arucas obtuvo el premio María Moliner (Diccionario de uso del español es su monumental obra), campaña de “Animación a la Lectura” (incluye el uso de nuevas tecnologías) convocada por el Ministerio de Cultura y otras instituciones (se presentaron quinientas cuarenta y seis bibliotecas).

El IES Doramas de Moya conmemoró el Día de las bibliotecas y colabora en la Feria del Libro del municipio norteño. También la Casa – Museo Tomás Morales celebrará el “Encuentro Internacional de Mujeres Poetas”. Intervienen tres mujeres canarias radicalmente ajenas a ignominias culturales y entregadas a pregonar la palabra para agilizar pensamientos: Alicia Llarena, incluida en el libro Escritores en el alba del siglo XXI (“Alicia Llarena, la poetización de la palabra”), Berbel y Elena Acosta.

Y la Biblioteca Universitaria de la ULPGC convoca para un nuevo libro fórum del Club de Lectura “La Calma Lectora”: se trata de Caperucita en Manhattan, novela de Carmen Martín Gaite. [Acabo de recibir un correo del doctor López García, cronista oficial de Gáldar: la Casa – Museo Antonio Padrón presenta la *34 revista Al - Harafish -artistas visuales, escritores, músicos-. Sumemos, pues, y van cinco.]

Son noticias, claro, absolutamente ajenas al capítulo VI de Don Quijote de la Mancha (I) cuando maese Nicolás, el cura y la sobrina seleccionan libros de caballería almacenados en la casa del hidalgo y los condenan al fuego como responsables de la locura del protagonista (“no hay que perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores”). Ante tal contundencia, la sentencia: “Pues no hay más que hacer sino entregarlos al brazo seglar del ama”, añade el cura. (Dentro de ese “todos” hay uno relacionado con Canarias: la novela pastoril Primera parte de las ninfas y pastores de Henares -Alcalá, 1587-, obra de Bernardo González de Bobadilla, estudiante de Salamanca y a quien el investigador y doctor Santana Sanjurjo le sigue la pista.)

Por supuesto, información periodística extraña también a una novela de Bradbury (Fahrenheit 451) llevada al cine por Truffaut: la misión de los bomberos no es apagar incendios, sino todo lo contrario. Como así pasó bajo el mandato de la Santa Inquisición, pirómana obsesión llevada a América (manuscritos o códices mayas); y durante la Alemania nazi (1933); lo mismo que tras el triunfo de la dictadura militar argentina (1976) o la barbarie del Estado Islámico, perturbado incendiario (El Periódico, 2015) de ocho mil ejemplares antiguos y manuscritos (Mosul)...

¿Y por qué los queman? El Santo Oficio lo tiene claro: los libros almacenan falsedades, palabras demoníacas... y por ellos circulan ideas. Cervantes lo anuncia desde el capítulo I: el hidalgo manchego se entregó tan intensamente a las novelas de caballerías que “perdía el juicio”. Los universitarios alemanes les prenden fuego porque sus autores son judíos, comunistas, pacifistas, socialistas... enemigos de Alemania (“Alemania y sus símbolos somos nosotros”). Para Bradbury la razón es muchísimo más sutil: el Gobierno, paternal y benevolente, busca el bienestar espiritual de los ciudadanos. Este no se encuentra en los libros: muy al contrario, la lectura produce desazones, intranquilidades, ansiedad.

Y como tales desajustes llevan a la infelicidad, al destruir la fuente del desequilibrio emocional se aniquila, a la vez, la inestabilidad psíquica. (Lo había escrito Pedro Lezcano, poema Edicto de Antología cercada -1947-: “Se prohíben los sueños a deshora; / para soñar ya hay decretadas fechas, / hay parques con sus pájaros y novios, / hay líricos poetas”.)

Porque el libro, estimado lector, invita al pensamiento. Es decir, forma ideas. Y la procesión de ideas (se llega a ellas tras observaciones) conduce al sentido crítico ante la realidad. De ahí que el lector empiece a manejar simbólicos bisturís para diseccionar la exterioridad y entrar en sus profundidades: buscará belleza, verdades o bondades del mensaje. Pero tal riguroso y a la vez desapasionado análisis podría llevarlo a conclusiones no siempre oportunas o contrarias a las verdades oficiales.

Un simple ejemplo. Literatura española del siglo XX (finales del siglo pasado) fue asignatura obligatoria para los estudiantes preuniversitarios de letras. Es decir, estudio racional, crítico y estético de autores y generaciones malditos, ocultados durante la dictadura. Fui testigo de su impacto sobre bastantes alumnos, curiosos por conocer y estudiar la otra España desde la literatura. Descubrieron la belleza formal de sonetos dedicados a José Antonio Primo de Rivera, fundador del fascismo español. Por contraste, Lorca, Antología cercada, Neruda... Y leyeron críticamente Luces de bohemia, a Sender, Martín-Santos...  (En mi clase, veinte títulos a lo largo del curso.) Ayer, sin embargo, la Consejería canaria de Educación pretendía cubrir horas con juegos y pantallas: sospechoso intento tumbado por pardelera gracias a la acción social. (¿Qué buscaba con su proyecto?)

Es tal la relación entre el libro y la libertad, estimado lector, que el Diccionario latino – español / español – latino Spes (compañero desde los trece añitos, tercero de Bachiller) coloca ambas voces no solo en la página 279: comparten, incluso, el mismo bloque. Y participan de iguales iniciales en ambas lenguas (liber / libro; libertas / libertad).

¿Casual su interrelación? Sospecho que no. El ser humano tuvo, tiene y tendrá necesidad de comunicar fantasías, aventuras, proezas, interesadas exaltaciones de héroes bendecidos por Dios (Poema de Mío Çid), maravillas estéticas... Sin olvidar, por supuesto, los mundos interior (Surrealismo) y exterior de los poetas (compromiso social y político) inmersos en complejos lenguajes metafórico – simbólicos o sencillas palabras para llegar a inmensas mayorías... Pero también muchos libros están cargados de connotaciones, pensamientos, reflexiones, estudios sociales, antropológicos... que van desde Aristóteles, Sartre, Darwin, Galdós, Freud... hasta Chomsky o corrientes actuales de intelecto.

Así pues, la coincidencia entre consonantes y vocales iniciales de ambos latinismos no es azar, albur, casualidad, como tampoco sucede con las derivadas españolas libro / libertad. Así lo entendió la librería Hispania (Las Palmas), iniciales años setenta: frente a las piras demenciales, la trastienda.

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