Psicografías. El lutier

santiagogilFoto María Álamo QuintanaEl sonido viene del viento y del canto de los pájaros que se posaron en el árbol. Alguien cortó un día la madera, o encontró los troncos en algún camino, y empezó a darle forma a la música. No toda invención tiene que tener cables o conexiones con ondas que se expandan por toda la casa y por todo el planeta. Hubo alguien que ideó instrumentos desde la nada, tanteando esa madera, buscando la sonoridad, reconociendo el eco que queda cuando un sonido parece que se acaba.

Para mí un lutier es un mago que hereda la magia de todos los que le precedieron dando forma a las cajas de resonancia y a los trastes en los que luego alguien buscará las claves para inventar una música nueva, aunque toda la música es siempre nueva cuando se cruza con un alma humana. Un concierto es siempre un acontecimiento único. Las grabaciones jamás recogen el eco de la sala, el olor de las butacas, ni las miradas de todos los que escuchan el sonido del violín, del violonchelo o de la guitarra. Tañer una cuerda es como activar un universo nuevo en alguna parte. Ni el árbol, ni el lutier saben luego hacia dónde viaja el milagro de esa madera que al encuentro con las cuerdas y con los dedos se expande mucho más allá de lo que podamos conocer los humanos. Y no solo hay que volver perfecto el instrumento. También hay que lograr que suene y que vibre, que tenga vida propia, que sea distinto al resto de los violines que se hayan creado antes, y que al mismo tiempo mantenga un diseño casi idéntico, un método y unas medidas similares, y unas horas de trabajo parecidas. Lo otro es el milagro de la vida y del arte, lo que hace que todo sea distinto de repente, la pulsión de quien interpreta, la acústica del teatro, la melodía que alguien escuchó mientras escribía en un pentagrama. Los pájaros cantan sin partitura, y el océano improvisa sinfonías lejanas en las madrugadas. Ahora mismo hay alguien sentado en un banco, en un pequeño taller que huele a serrín y a infancia, acariciando la madera y buscando cómo lograr que su curvatura, su textura y las marcas de la lluvia y del paso del tiempo se integren y se terminen convirtiendo en un instrumento. También hay alguien que estudia para su examen en el conservatorio, un intérprete que sueña tocar algún día como solista en alguno de los grandes teatros del planeta. Pero antes hubo un árbol en algún bosque sin nombre, y sigue habiendo alguien que quiere inventar un sonido nuevo en ese pentagrama que no tiene sentido hasta que se llena de notas musicales. Todo lo que merece la pena suele ser una combinación de azares y de voluntades por querer hacer algo mejor que lo que había antes de que nosotros llegáramos. Un músico interpreta una sonata de Bach en el escenario y uno sube al séptimo cielo de repente. El ser humano y la naturaleza siguen dándonos mil motivos para la esperanza.

1 comentario

  • J. Rodolfo Nuez Miércoles, 29 Mayo 2019 13:55 Enlace al Comentario

    Querido Santiago, siempre es una delicia posar nuestros ojos en tu grafía. Consonantes, vocales, sustantivos, adjetivos, adverbios, verbos que conjugas como símil de una partitura musical. Gracias por compartir con nosotros tus inquietudes y pensamientos.

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