Las incongruencias de un idioma político ininteligible

juanantoniosanchez2014buenaEs notoria la ineficacia de la Ley Electoral, un privilegio que la democracia nos asiste y protege nuestra Constitución se deteriora en el ostracismo indulgente de un inconformismo exagerado. Nos expropian la elección apoyados en una Ley Electoral obsoleta basándose en el interés social que el equilibrio político despreciará al máximo número de colectivos que conforman la ciudadanía.

Nos dejan las aceras libres y las puertas de los colegios electorales abiertas de par en par, nombran a vocales o presidentes de las mesas electorales por iniciativa del azar y no con el sentido común de utilizar las provisiones de fondos gastadas en estos actos en favor de los más desfavorecidos, es decir, de los que integran las listas del desempleo; no les vendría nada mal un poco de solidaridad política a las familias que verían con buenos ojos que algún miembro de la misma consiguiera unos euros con los que rellenar los huecos de la despensa.

Estamos abocados a la mentira política, a oír en campaña lo que nunca se lleva a cabo en gobierno, los mensajes que retumban en las plazas o locales destinados a mítines electorales se difuminaron en el aire contaminado de continuas tramas. De lo que dijeron nada, de lo que vocearon en campaña menos y de la ética, honradez y esa tan usada frase de “altura de Estado” no deja de ser una ocurrente manera de aislarse del problema.

Fallan las herramientas del querido baúl de la Carta Magna, demasiado usadas y nada previsibles de progreso al ritmo de la sociedad para la que fueron diseñadas; lo que la ciudadanía vota son tantos enigmas difíciles de organizar durante el tiempo que cada cual utiliza para pensarse su voto que se convierten en logaritmos neperianos, eso que dicen en las cátedras que tan complicados son de resolver en un examen de acceso a los jóvenes pre universitarios.

incredulidad 1Las ideologías se cambian como los cromos en los patios de recreo de cualquier colegio público o privado, en eso no hay condición ni clase social que separe las tramas urdidas con usura despiadada. Se suman y restan previsiones al poder, se utiliza lo que eligió la calle en cambalaches interesados tratando que la hegemonía de una derecha que ya es más derecha contra una izquierda siempre difícil de lograr pactos afines sean menester resultasen provechosos.

La cuestión es bien sencilla, no hay problema alguno en salvaguardar las espaldas de quién ayer fue tu enemigo si con ello recibes a cambio el bastón de mando de un Ayuntamiento en cuestión; los escaños son piezas del puzle que configura al Gobierno, los parlamentarios y parlamentarias meros peones del amplio ajedrez en el que las torres vigilan lo que pasa en el centro del debate desde sus atalayas reivindicativas del norte; los alfiles que llegan por el Mediterráneo logran llevar a casa un fino equilibrio de propuestas, al sur se debaten mesándose los cabellos y tirándose de ellos a la vez como pudieron confundir el aroma a cambio con lo rancio de sus ideas y transcribieron en sus sobres lo que siempre ha sido despreciado por nuestra Constitución, la falta de libertad e igualdad, haciendo merecedor de lo que no lo es a la ultraderecha obsoleta a la que aún tenemos tiempo de apartar de nuestras instituciones.

Pero el reinado más ambicioso, el de Madrid, ese que parece el diamante más preciado del Gobierno venidero se debate entre la muerte ideológica de los derechos sociales y la presencia de nuevo de los que se llevaron espuertas del dinero público; asentando ahora lazos en compadreo con un partido naranja nada creíble por faltar a sus valores o cambiarlos según venga el aire como veleta política, trayéndose pegado como una lapa a estos ideales de la derecha a aquella que pareció quedarse en el Valle de los Caídos bajo toneladas de rencor, odio y miedos.

Sí, nos mienten, nos engañan y por tanto podemos llegar a la conclusión de que en realidad si la Ley Electoral no cambia y el más votado por la ciudadanía no gobierna, tendremos un constante devenir de varapalos a nuestro compromiso con las urnas, un hastío hacia la clase política y un escapismo extremo ante los continuados amaños carentes de “altura de Estado”, cercanos a lo deshonesto y rayano en la más grande y atroz de las mentiras.

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