¿Quién dijo vivir?

nicolasguerrajunio2018“Porque vivir se ha puesto al rojo vivo” es el primer verso del poema “Digo vivir” (Redoble de conciencia, 1951) escrito por Blas de Otero, etapa existencialista. Se trata de una poesía que muestra al hombre con sus problemas, sus interioridades, su estar solo: es el “digo vivir, vivir a pulso”.

Solos, parece, están también -CANARIAS7- los vecinos de Triana–San Telmo, de la calle Joaquín Costa y de Santa Catalina (Las Palmas): exigen el derecho al descanso. Los primeros presentaron denuncia en la Fiscalía de Medio Ambiente “por la celebración de la noche de Reyes” con cincuenta y ocho barras desde las 20:00 horas del 5 de enero hasta las 4:00 del día siguiente.

Solos, parece, están también -CANARIAS7- los vecinos de Triana–San Telmo, de la calle Joaquín Costa y de Santa Catalina (Las Palmas): exigen el derecho al descanso.

Los segundos (Asociación Betancores-Farray) piden soluciones al Ayuntamiento “ante la contaminación acústica generada por los locales de restauración y ocio nocturno”. Y los de Santa Catalina se quejan “del ruido prolongado” durante la celebración de LPA Beer Festival hasta las 3:30 horas. (Nada leo, esta vez, sobre las nocturnidades carnavaleras.)

pisosruidos

El mal de muchos consuela a tontos, dícese. Pero peor andan quienes viven en la zona centro de Granada, como los residentes del edificio de la foto. El balcón casi desaparece, ocupado por la pancarta que reivindica el legítimo derecho a la vida (no solo a a la subsistencia). Granada es ciudad de bares, tabernas, cantinas, bodegones…El mal de muchos consuela a tontos, dícese. Pero peor andan quienes viven en la zona centro de Granada, como los residentes del edificio de la fotoe incluso figones semana tras semana, mes tras mes. Si usted, estimado lector, tiene la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de Federico García Lorca quedará sorprendido por la prodigalidad de tales establecimientos (eso sí: limpios, acogedores, de exquisitas tapas, variadísimas, bien servidas, bajos precios).

Pero eso sí: cárguese también de paciencia si en la calle de su habitáculo (hostal, hotel, apartamento) se producen sonoros estremecimientos acompañados de gritos o carcajadas, clamores e incluso estremecedores aullidos

Échese a caminar por la calle Pavía a las diez de la noche. Si se toma solo una caña en cada uno de los primeros le será absolutamente imposible consumir más en la segunda mitad: le reventaría la vejiga urinaria. (Sin embargo, y a pesar de las diarias masificaciones de chonis y nacionales hasta las tantas, ¡siguen abiertos tres hoteles!)

Pero eso sí: cárguese también de paciencia si en la calle de su habitáculo (hostal, hotel, apartamento) se producen sonoros estremecimientos acompañados de gritos o carcajadas, clamores e incluso estremecedores aullidos por más que su reloj señale las tres (una menos en Canarias) del preamanecer.

Tal es la realidad: en ciudades, pueblos y zonas turísticas la población nativa se enfrenta a desajustes que pueden condicionar estabilidades emocionales con negativos impactos psicológicos

Y si a las cinco zumban estrépitos de camiones, no se preocupe: son los recogedores de la basura adelantados media hora a las cisternas para regar aceras, calles y portales de viviendas bañados por olorosos líquidos urinarios analíticamente llamados urea, amonio, cloro... Todo con celeridad, claro, pues los repartidores de alhambras especiales y mahous llegan cargados de cajas cuyos cantarines envases tintinean ya en la del alba.

Tal es la realidad: en ciudades, pueblos y zonas turísticas la población nativa se enfrenta a desajustes que pueden condicionar estabilidades emocionales con negativos impactos psicológicos: se trata de los roncos ruidos nocturnos, casi siempre ocasionados por aluviones de consumidores cuyos trasiegos giran en torno a bares, pubs, terrazas, botellones, capós / maleteros de coches o barras improvisadas en medio de calles. (Si me permite el símil, estimado lector, se trata de lo que el abogado Andréu van den Eynde -defensor de los señores Junqueras y Romeva en el procés- llamó en sus conclusiones finales “ruido ensordecedor que nos ha apartado de la melodía de los hechos" cuando se refiere a lo externo al propio juicio.)

la misma lengua española -siempre sabia, precisa y rica- defiende su corpus lingüístico frente a la invasión de expresiones inglesas.

Por la cotidianidad de lo arriba apuntado, la misma lengua española -siempre sabia, precisa y rica- defiende su corpus lingüístico frente a la invasión de expresiones inglesas. Así, y ante un apartado concreto de la nocturnidad alcohólica, la Fundación del Español Urgente (FUNDÉU) -asesorada por la Real Academia Española- insta al uso de ruta de la borrachera o ruta etílica para contrarrestar el uso de la construcción inglesa pub crawling (o crawl) cuando chonis e imitadores emprenden recorridos -generalmente comercializados- por bares con el filosófico objetivo de beber hasta emborracharse, aristotélica actividad para tomar conciencia de la esencia humana o de la toletada en grado sumo, a elegir.

Bien es cierto: el alcohol desinhibe, libera y desmelena, sobre todo entre pollillos botelloneros a quienes permite diálogos fluidos perfectamente marcados por fases. La primera es la del reproche: “No te acerques a mi piba porque me estás mosqueando, y además me caes mal”. La segunda es de aproximación: “Parece que no eres tan jilipollas como suponía”. La tercera ya establece comunicación directa entre los dos yos, y cada uno le traslada al otro ciertas intimidades (“porque ahora me caes bien”). El cuarto peldaño es la exaltación de la amistad: “¡Dame un abrazo, karajo; amigos para siempre!”.

Se produce, pues, el eterno contraste entre lo comercial (capitalismo) y lo respetuoso (utopía): la noche significa muchísimo dinero para legales establecimientos de bebidas.

El final del ciclo -la combinación ginebra/vodka no es recomendable- lo ponen regurgitaciones, vomitonas, mascadas, bostas, desembuches estomacales… ya en zonas de aislamiento, ya en pantalones, camisas u hombros de los vecinos. Todo depende de agilidades, prestezas o rapidez para adelantarse al baño de putrefacciones que el Teneguía interior expulsa a la velocidad del rayo, el muy hijo de su madre (“¡chaaacho, menuda jediondez! ¡Ya me jodiste la noche!”).

Todos tenemos derecho al descanso. Y a la nocturnidad, claro. No obstante, entre el silencio de cementerio simbólicamente representado por “aquel recio ciprés” (soneto del galdense Sebastián Monzón) y la voz española ruido (del latín rugītus, 'rugido', 'estruendo') cabe en la sociedad civilizada y respetuosa un comportamiento medio, ajeno tanto al árbol amado por el pintor Antonio Padrón (“en fríos y silencio centinela”) como al estruendo producido por la masa humana durante noches y alboradas de plaçeres e vassos de bon vino, arehucados cubatas, coloniados vodkas o blanquirrubias cervezas (¡horror: vasos de plástico! ¡Al paredón, al paredón!).

Se produce, pues, el eterno contraste entre lo comercial (capitalismo) y lo respetuoso (utopía): la noche significa muchísimo dinero para legales establecimientos de bebidas. Y ya se sabe: si no hay rigurosísimos controles, el disparate se desmanda. Solo consiste en aplicar la normativa, autoridad reservada a los ayuntamientos quienes, a veces, se hacen los longuis. Resulta más cómodo.

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