Arde Gran Canaria

jose luis yanezNuestro insigne poeta Bartolomé Cairasco de Figueroa describió en 1582 en su “Comedia del recibimiento” aquella selva que cubría más de la mitad de nuestra isla de Gran Canaria y que parece muchas veces de tanto nombrarla, más leyenda que veraz realidad. Así nos decía, “éste es el bosque umbrífero que de Doramas tiene el nombre célebre y aquéstos son los árboles que frisan ya con los del monte Líbano, y las palmas altísimas,mucho más que de Egipto las pirámides”.

De aquellos árboles -pinos, cedros, dragos, palmeras, laureles, viñátigos, …- que se querían equiparar a los del Líbano poco quedaba ya tan sólo un siglo después de la conquista castellana. La tala abusiva, la explotación agrícola, unida a las necesidades en construcción lo hizo prácticamente desaparecer si exceptuamos el Bosque de Los Tilos que a trancas y barrancas nos llegó hasta el primer tercio del siglo XIX, momento en el que la Corona en pago por sus servicios militares entregó al general Francisco Tomás Morales último Capitán General en la provincia de Venezuela y que luego ocuparía el mismo cargo aquí ya en el archipiélago, además de otras muchas distinciones.

Ya en 1834 le son donados los restos que quedaban de aquel fabuloso bosque y que roturó en dos haciendas para él y para su yerno, nombrándolas como San Fernando y Santa Cristina en homenaje a los reyes de aquel momento;: Fernando VII -ya fallecido- y su esposa, la regente María Cristina de Borbón.

Tras ello, la isla quedó prácticamente desarbolada ya que los restos del secular y extenso pinar que cubría sus cumbres fueron desapareciendo de una forma paulatina pero sin tregua, como el bosque de pinos que fue talado por completo en la década de 1760 con destino a sustentar la cimentación del Santuario de Nuestra Señora del Pino en Teror.

No obstante a mucha gente preocupaba esta situación que podríamos denominar de imparable desertización y, sobre todo tras la constitución de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canarias en 1776, establecieron líneas de promoción de reforestación de nuestros campos destinadas de una forma muy específica a las especies de aprovechamiento agrícola y maderero. Así, olivos, nogales, castañeros fueron cubriendo las calvas dejadas por dos siglos de tala descontrolada.

Rubén Naranjo y Vicente Escobio en su trabajo sobre los castañeros nos aportan un curioso dato sobre una concesión de tierras en el Barranco de la Virgen hace más de 250 años a Pedro Domínguez, y en el que se le pone como condición lo que sigue: “que en el presente invierno y en los subsesivos que susista este arrendamiento a de hacer dos semilleros vno con medio millar de Nueses y otro con medio almud de Castañas para que cuando estén en proporción se pongan en las laderas y partes que se señale por el que corra con el cuidado de toda aquella propiedad y si faltare a dicha condición y a cuidar de los Arboles ya plantados, desde ahora quede incurso en la pena de ocho reales de plata por cada semillero que no hubiese puesto y de dos reales si por su descuido se perdiese”

Desde Cueva Corcho en Valleseco, a los altos de Guía; desde las feraces tierras de la Vega de San Mateo a la umbría de los cortijos de Osorio y San Isidro en Teror; la acción de la Real Sociedad dejó una huella que se ha mantenido más de un cuarto de milenio y que hemos visto, con el alma encogida, como se estremecía con las lenguas de fuego destrozando historia, patrimonio y naturaleza

Bien lo supo ver don Miguel de Unamuno, cuando en junio de 1910 visitó nuestra isla y en la Villa Mariana pudo contemplar los castañeros del cortijo de Adán del Castillo y Dolores Manrique, y así escribió: “el frondosísimo castañar de Osorio me recordaba más de un rincón de mi nativa tierra vasca. Y allí, en aquel castañar de Osorio, me tendí a la caída de una tarde hasta ver acostarse las colinas en la serenidad del anochecer…. Era la noche de San Pedro, y al volver del castañar a la villa brillaban por dondequiera las hogueras en las sombras de las montañas y se oía el resonar de los caracoles marinos mezclados al de las ranas. Y entramos en aquel Teror de sosiego, donde tan bien se duerme”

Habría que esperar, si exceptuamos el arbolado de carreteras del siglo XIX, hasta inicios del siglo XX para poder tener en nuestra isla una actuación que aunó a intelectuales y políticos en la necesidad de volver a cubrir las tierras de Gran Canaria de árboles. Y en ello tuvo papel y protagonismo fundamental un verdadero adalid de esta campaña y que por ello fue llamado con toda justicia “El Apóstol del Árbol”

En distintas campañas -como la del Día del Árbol- , conferencias, verdaderos peregrinajes utilizando el peso evidente de su presencia social e intelectual consiguió comenzar a crear “necesidad de árboles”, de verde en la isla; siendo considerado como un adelantado a tantos que después han venido a usar y utilizar el árbol incluso como arma electoral. Lo malo es que a éstos, otros anteriores les habían dado razones para actuar con el abandono en su obligación de cumplir como responsables públicos de volver a dar vida a la naturaleza grancanaria.

Para ello tendría que llegar un verdadero personaje al que hay que desbrozar de todo su entorno ideológico y hasta político para poder calibrar en su verdadero valor como recuperador del bosque de Gran Canaria desde la institución que, desde mitad del pasado siglo, más se ha movido en la reforestación insular: Matías Vega Guerra y el Cabildo de Gran Canaria.

La adquisición de fincas, sobre todo en la cumbre a partir de la llegada del mismo a la presidencia cabildicia en 1940 y su destino a la recuperación del bosque secular perdido colocó a la institución y a sus sucesivos responsables en la cabeza de esa reparación (casi resarcimiento) al que cualquier persona biennacida nos creía merecedores.

La isla recuperó así su perdido pinar.

En mayor o menor medida esta política de compra y reforestación continuó en las décadas siguientes y ya estructurada y organizada desde 1953; como por ejemplo con la adquisición del Cortijo de Tirma entre el Andén Verde y Artenara o el Cortijo de Osorio en Teror, en tiempos de Carmelo Artiles.

Y ésa es la zona extensa, verde y hermosa que ha ardido, no ya los últimos días; ha ardido mucho y muchas veces los últimos años demostrando la falta de respeto, civismo, cultura y educación de muchos grancanarios ya que un porcentaje casi total de estos incendios han sido provocados con intencionalidad o negligencia por gente de nuestra tierra. ¿Entonces, por qué razón algo que está basado en tan buenas intenciones y que ha ocupado y preocupado durante más de doscientos años a tanta gente interesada en el progreso de nuestra isla está en peligro de desaparecer en tan sólo dos décadas?

Pueden pararse a pensar y no les llegará a la memoria un incendio del calibre de estos últimos más allá de veinte años.

Es razón simple. No es sólo la falta de conciencia o incivismo al que me refería; no es sólo la falta de medios que en nuestro archipiélago es casi mal endémico, no es el calentamiento global ni las olas de tiempos de calores casi saharianos con que nos ha asolado la mala fortuna. Es todo eso y más.

Las normativas medioambientales de los últimos años han traído consigo el abandono de costumbres que, unidas asimismo al abandono de las dedicaciones agrícolas y ganaderas han convertido nuestros campos en yesca presta a arder cual volcán desatado con la leve llamita de un fósforo.

Nuestros barrancos antes limpios de cañas destinadas a los tomateros y de zarzas utilizadas para “cama” de vacas y bueyes y extraordinaria base del estiércol para nuestros campos, son ahora impracticables chimeneas de bravo encendido y difusión de lo que antes se podía apagar con un balde de agua.

Las tierras abandonadas, la pinocha cubriendo metros y metros de barranqueras, los miles de inciensos moriscos que arden con una brillante rapidez llenando el aire de su aroma penetrante, son simples ejemplos, la muestra más palpable de que necesitamos urgentemente un Plan Insular del Paisaje en nuestra isla que a la vez que arregle desaguisados como el espectáculo que pueden ver los turistas que vienen desde Gando a Las Palmas de Gran Canaria, unifique voluntades, actuaciones, medios y, sobre todo, acciones políticas de todas y todoslos responsables de los 21 municipios comandados por el Cabildo Insular.

Las cumbres grancanarias no son naturaleza libre ni pueden ser tratadas como tal. Son visitadas, al igual que otros bellísimos parajes de la isla, por miles, muchos miles de visitantes cada semana que llevan encendedores, barbacoas y y, algunos de ellos pocos gracias a Dios, locas intenciones.

Tratemos nuestros paisajes como lo que son: los jardines arbolados de la Gran Canaria, magníficos y exuberantes en su brillantez, Y como tales, cuidémoslos, talemos, limpiemos barranqueras, cortemos matorrales y cañas,…

Si no es así, sólo nos quedará encomendarnos a Dios o a la Virgen del Pino a la que en recuperación de viejas tradiciones, no estaría mal hacerle una rogativa por la lluvia. O bajarla a la capital en petición de cordura.

Por el bien del bosque, que siempre se ha dicho que es de todos.

José Luis Yánez Rodríguez
Cronista Oficial de Teror.
Actualizado el Lunes, 19 Agosto 2019 18:28 horas.
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