Entre el pasajero tiempo y el final de la ruta

nicolasguerra2018buena

(Con el inmenso dolor por nuestra tierra...)

Así, bóbilis bóbilis, como quien no quiere la cosa, siete decenios de vida forman parte de mi currículo entre humanos... y deshumanizados. Por suerte tardé en coger tino: no tenía ningún interés en hacerme mayor. Pero la incipiente pelusa barbil, las patas peludillas y las circunstancias imponen su capricho y mandan al carajo juveniles pretensiones o desordenados anhelos, sobre todo cuando uno ve que amigos de primera pollería se emperretan y precipitan a la madurez. ¡Poco conocimiento el suyo!, hoy jartitos de su bien despachada edad. Castigo de Dios.

Ese es el gran peligro: al menor despiste se imponen siete decenios. Los muy puñeteros no perdonan ni un día, como si les fuera la vida en el disimulo... o la prusiana rigidez mental les impidiera cierta flexibilidad, ¡karajo! Porque medio siglo atrás Ese es el gran peligro: al menor despiste se imponen siete decenios. Los muy puñeteros no perdonan ni un día, como si les fuera la vida en el disimulo... setenta años eran una barbaridad de años, legión de edades, disparatado desarreto cronológico cuyos propietarios -austeros y espartanos- ejercían con absoluta fidelidad: por tradición eran senectos, respetadísimas senilidades, apreciadas antigüedades de siglos o, como decía mi amigo Pico Quevedo (¡milenio anterior!), “fosilizaciones”.

Y uno, claro, viene de atrás. A fin de cuentas mis abuelos y tíos de padres andaban con sus decenios por las calles galdenses, cuyo inicio era La Oficina: allí los “coches de hora” imponían sus amarillas estructuras con el volante ubicado a la manera inglesa, hasta tal simbólico detalle llegaba la presencia de la colonia británica representada en el Noroeste por míster Leacock y míster Harris… Nada de protocolos, compromisos o rituales sociales: don Sebastián Monzón Suárez nos reunió a quienes habíamos disfrutado de su aula, tiempos ya preteritados (Bachiller).Y resulta curioso: la extraordinaria proliferación de árboles que verdeaba la carretera general hasta la estación de AICASA no impedía la circulación de tales dinosaurios.

Hoy, sin embargo, no permanece ni un árbol, víctimas todos ellos del irracional crecimiento: desaparecieron las inmensas copas de los laureles de indias y sus enhiestos troncos para hacer aparcamientos, construir viviendas y terminar con las armonías musicales de tanto pájaro cagón y a veces diarreítico, un sufrimiento. Y en su universal proyección sirvió de modelo para la consciente contrarreforma de la plaza de San Bernardo (Las Palmas capital), refrescante y embellecedora masa arbórea radicalmente destruida por la acción del Gobierno municipal... en nombre de la civilización y la advocación de Atila.

Entre el viernes y el sábado pasados recuperé la presencia física de personas norteñas a las que no veía desde tiempo atrás. Eso tienen los velatorios, y así me pasó en Agaete: al final siempre volvemos a reencontrarnos pues la amistad con el difunto reúne a quienes lo conocimos o tratamos con asiduidad. Por una simple cuestión cronológica nunca coincidí en clase con don Demetrio Suárez Díaz, exalcalde galdense.Nada de protocolos, compromisos o rituales sociales: don Sebastián Monzón Suárez nos reunió a quienes habíamos disfrutado de su aula, tiempos ya preteritados (Bachiller). Además, el valor de su palabra poética me había enganchado y yo lo apreciaba desde las mismas entrañas de mi condición humana.

Por una simple cuestión cronológica nunca coincidí en clase con don Demetrio Suárez Díaz, exalcalde galdense. No obstante, la relación personal se mantuvo desde siempre pues, a fin de cuentas, vivimos etapas paralelas en el pueblo como tal pueblo aunque diferenciadas por edades, caminos laborales y personales. Es más: necesité de su intermediación para solucionar un desajuste entre la Administración y yo y el hombre cumplió con seriedad y rigor.

A lo largo de nuestra conversación surgieron anécdotas de antaño (obviamente se impuso la mayor experiencia vital del señor Suárez, pues uno fue educado en el prudente silencio cuando hablan quienes sobrepasan nuestra edad). Y conversamos, claro, del Cardenal Cisneros, colegio al cual debemos lo que hoy somos profesionalmente (¿sería más preciso decir “lo que hoy fuimos”? A fin de cuentas, el IMSERSO es una realidad). Así, una historieta me llevó a buscar la foto para este artículo.

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Doña Rosa María Martinón (“la señorita Martinón”) fue profesora de muchas generaciones. Su empeño también fue gestar un orfeón, inicialmente compuesto por quienes en la imagen aparecemos “retratiados”. Es el salón de actos de La Graduada, escuela pública galdense: no aparece don Demetrio. Mas no por dejadez o apatía, en absoluto: se trataba más bien de ciertas incompatibilidades entre las escala musical y su aparato fonador. No se odiaban porque nada se habían hecho, pero hubo siempre un extraño desajuste entre ambos (¿celos, un pronto, debilidad humana? No sé, pero no coordinaban a pesar de sus buenas intenciones. Misterios de la vida, insondables enigmas…)

Pues bien, estimado lector: la anécdota me llevó a los recuerdos, no importantes por pasados pero Pero la mirada al pasado ya lejano (acaso 1962) ante una imagen fotográfica para la cual el tiempo no se ha movido ni media milésima de segundo permite, eso sí, evocar el anteayer (no es añorar, echar de menos), parte de nosotros mismos.sí almacenados en la memoria. No es la confirmación de “Cualquier tiempo pasado fue mejor”, en absoluto (“O caminamos hacia adelante o sensibleras y quejumbrosas nostalgias nos consumen en estériles evocaciones”, escribí una vez precisamente como meditación sobre recuerdos de mi pueblo).

Pero la mirada al pasado ya lejano (acaso 1962) ante una imagen fotográfica para la cual el tiempo no se ha movido ni media milésima de segundo permite, eso sí, evocar el anteayer (no es añorar, echar de menos), parte de nosotros mismos. Y sobre todo ante una imagen con cincuenta vidas, cincuenta ilusiones, cincuenta rostros cargados de juventud, ímpetu y absoluta desvinculación con el mañana, tan lejano para quienes empezábamos a ser desde razonamientos, reflexiones e ilusiones…Nuestras edades, a los setenta, solo nos permiten sumar de año en año… Inmediatamente después, la nada. Es decir, la ausencia del todo.

Ahora, sin embargo, echo de menos a algunos, alejados del pueblo quizás por caminos que los llevaron fuera de calles, rincones, colegio y paseos en torno al pozo o, acaso, por la única razón de ser que tiene la vida: la muerte. Pero muerte como fenómeno natural, sin aspavientos ni desequilibrios previos: vivimos para morir. Y cuando la vida se acaba el barranco sigue su curso, impertérrito, impasible. Incluso hasta insensible, quizás adormilado por la monotonía…

¿Algún otro decenio? Para cumplirlo hace falta tiempo. Y hoy diez años más son demasiados tiempos para fiarse. Nuestras edades, a los setenta, solo nos permiten sumar de año en año… Inmediatamente después, la nada. Es decir, la ausencia del todo. Mientras, el placer de seguir siendo siempre que se esté haciendo vida, no subsistencia. Mucho menos vegetal inanimado.

Actualizado el Jueves, 22 Agosto 2019 01:30 horas.
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