Declaración de amor (I)

juanferrera“Ahí, en esa marquesina que un día fue entrañable y privada, me declaró su amor Gumersindo G. Miranda un día de abril de 1902. Ahí mismito, Gumersindo Gutenberg, de hinojos, de origen germano, me pidió matrimonio y juró que me amaría eternamente. Yo, en un primer momento, quedé traspuesta y sorprendida por su inesperada y atrevida proposición. Sí es verdad que hablábamos mucho, y que nuestra amistad se forjaba en las tranquilas tardes en casa de la Marquesa de Las Hoyas, pero nada más; nunca imaginé otra cosa ni le insinué nada. Aquel comportamiento de Gumersindo no fue, desde luego, el más adecuado. Al día siguiente nos volvimos a ver en la misma marquesina, rodeada de una arboleda espesa y de un jardín feraz, y le dije, en el silencio íntimo, que yo no sentía enamoramiento alguno.

Marquesina1

--- No importa ---me dijo con una sonrisa en sus labios, propia de los caballeros andantes, ardientes y serenos---, el tiempo colocará las cosas en su sitio. Y los sentimientos, también, porque su duda es mi esperanza.

--- ¡Pero si yo no dudo! --- le dije, elevando el tono.

--- ¡Pues yo creo que sí!

Estaba convencido, Gumersindo Gutenberg, de que cuando se actuaba de forma honesta, clara y sin doblez, tendría, al final y siempre, su recompensa. Esa era una más de sus recurrentes verdades absolutas.

--- Yo no tengo prisa --- señaló aquel sábado de abril, antes de que empezara la celebración del cumpleaños de la Marquesa, que, dicho sea de paso y sin molestar, nunca supimos su edad. Ese detalle la definía completamente: su extrema coquetería, si es que se dice así, la llevaba al extremo mismo de la conversación.

Hoy, sesenta y siete años después de mi muerte, me he levantado del panteón familiar y he salido de la tumba en una mañana luminosa de octubre, que, casualmente, también es sábado. Y, al ver que el cementerio estaba abierto, aunque no era estrictamente necesario, me he acercado a la ciudad, que me resulta totalmente extraña. Al llegar al parque de entrada, en las mismas puertas de bienvenida, me he quedado perpleja. La iglesia, tan monumental, la recordaba a medio construir. Y las calles que la rodean hablan de un tiempo que no vi ni viví. Hay más casas, cerradas, por cierto, y mesas y sillas en la calle central. Y el viejo Mercado Municipal, tan lleno de vida siempre, parece muerto tras unas delicadas puertas de cristal cerradas a cal y canto. Y al llegar a la Casa Gourié, tan privada y particular entonces, no solo lloré desconsolada sino que me costó muchísimo identificar lo que había sido parte de mi vida. Aun así, no me detuve en el camino hasta que alcancé mi rincón preferido. ¡Cuán transformado estaba! Para mí que antes estaba más escondido e intuyo, bueno, mejor, afirmo, que ha perdido prestancia y fuerza. Todo se deteriora.

Y me desanimé. Y huí del lugar con la primera lágrima. La tristeza me invadió al descubrir un mundo que ya no era el mío. Regresé rápidamente al campo santo a contar a mis amigos y familiares lo que había visto. Al fin y al cabo, yo pertenecía a “la otra ciudad”. Y les dije que cada uno es de su tiempo y no está nada bien ese deseo por recuperar unos espacios ya vividos. Nunca las segundas partes fueron buenas.

Y las referidas a la vida, aún menos.

¡Ah! ¡Se me olvidaba! Me llamo María de los Ángeles Martín Kauffmann.”

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