Declaración de amor (II)

juanferrera“Cuando me casé con Gumersindo G. Miranda, yo, María de los Ángeles Martín Kauffmann, entré en una nueva dimensión en aquel año de 1905. Nos instalamos cerca del solar que presuntamente sería para la nueva iglesia, de la que tanto se hablaba y, aunque al principio parecía que nos alejábamos del centro, vino a resultar que estábamos a tiro de piedra en cuanto los solares limítrofes se fueron ocupando de ilustres familias. Lo que en principio fue una loma no muy alejada de lo que sería la plaza, se transformó en calle en pocos años. Y en el segundo embarazo, el de Cristina María, la calle se prolongó en el parque de enfrente; lo cual dejaba unas amplias vistas donde la mirada se perdía en la carretera del Lomo, única vía de entrada a la ciudad, que comenzaba a inundarse de fincas de plataneras. Realmente era una visión alegre y de campo. Y confieso que a mí me gustaba. Y entre aniversarios, cumpleaños y tardes de té en la Hacienda de la Marquesa de Las Hoyas, nuestra existencia se fue diluyendo apaciblemente. Solo la empresa de mi marido se vio envuelta en una especie de revuelta porque los trabajadores, tan desagradecidos siempre, reclamaban un aumento de salarios. A pesar de que solo teníamos cinco empleados, mi marido tuvo que lidiar muy seriamente con Armando Juan de las Luces Certeras, eterno sindicalista sin él mismo saberlo. Aquel conato de huelga, palabra prohibida, no solo unió a los cinco empleados, sino que se estableció un enlace común con mi marido y los siguientes años fueron fructíferos para todos, donde el tono familiar se convirtió en garantía de éxito. Y sí he de reconocer que mis cinco empleados no eran tan desalmados como pensaba. ¡Que Dios me perdone por pensar mal! La ascendencia germana de Gumersindo puso la nota sensata en la pequeña empresa que con el tiempo nos dio toda la tranquilidad del mundo.

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Pero en aquel año de 1905, poco antes de casarnos, llegó la fatal noticia: el hijo, apasionado aviador experimental en Inglaterra, de la Marquesa de Las Hoyas había dado con sus huesos en un descampado militar, mientras volaba en aquellos primeros aviones que parecían de papel, tan frágiles. Hubo que retrasar la boda seis meses, más que nada por respeto y consideración. Así que a principios de diciembre se verificó la ceremonia y la Marquesa, siempre tan estirada y tan conservadora, lució su discreto luto con resignada y medida alegría. Y también fueron invitados los cinco empleados de mi marido, a pesar de la oposición de las familias acomodadas y de los reproches por su vulgar presencia. Pero Gumersindo lo tenía muy claro: era alemán y cuando tomaba una decisión la mantenía hasta el final, aunque tuviera que soportar el inicial rechazo de una buena parte de los invitados. Pero no todos eran conservadores; algún liberal que otro sonreía como signo de complicidad con las ideas de mi esposo. Afortunadamente la sangre no llegó al río y la ceremonia y celebración se deslizaron por los cauces previstos en aquella sociedad de entonces: ordenada y tan previsible siempre. Sin embargo, algunas cosas estaban cambiando, eso decía mi Gumersindo; si bien yo no era consciente de ellas pues las esperaba para más tarde. Bastante tenía yo con la organización de la casa, que me llevaba todo el día, y pronto llegaron los hijos. Porque Gumersindo y yo follábamos mucho. Muchísimo. Y quedé embarazada enseguida.”

Actualizado el Viernes, 22 Noviembre 2019 19:55 horas.

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