Declaración de amor (III)

juanferrera“No crean que siempre fui una deslenguada, pero, en ocasiones, quería llamar a las cosas por su nombre y no ir en busca de eufemismos empalagosos como “hacer el amor, vivir el matrimonio, responder a las exigencias del hombre, respetar el santo sacramento” y otras tonterías que hoy, con el paso del tiempo, y ya muerta y muy muerta, confirman que las estupideces nos encorsetan demasiado, así como creer o imaginar que el otro es siempre especial y al que no debemos herir, como si no tuviera criterio propio. Y no quiere decir que yo fuera por ahí matando grillos, ¡para nada! Pero, en ocasiones, la sangre me hervía ante tanta pusilanimidad y temor de Dios, o como se diga.

Cuando nació nuestro primer hijo, a finales de septiembre de 1906, Francisco José Gumersindo Gutenberg Martín, la empresa de mi marido rendía plenamente. Su Almacén de Ultramarinos, donde se vendía al por mayor y al detalle, recibió los parabienes de unos clientes serios y rigurosos, y un tiempo que se adivinaba próspero cuando la ciudad comenzaba a olvidar la Guerra de Cuba y los hijos que allá quedaron, y tanto los pedidos inmediatos como los encargos pendientes se establecieron por orden de llegada y se cumplimentaban con tranquila eficacia. Y eso lo agradecían mucho los distintos peticionarios. También fue poco a poco vendiendo a plazos, lo cual constituyó una novedad en toda la comarca y sirvió para que el Almacén, en plena Royal Street, se asentara definitivamente. Los cinco empleados trabajaban con eficacia, sabedores de que su trabajo era imprescindible para la marcha del negocio y para ellos mismos, que sus familias tenían.

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En diciembre de 1906 bautizamos a Francisco José en un discreto acto que contó con la presencia de los más cercanos, entre ellos, claro está, la Marquesa de Las Hoyas, que no podía faltar, al menos, había que invitarla sí o sí, y que aparentaba una ligera recuperación por la triste pérdida de su hijo. Apenas setenta personas nos reunimos en mi casa ese día, un 8 de diciembre, en el salón grande, con chimenea, claro, que daba a la calle y abarcaba dos ventanas de las tres de la fachada. Y al resto de los que no pudimos incluir en la pequeña fiesta los fuimos citando en tandas de cinco a una merienda de galletas con chocolate, importado de Inglaterra, por supuesto, que mi marido ofertaba a precios más que interesantes. Y así, poco a poco, cumplí con mi familia y amigos de entonces. Mientras tanto, mi marido y yo seguíamos follando a mansalva. Realmente estaba encantada con aquella potencia de la Naturaleza y entre un quejido y otro de amor desenfrenado, y una vez superada la cuarentena, volví a quedar embarazada. Y el amor, entonces, adquirió el tono de la suavidad y tranquilidad en los siguientes nueve meses. ¡Ya he vuelto a utilizar un eufemismo!

Yo, resignada, comprendía que aquel era el camino a seguir. Y cumplí debidamente con mi deber. Gumersindo, fiel cumplidor y trabajador nato, se afanaba más y más en el Almacén, que atravesaba una travesía de tiempo en calma y suaves vientos. Y me propuse, eso pensaba, un descanso de embarazos después del segundo. No podía estar pariendo como si fuera una coneja asalvajada. Y así fue.”

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