Declaración de amor (y IV)

juanferrera“Cuando nació Cristina María, nuestro matrimonio entró en una fase donde el roce de la piel apaciguó la fuerza de la Naturaleza de mi Gumersindo. ¡Ya ven, otra vez con eufemismos! Quiero decir que la vida avanzó lenta y pausadamente en un mundo ordenado. La ciudad mostraba una ebullición permanente, como si de un volcán se tratase, y la burguesía agrícola no paraba de avanzar en sus nuevas y pujantes propuestas. La nueva iglesia se puso en marcha en 1909 y dos años después, un 15 de noviembre, nos llegó como una tormenta eléctrica la noticia de los obreros asesinados por la guardia civil en un colegio electoral de la capital. Claro que esto lo supimos mucho después y me abrió los ojos en el sentido de que no toda mi clase social era honrada; comprendí entonces el poder de los caciques. Y todo ello porque Armando Juan de las Luces Certeras, nuestro sindicalista particular y capataz del Almacén, cayó herido en la trifulca capitalina. Y, al ver a mi Gumersindo defendiendo a los trabajadores, comprendí que los de mi posición no siempre obraban con buena fe. Es más, en ocasiones, solo lograban expandir la precariedad y la desgracia. Pero la vida siguió su curso hasta el atentando de Sarajevo. Yo, que en geografía era un auténtico desastre, pensaba que la Primera Guerra llegaría pronto a las islas. Consideraba entonces que éramos el ombligo de esta parte del mundo.

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Los hijos fueron creciendo y en 1926 Francisco José y nosotros, claro, anunciamos el compromiso adquirido con Estefanía Edelmira del Palmar Cabrera, hija única y heredera de las tierras, todas productivas, de Las Madres de Arriba, ilustre hacienda de los Altos Medianeros. El compromiso se anunció en nuestra casa donde, por supuesto, la Marquesa de Las Hoyas fue la primera invitada, que ya con el paso del tiempo había vuelto por sus fueros: amiga de meterse donde no la llamaban y alcahueta distinguida de una sociedad conservadora que escondía sus pecados debajo de las alfombras del salón de la chimenea; porque, no nos engañemos, toda casa que se preciara en aquel tiempo debía disponer de un aposento amplio y con extraordinario fogón. No lo voy a negar: yo estaba encantada con su presencia. Sin embargo, tiempo atrás, Gumersindo me dejó bien claro, desde su posición liberal-republicana, lo rácana que era la Marquesa para con sus trabajadores. Me di cuenta cuando pasó el tiempo. A veces tengo la sensación de que voy a trasmano de todo. Tres años después, la boda y establecieron su casa, solariega, por cierto, cerca de Triana Street. Al mes exacto de su feliz enlace, un nuevo compromiso sobrevino: el de Cristina María con Walter Smith de la Fuente del Hierro, capitán de la Union Castle Line. Al cabo de dos años, coincidiendo con la proclamación de la Segunda República, contrajeron matrimonio y embarcaron con destino a Londres, donde los Canary Wharf, y no precisamente de luna de miel.

Y volvimos a quedarnos solos Gumersindo y yo. Y continuamos amándonos en la medida de nuestras posibilidades: pocas, pero sabrosas. Y no sé por qué les he contado parte de mi vida si a nadie interesa. Además, yo estoy muerta, muy muerta. Y Gumersindo, aquí a mi lado. Solo nuestros hijos viven en la otra frontera. Y desde aquí rezo por ellos, aunque no lo sepan. Y la lluvia de este tiempo de noviembre me ha devuelto la mirada del pasado. Y no, no es bueno regresar a un tiempo que no has vivido. Aquí, en el cementerio, estamos bien y observamos cómo la ciudad crece. Es verdad que ya nadie nos trae flores, pero en las noches de luna llena entablamos conversación distendida con los que por aquí andan. Y aprendemos mucho, la verdad. Muchísimo. Y sentimos que la vida se nos ha ido en apenas un instante, igual que se ha acabado esta historia en apenas cuatro hojas. ¡Oh, Dios mío, un instante son cuatro folios y, en ocasiones, toda una vida!

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