El milagro de la vida

maternidadquico01El primer recuerdo que guardo en la memoria es la figura de mi madre embarazada de mi hermano menor. Yo contaba cuatro años y ella, que era una mujer a la que no le gustaban los tapujos, me explicó lo que pasaba con total naturalidad y me aclaró que eran tonterías que los niños vinieran de París o que los trajera la cigüeña.

-Toca, mi amor. Pon la mano aquí para que sientas a tu hermanito moverse.

-Yo prefiero una niña, mamá, que ya tengo cuatro hermanos –repliqué, colocando la mano donde ella me indicaba. Me impresionó un poco de entrada, pero luego me cautivó la sensación que tuve al notar cómo se meneaba la criatura, cómo se revolvía, enclaustrada, en el útero de mi madre.

Desde entonces siempre me ha encantado ver a las mujeres embarazadas. Contemplarlas. Las encuentro preciosas. La ternura y la paz que irradian en la mirada despiertan en mí afecto y admiración, que fue lo que sentí al ver a mi amiga Cristina, cuya foto encabeza este texto, paseando por la playa, con un bikini premamá, luciendo un barrigón de campeonato y una sonrisa de oreja a oreja.

-Qué requeteguapa estás, pimpollo. Da gusto verte –le dije, seducido por la expresión tan dulce de su cara y por su prominente barriga, que se me antojó igual que un huevo enorme, al cual fue a parar mi mano derecha, no sin antes pedir permiso a mi amiga con los ojos.

-Eres como Mara. Está fijo tocándome. Dice que percibe todos los movimientos de su hermano al posar las manos en mi abdomen. Y que lo oye respirar cuando pega la oreja.

-No me extraña. Tu hija es muy intuitiva. Me encantaría verlas a las dos en un momento así.

-Pues mira por donde llevo una foto en el bolso. Ven, que te la enseño –replicó, acercándose a donde tenía sus cosas.

marternidadquico02-¡Ohhh! ¡Qué maravilla, Cris! ¡Están lindísimas las dos! Se las ve muy felices.

-La verdad es que sí. Yo esperando un hijo y Mara esperando un hermano. ¿No te parece un milagro dar vida a un nuevo ser?

-Total –contesté, mientras nos mirábamos con ternura. Luego nos dimos un abrazo cariñoso. De seguido me metí en el agua, me lancé de cabeza y nadé veinte minutos sin parar.

El mar parecía una balsa tranquila y acogedora que me meció suavemente cuando hice el cristo. Luego me zambullí bajo el agua y, de manera instintiva, adopté la forma de un feto.

Como por ensalmo, olvidé de pronto la razón, se me quedó la mente en blanco; me dejé llevar tan sólo por lo que sentía y por el ritmo que marcaban las ondas marinas.

Apenas un minuto después, por un instante, tuve la impresión de que el mar era el útero de mi madre.
Y cuando salí a la superficie creí renacer.

Fotos: Manuel Morales

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