Psicografías. Las casas propias

SANTIAGO GIL TXEFE BETANCORpequeLas casas que llevamos a todas partes, las que realmente nos pertenecen, no se construyen nunca desde los cimientos. Las bases firmes e inamovibles son efectivas para los edificios que habitamos, pero no para las que habitan en nosotros igual que los recuerdos. Nuestras estancias interiores se asemejan a esas casas castellanas o canarias que aparentemente no son más que lo que vemos y que, sin embargo, una vez atraviesas sus puertas, te encuentras frondosos patios y estanques con peces de colores. En esos adentros, la belleza es más importante que la infraestructura, y el arabesco es mucho más cierto que una escalera, una pared o un suelo firme para que no nos vengamos nunca abajo.

Las casas de las que hablo se construyen siempre desde las azoteas. Estos días, por cierto, hemos vuelto a levantar la mirada hacia las azoteas, tan olvidadas en la vorágine cotidiana y en aquella alocada carrera hacia ninguna parte en la que estábamos inmersos hasta hace unas semanas. Vivíamos más cerca del subsuelo de las ratas y de las cucarachas que del cielo de esos pájaros libres que ahora escuchamos cantar después de haberlos ignorado tanto tiempo, o de haberse marchado ellos en vista de nuestro empeño por mirar solo hacia abajo. Esas azoteas metafóricas sobre las que reconstruirnos en un proceso contrario al que impone la lógica arquitectónica necesitan bibliotecas para ser más altas, y películas, y música, y mucha conversación, y silencios prolongados mirando hacia las nubes, y armonía, y cadencia y, sobre todo, humildad, que es lo que cura la arrogancia y la prepotencia que siguen mostrando estos días los que aún no se han enterado de que todo lo de antes, tal como lo concebíamos, se tornará inevitablemente distinto cuando echemos a rodar de nuevo como si fuéramos coches varados durante mucho tiempo en garajes olvidados.

Me asomo a los periódicos y a los informativos de la radio y de la tele, y compruebo que hay mucha gente que se sigue creyendo eterna y con capacidad para controlar lo que no sabes que va a suceder dentro de un rato. Ponen fechas para abrir terrazas, comenzar a golpear balones en los estadios y hasta para viajar de una punta a otra del planeta, y está bien, todo eso es muy humano, proyectar y tratar de mejorar cuanto antes, pero siguen olvidándose de ese azar inesperado que te cambia la vida de repente, ahora con un virus, y mañana con una lotería primitiva o con una muerte cercana. No aprenden, y se seguirán destrozando la cabeza contra paredes que no se pueden franquear más que saltando por encima, o asumiendo que se ponen delante para aprender a sortearlas. Por eso vuelvo a las azoteas, a las de cada uno de nosotros cuando nos asomamos a la vida. Solo desde ahí arriba podremos aprender a relativizar y a asumir, con una cierta deportividad filosófica, el inevitable tránsito de nuestra condición humana.

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