La divina inutilidad

01refleximages(Reflexiones esperanzadas ante la pandemia – Marzo de 2020)

Directa o indirectamente la Humanidad ha vivido miles de años bajo el dominio de los tres monoteísmos inspirados en la Biblia.

En ese dominio la fe en Dios es inversamente proporcional a la solidaridad humana. 

Cristianos, Judíos y Musulmanes millonarios no han hecho notables contribuciones para aliviar el sufrimiento de quienes no pueden ser recluidos en hospitales debido a la falta de camas, de protección del personal sanitario o de provisión de elementos básicos tales como mascarillas (barbijos) o alcohol en gel. La Nobleza Cristiana europea, billonarios como Soros, sultanes que se han dedicado a proteger sus riquezas mientras miles de personas enferman y los viejos, principalmente, mueren.

Si sobrevivimos a esta pandemia -aquellos que lo logren- esperamos que lleguemos a conocer una época en que la religión haya quedado atrás o al menos una época en que desaparezcan los monoteísmos. 

Hoy, a causa de la pandemia, tenemos festivales religiosos suspendidos o prohibidos, iglesias, sinagogas y mezquitas cerradas.

De golpe la necesidad de sobrevivir ha hecho surgir el razonamiento: nos apartamos del rito religioso, del monólogo místico dirigido a la masa, del contacto común con “Dios”. Debemos aprender la lección que nos brinda el sentido común: de golpe ya no es pecado cortar la comunicación institucionalizada con Dios.

De todas maneras, aunque no se quiera reflexionar sobre los hechos, la inutilidad de la religión está ante la conciencia de los seres humanos, una vez más.

Porque ha sido así desde el momento en que alguien imaginó la primera “explicación” sobrenatural: la protección y la comida jamás fueron provistas por ningún Dios, sino por la inteligencia, la perseverancia y el conocimiento de nosotros, los pequeños seres humanos que poblamos la Tierra.

Siglos y siglos de devaneos metafísicos, surgimiento y desaparición de concepciones dogmáticas, adopción de hábitos innaturales y la sumisión a instituciones privilegiadas, autoritarias, crueles y sanguinarias, han separado a la Humanidad del pensamiento racional, de las hipótesis corregibles, de la evolución moral.

Sabiendo que, como ser “perfecto”, la Divinidad deja mucho que desear -en realidad, es horrible- al dejar a sus criaturas a merced de la miseria, del sufrimiento y de la angustia, ¿continuaremos creyendo y manteniendo un culto, una religión, una Iglesia que no nos considera valiosos ni siquiera por el coraje que demostramos ante la magnitud de pruebas con que la mera existencia nos enfrenta? 

Anclados en una forma de pensamiento esclavizador, irracional y debilitante. Enfrentando a un enemigo poderoso solamente con nuestro limitado conocimiento científico (ese conocimiento contra el cual la fe siempre luchó). Estupefactos ante nuestro acondicionamiento mental religioso y su evidente inhabilidad para vencer la enfermedad y el sufrimiento. Buscando a quien ha entendido que la “salvación” ni es individual ni significa nada si no nos unimos olvidando anatemas, prejuicios, conceptos dogmáticos, todo lo que, en nombre de la Divinidad, nos ha desunido… 

Anclados, luchando, estupefactos, buscando… ya es hora de que demos un salto hacia adelante. 

Porque aunque algunos sigan pensando que “dios no está muerto”, su no existencia es hoy, como tantas veces antes, palpable.

¿Intentaremos ese salto hacia adelante, hacia la época post-religiosa, o, como se ha hecho después de las guerras religiosas, de las torturas de la Inquisición, de las plagas medievales, del genocidio de los aborígenes y “heréticos” a manos de la Iglesia Católica, olvidaremos a los que hoy mueren y volveremos a arrodillarnos ante fetiches inútiles en iglesias, sinagogas y mezquitas?

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