Subordinadas de tiempo

juanferreragil2020Las proposiciones subordinadas adverbiales de tiempo (con el nexo “cuando”) mantienen un sabor único: suponen una puesta en espera de nuevos acontecimientos y una mirada que, ansiosa, desea encontrar la salida. Quizás por eso muchos escritores las tienen presentes, porque, quizás, al final encuentran el camino de la luz.

Significan dichas proposiciones, en buena parte, que se abre una puerta y que se dilata el resultado del momento unas cuantas páginas más, aunque no siempre sucede. Ya se sabe que los escritores también se toman su tiempo y, con frecuencia, son capaces de encontrar casi todas las posibilidades expresivas, incluso algunas muy novedosas, donde el riesgo amplía la mirada de las palabras. Sin olvidar, por supuesto, que su valor depende del instante en que se encuentra el relato. Por eso, al reproducir a continuación unos cuantos ejemplos, la explicación puede quedar incompleta; tampoco pretendemos elaborar una detallada y minuciosa casuística de las subordinadas temporales. Solo tratamos de señalar que este recurso tan eficaz de nuestro idioma muestra, en general, una significativa presencia. Y desde las oraciones simples a las compuestas, con toda su amplia gama de posibilidades, las subordinadas adverbiales de tiempo vienen a resultar imprescindibles, o casi, en el desarrollo de la peripecia. Y tenemos la sensación de que, al leer el texto en voz alta, dichas subordinadas adquieren toda su energía temporal; acaso como la vida misma. Y, como han de suponer, los escritores las reservan para los momentos precisos en sus distintas aventuras. Y, como no podía ser de otra manera, pasan desapercibidas en el conjunto, a la vez que mantienen una presencia necesaria, efectiva y precisa que ayuda a comprender mejor la situación generada. Es verdad que con otras subordinadas accedemos al razonamiento del narrador; sin embargo, las adverbiales de tiempo con el nexo “cuando” brillan con luz propia: introducen párrafos y desarrollos muy necesarios en “el terrero de lucha” donde los sucesos muestran la realidad imaginada.

Por ejemplo, para el colombiano Gabriel García Márquez (1928-2014) (1) constituye un recurrente recurso en Cien años de soledad, y así, ya en la página ocho, habla de misterio: Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer”. Observen cómo en apenas unas líneas la fuerza sugeridora de García Márquez ha crecido exponencialmente. Y otro detalle: Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con sus seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.” Ello se cuenta en la página 10 donde la subordinada adverbial de tiempo sirve para introducirnos y llevarnos de paseo por un mundo donde el realismo mágico encuentra su acomodo.

Cuando

Pero mucho tiempo antes, otros escritores en otros lugares también recurrieron a esta expresión. Así, la inglesa Vera Brittain (1893-1970) (2), comienza su interesante Testamento de juventud de esta manera: Cuando estalló la Gran Guerra, me la tomé no como una tragedia superlativa, sino como una exasperante interrupción de mis proyectos personales.” (Página 9). Si prestan atención, la introducción tiene su aquel donde dos ideas que suceden al mismo tiempo chocan de manera estruendosa: hay música de tambores y trompetas. Y así da pie a sus ochocientas siguientes páginas. Y, después, en la página 12, la utiliza para un tiempo anterior: Cuando mi padre, que era el miembro más apuesto y sensato de una familia extensa y cerril, se casó con mi madre en 1891, todos sus parientes se opusieron por carecer ella de dinero y de pedigrí y no tener más carta de presentación que la de su tímida y melancólica belleza”:

Cuando un amigo, profesor de matemáticas, nos recomendó al vienés Stefan Zweig (1881-1942) (3), ya no pudimos dejar de leerlo. Autor muy popular en su tiempo, cayó en el desconocimiento durante décadas y ha podido regresar ahora porque hay obras que son eternas y, además, se nos antojan, una vez conocido, como imprescindibles. El tiempo es circular, ya se sabe: “Cuando uno con un cierto desdén califica a estos hombres como “cazadores de mujeres”, lo hace sin saber cuánta verdad, cuánta capacidad de observación ha quedado plasmada en el término, pues, en efecto, todos los instintos apasionados de la caza, el rastreo, la excitación y la crueldad moral vibran en la vigilancia infatigable de semejantes individuos”. Esto lo escribe en su novela Ardiente secreto, en la página 11. Fragmento, como verán, que sigue estando de actualidad, aunque no se diga. Y en su famosa Novela de ajedrez, en la página 1014 de este compendio de sus novelas, se expresa así: Cuando me siento un rato delante del tablero no lo hago para devanarme los sesos, sino todo lo contrario, para descansar del esfuerzo intelectual”. Comprobarán, inteligentes lectores, que su propuesta es hartamente sugestiva, atractiva e interesante.

Otros, en cambio, resultan más breves y concisos. Así, el inglés Anthony Trollope (1815-1882) (4) en El tiempo en que vivimos: Cuando un hombre besa a una mujer, no le apetece disculparse inmediatamente después” o Cuando la entrevista terminó, lady Carbury pensó que había sido un éxito”. Ambos ejemplos en la página 16. Y en esa brevedad, toda una gama de sugerencias. En otro momento, en la página 23, dice: Cuando era una muchacha encantadora, de dieciocho años y sin un centavo, había aceptado casarse con un hombre de cuarenta y cuatro que tenía a su disposición una pequeña fortuna”, donde la edad de los personajes sigue siendo un referente a través del tiempo.

El cubano Leonardo Padura (1955) (5), en sus particulares novelas negras, como La transparencia del tiempo, también se apunta a este recurso: Cuando terminaron el pre y se dispersaron por las distintas facultades universitarias, Conde siguió viendo a Bobby, ya con menos frecuencia” (p.19) y Cuando abandonó el auto de alquiler de recorrido prefijado, en la Séptima Avenida de Miramar, se supo equidistante de la costa y de la casa de Bobby” (p.49), donde en sendas estructuras cortas crea expectación en el posterior desarrollo de la novela.

Y, como último ejemplo, tomado al azar, igual que los anteriores, hablamos de la madrileña Almudena Grandes (1960) (6) en su última novela, La madre de Frankestein: Cuando el taxi se detuvo ante el portal de Gaztambide 21, sentí que me faltaba el aire” (p.21) y Cuando la clorpromazina empezó a dar resultados en los pacientes agudos, los que habían ingresado con brotes psicóticos o estados de ansiedad profunda, cuando empezaron a mejorar tan deprisa que ellos mismos me contaban cómo habían evolucionado sus síntomas, y comprendían lo mal que habían estado, y decidían que ya estaban en condiciones de volver a casa y hacer una vida normal, empecé a medicar al señor Friedli” (p. 27). Observamos claramente cómo algunos escribidores se atreven con dos subordinadas temporales en una larga oración compuesta, en la que hay casi de todo.

Los casos anteriores, que no son representativos de nada, no obedecen a ningún criterio específico. Y lo que les hemos presentado es un significativo patrón de la creación de expectativas, sin despreciar otros caminos, y el deseo de imprimir, en la mayoría de las ocasiones, un ritmo lento al relato. Ya sabemos que los lectores demandan, en bastantes ocasiones, que la historia se complete y se alargue debidamente con el fin de que la trama no quede suelta o pobre. Y tengo para mí que los casos expuestos, además, sirven como actividad a realizar por aquellas personas que desean escribir. En cualquier caso, esto no pretende ser una solución de nada y, menos aún, intentar descubrir lo obvio. Solo es un conjunto de subordinadas de tiempo que, quizás, sirvan para hacerles despertar la imaginación escondida entre tanta pantalla y, así, llegar al tropiezo que supone escribir.

Desprenden las subordinadas seleccionadas un aroma que atrapa las sombras de la imaginación (representadas por el misterio y el realismo mágico en el que el espacio se desvanece en miradas nuevas (García Márquez); o la dualidad entre la guerra y la vida personal y la doble vertiente de la pareja que intenta abrirse paso ante una familia en contra (Vera Brittain); o bien otra derivación de la tradicional caza de animales, donde la condición de la mujer queda degradada, y del descanso intelectual ante un tablero de ajedrez (Stefan Zweig); o dejar bien claro la diferencia de edad entre las parejas y los pensamientos de los personajes y sus pareceres (Anthony Trollope); o el futuro que invita al cambio y el alejamiento social (Leonardo Padura); y, por último, Almudena Grandes nos habla de sensaciones y, también, se hace eco de la doble subordinación temporal, donde el relato adquiere la pachorra narrativa del ritmo lento) y, también, los diversos matices expresivos que dejan constancia clara de la maestría de los escritores.

El lector avezado será capaz de escuchar la música sintáctica, como si un contrapunto fuera, de los ejemplos presentados y, a la vez, apreciará la tonalidad de colores de los distintos resultados.

¡¡Y últimamente reconozco que no hago más que tropezarme con las subordinadas adverbiales de tiempo!!

Debe ser su ídem.


NOTAS BIBLIOGRÁFICAS:

Gabriel García Márquez, CIEN AÑOS DE SOLEDAD, Plaza&Janés, Barcelona, 1975.
Vera Brittain, TESTIMONIO DE JUVENTUD, Periférica&Errata naturae, Madrid, 2019.
Stefan Zweig, NOVELAS, Acantilado, Barcelona, 2012.
Anthony Trollope, EL MUNDO EN QUE VIVIMOS, Ático de los libros, Barcelona, 2019.
Leonardo Padura, LA TRANSPARENCIA DEL TIEMPO, Tusquets Editores, Barcelona, 2018.
Almudena Grandes, LA MADRE DE FRANKESTEIN, Tusquets Editores, Barcelona, 2020.
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2 comentarios

  • Marcelo Jueves, 16 Julio 2020 16:18 Enlace al Comentario

    Coincido plenamente con el profesor Nicolás Guerra en su valoración de este magnífico artículo de Juan Ferrera. Efectivamente, nos enfrentamos más que a un simple manejo del verbo, a todo un ejemplo de maestría cuyas señas de identidad son el conocimiento, siempre útil y necesario, y la creatividad, que es la que le añade,indiscutiblemente, valor literario.
    ¡Me rindo ante su talento, sr.Ferrera!

  • nicolás guerra aguiar Miércoles, 08 Julio 2020 17:07 Enlace al Comentario

    Extraordinaria clase, profesor Ferrera. Impecable y de rigor, como la propia Ciencia. "Cráneo privilegiado" al decir de Valle - Inclán. Y además sin alardes de intelectualidad tan de moda... en ciertos cerebros profesorales, como si la ostentación fuera lo esencial. Mis felicitaciones.

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