Cuarentena

Las consecuencias de la pandemia, de un modo u otro, incrementan su presencia. En España, con una enorme dependencia del turismo, se tornan insostenibles. Si en la anterior crisis fue la construcción, ahora se trata del sector turístico quien sufre el varapalo por su enorme dependencia de los movimientos de personas. Son los vectores principales del virus y, claro, quienes sufren la infección. En ambos casos, las consecuencias repercuten en la economía. Queda todo sujeto a los movimientos de otros países, a las decisiones que se adopten, sean o no acertadas. Al final da igual, lo importante será el efecto. Este implica una hecatombe monumental, que afecta a un gran número de personas, ya por su incidencia directa ya por la indirecta. Basta con leer, o escuchar, las cifras de la EPA, o la información obtenida del SEPE, para concluir en ello. En esta ocasión, a pesar de todo, los efectos perversos sobre las personas se han logrado minimizar —cierto que no en todos los casos— con los ERTE. No obstante, estos no se pueden eternizar. Su mantenimiento, si bien es necesario, supone un indicador evidente del parón económico.

leonilo2020De la incidencia del turismo en el PIB de España, no habrá que incidir demasiado. La paulatina desindustrialización junto a la desafortunada situación del sector agrícola, presentan un escenario perfecto para que se dé aquello. Con ello, los perversos efectos sobre la población empleada en ese sector y, a continuación, con quienes a pesar de no estarlo presentan una dependencia de aquel. Las decisiones adoptadas por los países emisores de turismo con destino a España, no viene sino a incidir en el ya frágil equilibrio al que se veía sometido el sector. Nada nuevo se aporta si recordamos por la situación agónica que pasaron los establecimientos hoteleros y extrahoteleros durante el periodo de confinamiento. Todo el sector, y los establecimientos afectos al mismo, permaneció con el cierre echado. En muchos casos, quizá la mayoría, con el necesario mantenimiento de las instalaciones. Tareas que tenían como objetivo lograr su apertura en cuanto la situación lo permitiese. Llegó el momento, y las incorporaciones se fueron produciendo de modo escalonado. En una primera fase el turismo nacional y local para que, en la siguiente, lo hiciese el foráneo. Dependiendo, siempre fue así, de las comunicaciones establecidas. Lo que en fechas algo recientes han denominado la conectividad, en el ámbito de las comunicaciones marítimas y aéreas.

La maquinaria, lenta pero segura, comenzó de nuevo a funcionar. Con las fases ya anotadas, se fueron incorporando quienes prestan sus servicios en los citados establecimientos y, en idéntica medida, quienes demanda de tales servicios. Todo parecía ir en consonancia. Mientras, con una menguada ocupación, se iban agregando los primeros, hicieron lo propio los segundos. Todo iba bien, hasta que comenzaron a producirse las decisiones referidas. Si a quienes, con tiempo tasado, se les impone al regreso una cuarentena, difícilmente optarán por viajar hacia los países objeto de la misma. Así ha ido sucediendo, con la consecuente incidencia negativa en el sector turístico. Muchas fueron las voces que se alzaron, otros tantos los argumentos esgrimidos, para acabar en casi todas las ocasiones con el mismo resultado: quienes viajasen de vacaciones a determinados destinos, se verían abocados a un periodo de cuarentena al regreso a su país de origen. Si alguien tuvo dudas, se las disiparon por la fuerza de los hechos. Tales no son otros, que la obligada cuarentena. Explicaciones se han dado múltiples y variadas, entre ellas, la que escuché a una ciudadana de origen inglés aunque con residencia habitual en España. Según ella, la decisión está basada en los precios de los vuelos a España y la necesidad en los países de origen, de mantener al turismo local. Por el mismo motivo, la reactivación del sector en aquellos. No sé si es así o no, aunque sí resulta plausible. A los bajos precios de los vuelos, también habrá que añadir el valor de la libra frente al euro. Cómo, en tales circunstancias, se evita una salida más o menos masiva de turismo: incorporando una cuarentena disuasoria.

La desgraciada situación mantiene un hilván con la economía. Al final no hay más. Se trata de una fuente de ingresos, no solo por su procedencia exterior, —que también— sino por situación en que se encuentra el sector turístico en este momento. El sector y quienes prestan sus servicios y, de modo indirecto, a quienes tienen en el turismo un foco de negocio en sus empresas. Léase la restauración, el sector cultural, las empresas de transporte, etc. Todas y cada una de ellas, verán afectadas sus cuentas de resultado por la ingrata cuarentena. De cualquier modo, poco he escuchado de la enorme dependencia que del sector turístico y la necesidad de adoptar decisiones conducentes a la introducción de otras alternativas capaces de responder de modo rápido y eficaz frente a situaciones como la generada por la pandemia. A ver si es cierto, lo de salir cambiados de esta, o lo tenemos de momento en cuarentena.

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