El tiempo interior

juanferreragil2020Consideraba Henri Bergson (1859-1941), filósofo francés, que “el tiempo real era el tiempo interior”. Y, ahora, en estos tiempos pandémicos, creemos, modestamente, que ese tiempo interior que llevamos dentro y se prolonga más allá de la mirada detenida, está lleno de instantes pasados, acaso, convertidos en momentos únicos.

Durante las semanas de confinamiento impuesto, el tiempo transcurrió de manera diferente, diríamos que de forma casi forzada debido a una epidemia que solo creíamos posible en los libros de ciencia ficción que nunca llegábamos a leer. Y en el camino asincopado descubrimos nuevos espacios o rincones de la casa a los que antes apenas habíamos prestado atención.

la escalera de entrada se ha transformado en las tardes frescas en un nuevo rincón de lectura

Así, la escalera de entrada, la azotea, el garaje e incluso la acera sirvieron, y sirven, de lugar expansivo y abierto a una mirada nueva: la escalera de entrada se ha transformado en las tardes frescas en un nuevo rincón de lectura; la azotea ha pasado a ser un solárium; el garaje, un gimnasio y la acera, una frontera que no debemos traspasar más que en significadas ocasiones.

El tiempo interior fue marcando la pauta: ora en un sitio, ora en otro. Y en el tiempo real de las insistentes noticias de contagios y muertes no nos dejaban vivir: no cabe duda de que el “exceso de desinformación” destruye toda manera de pensar y se lleva por delante la capacidad crítica y reflexiva. Sin embargo, gracias a las palabras encerradas en los libros que llenaron el encierro, conseguimos pasear por el siglo XIX, unas veces, y otras, por el XX. Y, en el recogimiento obligado, logramos adivinar tiempos pasados de dolor y esperanza. Ya ven, hemos caído en la cuenta de que “esperanza” y “palabra” vienen a ser la misma cosa.

Y, atrapados en las distintas y sugerentes lecturas, comprendimos mejor la propuesta de Bergson: efectivamente, el tiempo interior es otra cosa.

el “exceso de desinformación” destruye toda manera de pensar y se lleva por delante la capacidad crítica y reflexiva.

En enero de 2009, escribía Manuel Vicent en EL PAÍS que “el tiempo no existe. El tiempo solo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan de prisa cuando a uno ya no le pasa nada”. Y tengo para mí que ambas opiniones son coincidentes: cuando nos pasan cosas, el único tiempo real es el interior, ese que sentimos desde las profundidades de la imaginación y el pensamiento. Otrosí, el escritor Andrés Ibáñez decía hace ya algún tiempo en el ABC CULTURAL que “nunca he entendido muy bien el tiempo. Lo entiendo de una forma intelectual, pero mis sensaciones temporales son singularmente vagas.

Farola

Nunca sé si una cosa ha pasado hace dos meses o dos años”. Y esta reflexión se encuentra arraigada en la sociedad de hoy: no hay más que echar un vistazo para comprobar cómo la información política, por ejemplo, pasada se nos distancia en el tiempo, aunque haya transcurrido apenas quince días o un mes atrás. Todo, o casi, nos resulta vertiginoso y cada día y cada hecho se convierte en “histórico”, adjetivo desnaturalizado, pues confirma que algunos dirigentes políticos sostienen una idea hoy y, al cabo de una semana, la contraria. Y nosotros, los anónimos ciudadanos, ni siquiera nos llegamos a percatar del todo del disparate dicho. ¡¡Son tantos que ya ni los percibimos!!

En definitiva, el tiempo era esto y no nos habíamos dado cuenta. Y, así, en ese despiste, estamos viviendo momentos raros y duros, donde la salud resquebrajada se lleva por delante la economía, que es lo mismo que decir “el puesto de trabajo”.

Necesitamos tiempo para que el sendero vuelva a su verdadero cauce, por donde discurre, ordenadamente, el barranco.

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