Roquenegro

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Esbelto, airoso, testigo de erosión que se alza en el Monte Constantino, a la cabecera del Barranco Crespo, Roquenegro mira al fondo con toda la expresividad de su cara delineada en la piedra. 

Al fondo, en los Riscos de Chapín, encandilados por el sol, ve caras diversas, otras bocas y otros ojos que la montaña encierra en sus oquedades.

-¡Qué guapo! ¡Se sale!

Estábamos viendo fotos en la pantalla del ordenador, como un pase de diapositivas, cuando apareció la imagen que encabeza este reportaje: la fornida figura de un roque ubicado en La Culata de Tejeda, a la sombra del Nublo.

-El Roque Tieso –saltó uno de mis amigos.
-El Risco Empalmao, replicó otro, soltando una risita picarona.
-Vamos a dejarlo en erecto, El Erectión, –intervino ahora una amiga, mediando entre las dos acepciones anteriores.

Les miré con cariño y alegué, no sin picardía, que a mí me parecía bien cualquiera de aquellos nombres para dar título a este artículo y que había elegido el que le puse por el color, dado éste por la lava de la que está formado. También había pensado en Roquepreto, ya que “preto” significa negro en portugués, o en Rocallón, en recuerdo del Farallón.
-De todas maneras –añadí, señalando con un lápiz la silueta que yo percibía–, lo que realmente me llama la atención es su perfil, pues se adivinan los rasgos de una cara humana, como bien supo ver quien sacó la fotografía, mi amigo Ignacio, que no deja de sorprendernos con ese ojo que tiene para captar buenas imágenes.

Continué diciendo que otro amigo mío, Antonio Juan, vio exactamente la misma cara y, con unos cuantos trazos, de manera magistral, lo dejó bien patente:

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Ahora, Roquenegro, tal vez un antiguo habitante de la zona que los siglos han petrificado, con ojo, nariz y boca, en todo su esplendor, contempla atento el mundo que le rodea y ve con más claridad otras caras y ojos y bocas en los riscos que tiene enfrente, lo cual hace que se sienta acompañado.

Quizás por ello, lozano, gallardo, se eleva hacia el cielo no sólo como testigo de erosión sino como testigo del tiempo en el que ha transcurrido su vida. Una larga vida, durante la cual tal vez haya sentido el eco de las transformaciones que se han producido en este mundo nuestro tan incierto.

Texto: Quico Espino
Foto: Ignacio A. Roque Lugo. 
Retoque fotográfico: Antonio Juan Valencia Moreno

 

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