Leonardo Padura: donde los pensamientos solitarios

juanferreraagosto2020La última novela de Leonardo Padura, Como polvo en el viento, (Tusquets Editores, Barcelona, 2020) viene a confirmar que el escritor cubano, como perfecto conocedor del alma humana, es capaz de mostrar, con un lenguaje claro y sencillo, toda una trama engarzada en una estructura muy elaborada y perfecta.

Por eso los personajes, que encarnan vidas propias, individuales, con sus contradicciones, esperanzas e ilusiones, nos llegan desde “los pensamientos solitarios”, donde establecen palabras a la vez que piensan otras; ya se sabe, la vida misma. Así, en determinados momentos, como experto en la materia, anticipa lo que después se sustanciará. Y de esa manera los lectores nos vamos adentrando en una historia donde “los componentes del Clan” se muestran con sus manías, obsesiones y variadísimas visiones de la misma realidad. El desarrollo del relato va tomando forma sin poder imaginar siquiera cómo será el siguiente paso y, así, vamos pausando la lectura al encontrarnos gratamente “en un sinvivir” del que no queremos apartarnos. Mientras quede por leer, los personajes seguirán vivos en la terraza, en la azotea, en la escalera de entrada y, por supuesto, al sentir el cansado día en la almohada.

Podríamos calificar su estilo de directo, llano y natural, como si el ejercicio de escribir fuera una actividad que apenas costara trabajo; pero ya se sabe que son necesarias muchas horas delante del folio o pantalla para alcanzar “la sencillez expresiva”. El resultado se traduce en que nos sentimos dulcemente aprisionados en sus páginas y este lector agradece, sobre todo, que no sea una novela negra: “para gustos, colores”.

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Los diálogos, eminentemente cubanos, con la cadencia propia del Caribe, se acercan en ocasiones a nuestras expresiones canarias: ¿Y a ti quién coño te dio vela en este entierro?” (pág. 163) o “Yo más nunca voy a decir nada” (pág. 198). Este recurso viene a confirmar el deseo de ofrecernos unos personajes reales y vivos, y, sobre todo, quiere dejar bien claro la dificultad que encierran las relaciones personales. Y, en consecuencia, con un lenguaje sin florituras, los amigos retratados en la fotografía se visualizan clara y nítidamente. Así que la maestría de contar hace tiempo que el autor de La transparencia del tiempo nos la ha regalado; sin embargo, tengo para mí que como tiene los pies en el suelo, lugar sólido y firme, es capaz de levantar la mirada y expandirla en su cielo imaginativo, donde cada palabra tiene su aquel y, además, suma y sirve para alumbrar la siguiente. De ahí que Como polvo en el viento haya necesitado más de 600 páginas, que se esfuman en un abrir y cerrar de ojos, para poder conformar un relato verosímil, sincero y auténtico.

La tensión narrativa adquiere la velocidad de un turístico y tranquilo crucero, cuya estela deviene en una delicada tela de araña en la que cada uno de los personajes “teje” una manera de ser, vivir y sentir.

Cuando se verifica la anticipación no solo confluyen los puntos de vista de los personajes sino que nunca es como habíamos imaginado. Por eso sus palabras resultan tan efectivas. Además, el rompimiento “del Clan”, con la extraña desaparición de Elisa, va acorde con el descalabro económico cubano en 1990, que dio paso a un Período Especial, eufemismo que esconde crisis, hambre, economía destruida y final inesperado en resultados y tiempo (pág. 206). Y echa mano el autor de la ironía en esa demolición económica: “Clara ganaba dos pollos al mes” (pág. 208).

Y, en otro sentido y en lo más hondo, “el miedo y el deseo de vivir sin miedo” (pág. 216).

La tensión narrativa adquiere la velocidad de un turístico y tranquilo crucero, cuya estela deviene en una delicada tela de araña en la que cada uno de los personajes “teje” una manera de ser, vivir y sentir. Y el tiempo narrativo, con delicados y medidos saltos, extiende sus ramas como si fuera un gran árbol que, en su sombra, matiza la vida entera: el sentirse vigilado provoca una angustia constante en una isla que muestra su verdadera naturaleza. La cárcel rodeada de agua, al pasar por diversas etapas, infunde carácter y desilusión. Y mientras se desgranan las distintas vidas “del Clan”, la historia, paulatinamente, se va ampliando en un mar existencial único.

La extraña y contradictoria Elisa/Loreto sirve de contrapunto al resto de sus amigos y su comportamiento, una vida de la que huye constantemente por diversos lugares, ansiando, acaso, el edén perdido, va desgajando retazos de una existencia solitaria e individual que esconde a los demás; incluso a su propia hija, Adela. La novela, en su continuo movimiento, supera el espacio que ofrece la isla cubana, donde el mar pasa a encarnar la libertad y el deseo íntimo de vivir y ser, sin temor a nada ni a nadie. Al mismo tiempo, es un barrote más de una cárcel anclada en las normas, en la burocracia, en las infinitas gestiones que impiden, sobre todo, salir y respirar. Y el deseo íntimo de los personajes por encontrar un futuro que, al menos por una vez, no sea tan incierto ni se esconda en consignas eufemísticas oficiales, que funcionan como sempiternos mensajes publicitarios.

Leonardo Padura ha creado una novela extraordinaria como si fuese un recorrido marcado en el suelo: valle, cima con cráter, transitable, por supuesto, y descenso, de manera escalonada y suave, con la mirada en el mar que se adivina en el horizonte.

La aglutinadora de todo el grupo es, indudablemente, Clara, y cada vez que celebra un nuevo cumpleaños convierte en otra vuelta de tuerca la realidad que define a ese mundo cubano que Leonardo Padura ha puesto a nuestra disposición. Sin embargo, más allá de las actitudes, comportamientos y contradicciones “del Clan”, subyace, quizás, la verdadera intención del autor: la certeza de un mundo sostenido desde la falsedad y el engaño en un futuro que nunca llega y, si llega, siempre ocurre fuera de la isla. Y es significativo que todos los espacios de la novela, múltiples, por cierto, confluyan, inevitablemente, en la casa de Clara, en Fontanar. Allí, verdadero imán espacial, se alojan todas las vidas “del Clan”, que incluyen sus distintos exilios, interiores y exteriores.

Leonardo Padura ha creado una novela extraordinaria como si fuese un recorrido marcado en el suelo: valle, cima con cráter, transitable, por supuesto, y descenso, de manera escalonada y suave, con la mirada en el mar que se adivina en el horizonte. Nos lleva de paseo por el relato, nos zarandea de vez en cuando y luego nos deposita en un final de trayecto de tranquilo aterrizaje, que viene a ser como atracar en un puerto desde el que podríamos abordar una nueva singladura. Este “meneo” que nos propone el escritor cubano indica que, como dijimos anteriormente, estamos ante un maestro en el arte de contar y, además, es consciente de que sus palabras van a resonar en nuestra mente tiempo después de acabada la lectura. Por eso se ha comportado como un guía que nos ha subido y bajado de la montaña con la misma naturalidad del que mira, pasea, charla y regresa, después, a su casa.

Yo no sé si ha sido por este segundo confinamiento autoimpuesto o el rechazo a la mascarilla constante y omnipresente, pero esta última, de momento, novela de Leonardo Padura, me ha llevado de viaje por el mundo, incluso convencido estoy de que he coincidido con algunos personajes en Madrid y en Florencia. Y eso, además de un milagro, es una prueba evidente de que los escritores son muy necesarios; imprescindibles, diría yo.

Y, aún hoy, transcurrida ya una semana de su lectura, me impide afrontar un nuevo libro. Y eso sucede en contadas ocasiones. Todavía están muy vivos los personajes de Como polvo en el viento…

... ¡¡donde los pensamientos solitarios!! …

Actualizado el Miércoles, 23 Septiembre 2020 01:24 horas.

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