Ventanas

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Un gran ventanal, a través del cual entramos en el inescrutable universo, me pareció el cachito de cielo que se divisaba desde el otro lado del camino. El batir de las olas se me antojó como el latido del mar y del cielo, el pulso de la naturaleza, y, un tanto sobrecogido, sentí que mi corazón palpitaba al mismo ritmo que el mundo que nos acoge en su seno.

Me encantó la sensación. Aunque sé que soy insignificante ante la inmensidad de este universo en el que giramos, me sentí parte integrante de todo.

Como símbolos de libertad he visto siempre a las ventanas abiertas, como una invitación para salir a conocer otras latitudes, gente nueva, culturas distintas, otras experiencias.

Me resultan seductoras incluso cuando están desvencijadas, estado en el que se encuentra la que aparece en la foto siguiente:

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Surrealista se me antoja la imagen con ese árbol plateado, que trae un halo de vida a la casa en ruinas y cuya savia late aún en sus ramas, al compás de la tierra.

A ese mismo ritmo, en calma, laten tal vez los corazones de la pareja de felinos que reposan en el alfeizar de una ventana enrejada. Cuando los vi se estaban relamiendo los hocicos con total fruición, pero dejaron aquel descoco tan pronto me miraron.

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Me recordaron a las antiguas parejas que moceaban a través de una ventana con rejas, bajo la atenta mirada de la madre de ella, que no les quitaba ojo. Seguro que habría puesto el grito en el cielo de haberlos visto haciendo lo mismo que los gatos, antes de que me acercara a ellos.

Silba el viento en el barranco. Entra por la ventana el aleteo de las palmeras y el canto de los pájaros, que atenúan el murmullo del hilo de agua que baja hasta la playa.

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Se está poniendo el sol.

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El cuchicheo de las pardelas anuncia la noche. Junto al rumor de las olas, se cuela por la ventana y se aleja mar adentro, hacia el horizonte.

Luego se escapa por ese trocito de cielo naranja y dorado, que está a punto de ser engullido por las nubes grises.

Se abre entero el universo, como una inmensa ventana con vistas al infinito, tras ese segmento de cielo colorido. Giran y vibran billones de cuerpos celestes en un firmamento en expansión, cada uno con su propio latido.

Me cuesta imaginarlo. Pero no me resulta complicado, aunque sé que es una utopía, imaginar los corazones de todo el mundo palpitando al compás del universo, de sus planetas, estrellas y galaxias.

Todos latiendo al unísono para cantar a la vida.

Texto: Quico Espino
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo, Gabriella Rossi y Quico Espino
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