Desfile multirracial

bahisardinaignacioSiempre me he engañado a mismo pretendiendo creer que la hospitalidad es una cualidad que todo ser humano lleva en su interior, como algo que nace en la persona, de carácter congénito, no aprendido.

A mí me enseñaron a ser hospitalario. Lo era la mayoría de la gente entre la que se encontraba mi familia, todos igual de pobres y humildes, y siempre se daban situaciones en las que la hospitalidad se manifestaba de manera natural.

Convivíamos todos. Las casas estaban abiertas, lo más una aldaba en la puerta, y el trueque de un plato de higos por otro de lo que fuera era muy habitual. Yo saqué cientos de baldes de agua del aljibe de mi casa para los vecinos que no tenían pozo. A mi madre le llevaban papas, plátanos, gofio… y a mí me daban golosinas cuando pasaba por sus casas.

El caso es que, por ser hospitalario, y también por curioso, la verdad, me llevé una buena sorpresa el año pasado por estas fechas.

Me estaba dando unos chapuzones en el muelle del Ancla cuando vi entrar a dos veleros en la bahía de Sardina. El cielo azul, de nubes salpicado, se fue dorando poco a poco con los últimos ramalazos del sol.

Una vez anclados los barcos, vi salir dos zodiacs que cruzaron el brazo de mar planchada que nos separaba. Al acercarse a puerto me sorprendieron las caras de los jóvenes visitantes, que venían muy alegres, hablando y riendo. Uno de ellos cantaba “Questa piccolissima serenata” con acento siciliano; otro, con pinta escandinava, bailaba mientras dirigía el timón de una de las lanchas.

Me ofrecí a echarles una mano cuando atracaron y me gustó el desfile multirracial que fue pasando ante mí: una chica color ébano, súper exótica, cuyos ojos verdes me impresionaron (más tarde me diría que era hija de un hombre de Guinea Ecuatorial y una mujer sueca); un japonés alto y robusto que se llamaba Yun; una mejicana con rasgos aztecas que me preguntó dónde había un bar de tapas, no más; un indio amerindio de Canadá; una joven inglesa, otra de nueva Zelanda con semblante maorí, y un brasileño que se parecía a Carlinhos Brown, todos sonrientes y dedicándome gestos de agradecimiento.

Como estaba allí mismo, y me gustó la mini ONU que formábamos, les llevé a la terraza del Ancla, y ellos, muy amables, después de pedir vino y comida, me invitaron a sentar a la mesa. Acepté, por supuesto, dichoso de verme rodeado de jóvenes de entre veinte y treinta años, de tan diversos mundos, que se habían reunido para navegar juntos por los mares.

El vino les soltó la lengua y yo, como espectador, me quedé maravillado con las historias y aventuras que contaron, quitándose la palabra de la boca, todos hablando en inglés. Y a mí, que me gusta más hablar que comer, me tenían que mandar a callar y, aparte de parte de mi vida, terminé contándoles hasta chistes verdes.

Eran casi las diez de la noche cuando se subieron de nuevo a las lanchas para volver a los veleros, alegres, cantándole a la luna llena, que ya empezaba a menguar. Me invitaron a ir con ellos, a pasar la noche en uno de los barcos, y yo, de cachondeo, haciéndoles reír a carcajadas, les respondí que prefería dormir en tierra firme, a no ser que fueran a hacer una orgía, conmigo como centro de atención.

Sus risas se confundieron con el rumor de la olas.

Texto: Quico Espino
Foto: Ignacio A. Roque Lugo
Actualizado el Domingo, 22 Noviembre 2020 11:39 horas.

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