Psicografías. El caos y la incertidumbre

SANTIAGO GIL TXEFE BETANCORpequeEn la vida aprendemos, nos equivocamos, amamos, nos sorprendemos, viajamos o nos aburrimos. Conjugamos verbos como pasamos días en los almanaques, y entramos y salimos al escenario sin saber lo que había antes de pasar a la escena y sin saber qué nos vamos a encontrar cuando regresemos a la tramoya una vez acabe el sueño. Todo eso, además, lo vamos transitando con una curiosa herencia atávica y genética que ni nos desespera ni nos mueve a tirar piedras al cielo para que alguien nos cuente el secreto de la existencia. Eso sí, en lo que dura la representación, mientras respiramos y somos conscientes de nuestros pasos y de nuestras palabras, sí pedimos intensidad, emoción y belleza, y el azar nos regala esas emociones de vez en cuando, y está bien, porque también sabemos que las emociones nos elevan y nos bajan luego de los cielos, que todo es transitorio y que aprendemos a aceptar a medida que vamos sumando años y experiencias.

La vida, por tanto, es siempre una incertidumbre, un camino inescrutable que solo vas conociendo cuando avanzas, y también una sucesión de circunstancias que te cambian el guion de la noche a la mañana. La Covid 19 es una de esas circunstancias que, de repente, nos ha trastocado todos los planes: los nuestros, los del vecino, los de los países y los de los continentes, un caos, y por supuesto una incertidumbre que nos desnuda, nos muestra efímeros e impotentes, y nos quita toda esa altanería eterna con la que a veces nos confundimos en las subidas y en los éxitos.

Y lo que sucede con la Covid lo han vivido antes quienes nos precedieron, con pandemias más graves y letales, pero nunca con esta capacidad que tenemos ahora para extender el bicho de una punta a otra del planeta. Por ello, la salida ya no es solo una responsabilidad nuestra, y ahí está el problema que tenemos ahora mismo. Basta un mandatario irresponsable en cualquier país para que todo se descontrole y se enloquezca, y basta que nuestros vecinos sean unos irresponsables y unos sinvergüenzas sin empatía y sin responsabilidad para que esa incertidumbre nos lleve a un caos de incalculables consecuencias. Hemos asistido, como espectadores, ya no como protagonistas, a la llegada de hordas descontroladas que, aun sabiendo que pueden extender el virus y sembrar la enfermedad y la muerte, se pavonean, chulos y arrogantes, y se mueven llevando la Covid de una calle a otra de nuestras ciudades. Todo les da igual, la muerte que llevarán a muchas casas y el colapso de una economía que no está en condiciones de soportar otro confinamiento masivo y duradero. Bastaba el sentido común para controlar la pandemia, por lo menos en las islas, y el sentido común se ha tornado en un sentido de vergüenza ajena, de fracaso absoluto como sociedad, de tener claro que si no atajamos esa ignorancia chulesca y canalla, no tendremos futuro alguno, ni ahora ni si aparece la vacuna de la Covid o el virus se va por donde mismo ha venido.

Ya no depende cada uno de sí mismo para sobrevivir y para plantear un futuro más o menos habitable. La responsabilidad es de todos, y ellos están poniendo en juego todos nuestros destinos. A largo plazo solo nos vale la educación y la paciencia, retomar los valores olvidados; pero a corto plazo tenemos que controlarlos como se controla a los convictos o a los conductores suicidas. No podemos dejar que se salgan con la suya ni reírles más las gracias. Lo que está en juego son nuestras vidas y las vidas de todos los que queremos. De momento seguimos en el escenario de la existencia, pero cada vez más al borde del precipicio, más cerca de una caída en el foso que dé una vuelta a la escena de la vida. Este teatro, que siempre ha sido misterioso en sus finales y en sus principios, se está volviendo ahora peligrosamente previsible. Ya no importa lo que sucederá cuando entreguemos el equipo, lo que nos preocupa ahora es la supervivencia colectiva y que el mundo no viva un suicidio masivo por culpa de todas esas hordas de bárbaros inconscientes que están sembrando el caos en la incertidumbre, y el caos y la incertidumbre, si se juntan, solo conducen al abismo y al desastre.

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