Psicografías. Los cinco minutos

SANTIAGO GIL TXEFE BETANCORpequeLa vida, cantaba Víctor Jara, es eterna en cinco minutos, pero también la muerte y la malandanza, y los desagradecidos y desalmados se aparecen en España cada cinco minutos, que es ahora mismo el promedio de tiempo en que se abandona un perro en nuestro país, uno cada cinco minutos, trescientos perros al día que, de la noche a la mañana, se quedan sin casa y sin cuidados y deambulan desorientados por nuestras calles y nuestros campos, con esa mirada que a mí por lo menos me descompone el alma.

Llevábamos años de abandonos, sobre todo cuando crecen los perros que se regalan en navidades o cuando llega el verano y no se cuenta con el destino del ser que, posiblemente, tenga más sentimientos y ofrezca más lealtad en cada casa. Tengo perro y he tenido perros muchos años. El que tengo ahora lo adopté maltratado y desnutrido en una perrera hace doce años. Yo le salvé la vida y les aseguro que él luego me la ha salvado a mí muchas veces con sus miradas, sus silencios solidarios y con su presencia siempre cercana. Nunca pude entender cómo alguien puede hacer daño a un perro: quien maltrata a un perro maltrataría también a un ser humano. No hay corazón. Por tanto este país sigue siendo un país con mucha gente sin corazón y sin empatía, y si analizáramos eso a lo mejor podríamos entender lo que está ocurriendo ahora mismo, por qué están enfrentados unos contra otros, por qué se insultan y se zahieren a todas horas. Y además explican que esas cifras de abandono tienen mucho que ver con los días del confinamiento, cuando mucha gente se acercó a las perreras a adoptar perros solo para salir a la calle varias veces al día. No hemos aprendido mucho, aunque es verdad que estamos mejor que hace cuarenta o cincuenta años y que hay muchas personas que se han vuelto más humanas después de haber convivido con un perro: los que han tenido esa suerte saben de lo que hablo, y a los que no conocen ese tránsito, ese cruce de miradas en donde la ternura y los atavismos se encuentran en el tiempo, les recomiendo que se aventuren antes de que acaben sus vidas y dejen inédita esa historia tan necesaria y tan reconfortante, sobre todo si hay niños cerca que puedan aprehender esa enseñanza.

He recogido perros abandonados, y me ha costado conseguir que confíen de nuevo en nosotros. Me destroza el alma sus miradas de pena, de miedo y de incomprensión hacia la ingratitud de quienes los sueltan en una autopista o en una ciudad en la que no reconocen ningún olor para orientarse. Sumen el número de españoles que cada día abandonan perros y resten por tanto las posibilidades que tenemos de salir adelante. No es solo la educación lo que nos salvaría de esta desastrosa sociedad que estamos creando entre todos. Si queremos tener algún futuro también precisamos de personas con buenos sentimientos y con capacidad para ponerse siempre en el lugar del otro: de un ser humano, de un perro o de todos esos pájaros que, desde que salimos de nuevo, han silenciado sus cantos mañaneros en las ciudades. Nos queda mucho camino por recorrer. Seré optimista a carta cabal hasta el último de mis días, pero un país que apenas lee -porque digan lo que digan casi no se lee- y que no cuida y respeta a sus animales es un país a la deriva, más cerca del tercermundismo que de una civilizada convivencia desde la que empezar a construir un mundo mejor antes de que sea demasiado tarde.

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