La vacuna

leonilomolina2021En los tiempos que corren, referirse vacunas solo tiene una significación: las diseñadas para luchar contra la COVID – 19. La primera, la que ya se administra, suscita también en el debate político. Surcando lo cotidiano, en dimes y diretes de aquel, se refleja la mendacidad que gravita. No es que la vacuna, ni la pandemia, ni cosa alguna en particular tenga la suficiente entidad como para generar controversia. La controversia en estos casos no es el efecto, sino la causa. Siempre es válido cualquier motivo para generarla, porque es en sí lo que construye el actual debate político, carente de fundados discursos y dados a la más insoportable de las mediocridades. La realidad que nos asola es así de cruel, y no me refiero a los efectos de la pandemia (que no con ello quiero restar importancia), sino al continuado dislate del ámbito de la política, entendida como la séptima entrada del DRAE: Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.

Como siempre, desde que alguien decidió que podría ser útil para los objetivos perseguidos, surgen también en esta ocasión las palabras —siempre doctas— de la que se postula como lideresa del PP de la comunidad de Madrid. Aprovechando la oportunidad de la presentación como candidato a la Generalitat de Salvador Illa, lo tildó de «ministro a la fuga», a la vez que pide más vacunas y abre la puerta a la sanidad privada para su administración. Éxito el suyo, una vez más, al meter barullo que evite se observe su desastre, su incapacidad para la gestión eficaz de los recursos públicos. No, no me estoy refiriendo a ese carísimo hospital de pandemias, sino a su ineptitud para administrarla. De todos modos, cómo va ella a perder la oportunidad de deslucir a su inmediato competidor; sí, a ese me refiero, al que bailaba con Andrea Levy y los Reyes Magos. De eso se trata quizá, en opinión de ellos, la acción política.

También en este caso se reproduce la sempiterna pugna política. Ahora, por el ritmo de las vacunaciones. Las cifras, como a nadie se le esconde, son las constante en la pandemia. Importan no por intentar modificarlas, en uno u otro sentido, aminorando los efectos. En absoluto, el motivo no es otro que el de hacer un uso espurio de las mismas. Denigrar al oponente político, dando a entender una mayor eficacia. En otras palabras, es un: nosotros lo habríamos gestionado mucho mejor. Quizá, de todo hay, habrá quienes compren el discurso. Sobre todo, quienes con una escasa memoria hayan olvidado la gestión que llevaron a cabo durante la crisis del pasado reciente, la que hizo que explotase la burbuja fruto de la política sobre el territorio de uno de sus próceres. Aquel señor que nos habló de las armas de destrucción masiva en Iraq, recordarán.

Rotura de stock en Extremadura de ahí que retrasaran la administración de la primera dosis. El motivo: garantizar que quienes recibieron la primera dosis pudiesen hacer lo propio con la segunda. De ahí que, como si de los alimentos en verano se tratase, la almacenaran para futura ocasiones. Esa es la respuesta a la falta de eficacia, la realidad no sé cuál será. En cualquier caso, aún sin producirse, también la segunda dosis ha suscitado debate. Están quienes, con no demasiadas evidencias al respecto, defienden lo uno y lo contrario. Me refiero al periodo de tiempo entre la primera y segunda administración de la vacuna. Olvidan, que con esta vacuna se está —como sucede con la propia pandemia— en una permanente aplicación del ensayo-error. Quizá, dentro de algunos años, existirán las evidencias suficientes como para establecer el periodo de tiempo que habrá de mediar entre la primera y segunda dosis. Demos tiempo a quienes a ello dedican su esfuerzo, sin hacer uso del desconocimiento para arrojarlo contra el oponente político.

Ana Pastor, quien fuese ministra de Sanidad, también entra en la polémica. Interviene, cómo no, poniendo en evidencia lo contradictorio de su discurso. O lo que es lo mismo, la camaleónica facilidad para adecuarse a las circunstancias. Aunque en este caso pese más el argumentario. Sí, eso que la RAE define con excesiva consideración como: «Conjunto de los argumentos destinados principalmente a defender una opinión política determinada». Y me refiero a la excesiva consideración porque, cuando nos vamos a la entrada de argumento, refiere: «Razonamiento para probar o demostrar una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega». En el caso en cuestión, cualquier razonamiento huyo del contexto pues, mientras haciendo un seguimiento incondicional de su líder —de momento— defendió la postura de dar protagonismo a las administraciones autonómicas, es ahora la estatal la responsable de la administración de la vacuna. En concreto, del retraso palmario en las misma.

No es solo cuestión de la política española. También en los Países Bajos, hasta el otro día Holanda, suceden los retrasos en la administración de la vacuna. Extraña porque, eficaces hasta el hartazgo —al menos en el papel—, aleguen falta de previsión por las exigencias de la vacuna en lo que a su almacenamiento y transporte. Pensaron, exponen en su descargo, que la primera en ser aprobada era la de otro laboratorio, menos exigente en su manipulación. En resumidas cuentas, que también en esto de la vacuna como primero con la pandemia, coge con el pie cambiado a numerosas administraciones, con el resultado que se conoce en estos momentos. Este no es otro que la tardanza en la administración de la primera de las dosis. Esperemos, con la aparición de las otras vacunas, que con la variedad se alcancen objetivos y, poco a poco, se vaya logrando la inmunidad de la población con el consiguiente retroceso de los efectos de la pandemia. A ver si sucede, que falta está haciendo.

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