Lenguaje trumpista-supremacista

juanferreraagosto2020     Desde hace ya algún tiempo, un nuevo lenguaje se ha ido imponiendo en la vida diaria del mundo mundial: una nueva manera de expresarse que inventa la realidad, la recrea y la tergiversa; manifiesta una clara ignorancia (¡a sus representantes no les importa en absoluto!) y, al final, consigue, a través de diversas artimañas lingüísticas, convencer con sus post-verdades a una buena parte de la sociedad: lenguaje trumpista. O, si lo prefieren, supremacista.

     Con esta denominación abarcamos todos los desmanes verbales imaginables: las mentiras, los enfrentamientos inventados, las falsedades elaboradas, las expresiones irracionales, las vueltas de tuerca a las intervenciones oficiales (por ejemplo: si el gobierno propone una medida hasta la una de la madrugada; ellos, con su especial visión ultraperiférica, señalan que sea hasta la una y media: el objetivo, además de tocar las pelotas, consiste en transmitir la sensación de que hacen algo); asimismo, pretenden aprovecharse de los muertos por activa y por pasiva y, si fuera necesario, resucitarían, como ya han hecho, la época del terrorismo etarra: todo, todo, sirve para denigrar y contrarrestar la acción del gobierno central, que también mea fuera del tiesto, con un inmovilismo cierto que desborda y salpica fuera de la escupidera. Y, así, sin normas sintácticas a las que atenerse, este leguaje aspergeniano se va imponiendo y, junto a las diversas y disparatadas teorías de la conspiración que pululan por las redes sociales, transformadas éstas en callejones de palabrería hueca, la confusión crece, y la desafección también, y todo vale, incluido el “y tú más”. 

Este nuevo idioma, que cuenta con su propia gramática de la estupidez y de la mediocridad, maneja varios diccionarios: el de la ignorancia, el del espectáculo político, el de la sinrazón vulgarizada, el del reduccionismo bien entendido y uno nuevo referido a los disparates jamás imaginados

Y las supuestas opiniones se convierten en eslóganes cortos y repetitivos que se reproducen hasta el infinito y más allá. De nada servirán las preguntas parlamentarias al gobierno pues, diga lo que diga, el lenguaje trumpista-supremacista, envilecedor y malintencionado, sobresaldrá de las distintas gargantas profundas mientras disfrutan de sus “modestos” sueldos de oposición. Y ya tenemos la secuencia completa del postureo. Saben los manejadores de este idioma que hay tontos más tontos que ellos y que les creerán a pie juntillas, como debe ser: no hay que perder las raíces: los argumentarios serán elaborados por aprendices con míseros sueldos que, además, se mueven como peces en el agua en el proceloso mar de las redes sociales.     Trabas

Este nuevo idioma, que cuenta con su propia gramática de la estupidez y de la mediocridad, maneja varios diccionarios: el de la ignorancia, el del espectáculo político, el de la sinrazón vulgarizada, el del reduccionismo bien entendido y uno nuevo referido a los disparates jamás imaginados, con sonrisa de fondo mientras el otro, el contrario, expresa su parecer. Poco a poco ha ido tomando fuerza bruta y forma descomunal; contenido, sin embargo, ninguno. Lo relevante es la puesta en escena, el disfrazarse, la parafernalia, el impacto visual y, al final, decir siempre “yo no he sido” o “mis palabras han sido sacadas de contexto”. Sucede siempre lo mismo: la gente, el gran público, la opinión pública, tiene memoria de pez; como ocurre ahora con los fallecidos por el virus. Hace apenas unos meses nos angustiaban los datos, esos números terribles y dolorosos; ahora hemos alcanzado la inmunidad con la recurrente “enumeración caótica”. Capacidad de olvido se llama.

     Así que la violencia hace ya algún tiempo que empezó por el uso de las palabras. Unas vez admitidos y normalizados los términos más dañinos, como el falso periodismo, se adornan de hechos que los corroboren y coloquen en el objetivo de los rifles verbales: ya tenemos un punto de mira, es decir, la base; de ahí hacia arriba es solo otro paso: llegar al mundo nazi y a los campos de concentración: “habría que eliminar a 26 millones de españoles hijos de puta”: libertad de expresión la llaman. Una vez alcanzado el odio, la acción última ha sido declarada: cautiva y desarmada la opinión pública y la sociedad civil, regresarán las noches de los cristales rotos, los asaltos en las madrugadas, el ruido marcial de las botas en las calles oscuras y solitarias, el miedo, la recuperación de los pozos, los campos improvisados de reclusión, las nuevas simas y… vuelta a empezar…

     Ya saben: la Historia se repite. Y el lenguaje también. 

No se sabe de dónde sale tanto odio, tanto encono, tanta visceralidad, tanta ira.

     Esta especie de locura supremacista, blanca, llena de incitación al odio, la practican, preferentemente, gente religiosa (de variadas creencias) que respeta las fiestas de guardar y son capaces de confesarse “porque temen a Dios” y comulgan cada domingo, con golpes de pecho incluidos, sabedores de que “Él está con nosotros, los buenos, y solo con nosotros; los demás viven atrapados en las garras del diablo, pecadores incansables que llenarán el infierno con su presencia.” Claro que ese Dios del que hablan es un invento más, como para justificar las posteriores acciones. Es algo así como intentar perdonar el pecado antes de cometerlo.

     No se sabe de dónde sale tanto odio, tanto encono, tanta visceralidad, tanta ira. Ansían tanto el poder que, escondidos entre sus barbas apostólicas, la baba del odio, agazapada y reinterpretada, discurre con engañosas palabras; y en la comisura de sus labios, también blancos, se acumulan unos grumos, blancos, por supuesto, que nos despistarán de los colmillos cavernícolas y violentos que ocultan en cuanto sus sonrisas se expanden. Y que, ahora, escondidas se encuentran tras las mascarillas pandémicas.

     Los nuevos vampiros, sedientos de sangre, ya están aquí, en el crepúsculo, medio agazapados.

     Y han venido para quedarse.

     Es la gente que nunca percibirá el auténtico sonido de las palabras.

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3 comentarios

  • Republicano Sábado, 23 Enero 2021 08:55 Enlace al Comentario

    Suscriiendo totalmente esta opinion.Mucho miedo debería darnos el trumpismo.Igual que también debería darnos miedo, a nivel nacional, el republicanismo "sectario" y el ansia por controlar ellos el proceso, de los marqueses de Galapagar.Esos que comparan a Puigdemont con los exiliados de la II República.

  • Marcelo Peña Viernes, 22 Enero 2021 09:06 Enlace al Comentario

    Le felicito, sr.Ferrera, por su excelente dominio de la técnica narrativa. Relata usted, a través de metáforas elocuentes, cómo el lenguaje, ese en el que la palabra, a veces, se convierte en unidades lingüísticas fácilmente manipuladas y disfrazadas, se erige en el perfecto cañón de ataques fratricidas y genocidas.
    Resalto el valor que adquiere en su discurso el sentido figurado de las palabras.

  • Carmen Jueves, 21 Enero 2021 21:13 Enlace al Comentario

    Duro alegato, pero que suscribo totalmente.

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