Arucas en el recuerdo: aquellos cines de antaño

segismundouriarte2021En la Arucas de los años cincuenta, el cine era una de las mayores aficiones de su población infantil para la cual los domingos, a las tres había una función especial que hacía agolpar en la taquilla del popularmente llamado “Cine viejo” un hervidero de chiquillos para comprar la entrada correspondiente entre empujones por llegar primeros a obtenerla. Ese hervidero era aún mayor cuando la película a ver era de la serie Rin Tin Tin, un perro ídolo de la chiquillería.

La cola ante la taquilla no guardaba un orden, toda la masa de chiquillos se agolpaba y, a base de empujones y movimientos de brazos, se iba avanzando y se llegaba hasta la misma para pedir la entrada. Era tal la avalancha que el que estaba en el segundo lugar, le decía al que estaba comprando la entrada por qué lado tenía que salir (derecho o izquierdo) para que no hubiera nadie que se le colara.

El   edificio donde estaba el cine se caracterizaba por tener un corredor largo en forma de L, en dos plantas que conformaba la fachada. Tenía también un segundo corredor a doble altura, con una cubierta de estructura circular. En su parte baja se ubicaba el patio de butacas, anfiteatro y escenario. Por  su  fachada principal de la calle San Juan se accedía a la antesala, al bar y a los servicios del cine; a través de una escalera se accedía al patio de butacas de la parte baja y por la fachada lateral de la calle Herrería se podía acceder directamente a ese patio de butacas, tras pasar unas cortinas negras que evitaban la claridad cuando la puerta estaba abierta durante la proyección de la película.

La parte alta del cine, dispuesta en forma de graderío, era la más económica y era conocida popularmente como “el gallinero”, donde los gritos de la chiquillería eran más ostensibles por determinadas escenas jaleadas y aplaudidas por unos espectadores totalmente entregados a la historia que se estaba contando. Entre esos espectadores siempre estaba el popular Juanillo. En el patio de butacas, el precio era mayor. A la izquierda de ese patio de butacas había un espacio donde estaban los baños y un lugar donde los espectadores fumaban en los descansos de las películas. 

Para el público adulto, entre las películas populares estaban las de Jorge Negrete. Cuando se estrenaba una de ellas hacía que muchos vecinos de los barrios limítrofes se trasladaran a pie para verla. Para  incentivar  la asistencia al cine se  proyectaban  películas  con  precios más baratos algún día a la semana. Estas sesiones especiales se denominaban “Fémina”, y se proyectaban los miércoles y a veces también los jueves. A cada espectador los días de estreno se le daba un folleto o programa, en la taquilla, cuando abonaba la entrada. En el folleto se anunciaba el próximo estreno, que solía ser los viernes, sábados o domingos.

En esos días se entregaba también una tarjeta, con un tamaño parecido a las tarjetas de visita, que luego eran empleadas otros días para pagar menos por la entrada, en los días denominados de canjeo, que solían ser los primeros de la semana, lunes y martes. Si bien, se dieron casos de otros días, dependiendo de la película. Las mejores películas eran las de estreno, luego les seguían las de canjeo y finalmente, las menos vistas eran las de fémina.

Normalmente,  el  orden  de  proyección  era  primero  el  Nodo  o  la Revista Imágenes, luego la publicidad, después los trailers y finalmente se proyectaba la película. Si la película no tenía mucha duración (menos de una hora y media), se solía proyectar un corto antes que solía ser de dibujos animados.

Los carteles   para anunciar  las  películas  se solían poner en la fachada de una casa situada en la actual calle  Cronista  Juan Zamora, así  como  en  la fachada   de   la   antigua Óptica Herrera Cerpa en la  Plaza. En este lugar se incluían también fotogramas de la película anunciada, para lo cual se disponía de una vitrina.

La noche de Navidad se hacía una rifa de 500 pesetas, porque aumentaba la recaudación, se ponía una película taquillera (de Tarzán, del oeste, o animada). También el día de Reyes se hacían rifas en las sesiones de las 3, 5 de la tarde, 7 y 10 de la noche. Se rifaban juguetes para los niños anunciándose dicha rifa el domingo anterior para que fueran más niños el día de la rifa. En las demás funciones, en las sesiones de noche, se rifaban trajes de caballero, trajes de señora, perfumería, juegos de medias, etc.

Frente a la puerta   del cine se solían poner dos señoras que vendían dulces, pirulíes, caramelos, manices, etc. También solía acudir Julio Verdú Beltrán, más conocido por “Julito el de los helados” con su inconfundible carrito con unos helados que se hacían artesanalmente. La masa del helado iba en garrafas de aluminio rodeadas de corcho. Entre el corcho y el aluminio había un hueco para meter en él hielo que servía para aislamiento térmico puesto que aquel carrito no disponía de electricidad. A esas garrafas se accedía levantando unas tapas en forma de cúpula de acero inoxidable. Los cortes de helados se servían con un dispositivo que se ajustaba a un determinado grosor dependiendo del precio que se pagara por el helado.

El otro cine que rivalizaba en la protección de películas era el Cine Díaz, que tenía características distintas. Era más moderno y con mejor decoración y mejores butacas. En él había que guardar más la compostura. Tenía dos categorías de asientos: la de general, en la parte baja, y preferencia en la parte alta. La parte de preferencia tenía la característica de que, al tener los asientos escalonados, permitía en las películas de gran afluencia de chiquillos, que se sentaran en los escalones todos apelotonados, porque no existían las normas de seguridad ahora vigentes, y explotaban en vivas y aplausos cuando, antes de comenzar la película, había un complemento de dibujos animados de Popeye o de Tom y Jerry. Aquellos viejos cines, sin duda alguna, perdurarán en la memoria de los que tuvimos la suerte de dejarnos llevar por la magia de sus películas.

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