Un tío con una bolsa en la cabeza: una novela de corruptos que se puede leer sin hidroalcohol

portadaun tioconunabolsaenlacabezaTan pronto terminé de leer Los milagros prohibidos de Alexis Ravelo (Siruela, 2017) sobre la Guerra Civil en la isla de La Palma y la buena sensación que me dejó como relato bien montado, dotado de una sorprendente fuerza expresiva e inspirado en hechos reales, me propuse devorar Un tío con una bolsa en la cabeza, otra novela más reciente del mismo autor publicada también por Siruela en 2020. Si aquella se inserta dentro del subgénero de novela sobre la memoria histórica, la propia portada de esta última nos recuerda su adscripción al género policíaco. No me cabe la menor duda de que en Un tío con una bolsa en la cabeza responde formalmente a un tipo de novela policiaca sensu stricto, aunque me pareció llamativo el que en la misma no se encuentre ningún policía, ni aparezcan aquellos detectives de las películas con sus gabardinas oliendo a humo, o el cariacontecido mayordomo/sospechoso. El vigor narrativo de esta historia es de tal intensidad que bien puede permitirse el lujo de transgredir la tradición policíaca porque, en definitiva, al lector normal y corriente lo que de verdad le interesa es sumergirse en una lectura que le resulte subyugante y ésta lo es con creces. Alexis Ravelo retrata el clima moral de la sociedad insular anterior a la crisis de 2008 a través de una descarnada versión del capitalismo salvaje en Canarias inmersa en la cultura del pelotazo y el lucrativo negocio del ladrillo.

A juzgar por lo que cuenta, su autor demuestra ser un buen conocedor de la condición humana pues en esta ocasión ha conseguido captar la complejidad de un mundo sórdido de delincuentes de cuello blanco sin perder detalle del paisanaje por nimio que resulte. Me agradó mucho la forma inteligente con la que construye la trama, toda vez que mantiene alta la tensión y acelerado el pulso hasta el punto que casi no deja tomar aire con frases contundentes pero sin recurrir a “efectos especiales” e invocar los lugares comunes propios del género. En Un tío con una bolsa en la cabeza hay intriga desde el comienzo del relato hasta el final con pasajes verdaderamente excelentes. La acción se inicia con dos delincuentes comunes asaltando el chalet de Gabriel Sánchez Santana y perpetrando un crimen un tanto peculiar en el que la víctima en vez de morirse de un viaje, tiene sin embargo unos minutos de agonía antes de convertirse definitivamente en fiambre; tiempo justo para exponernos en primera persona y en línea recta, de forma monologada y precipitada, todo su curriculum vitae repleto de proezas y terribles tropelías. A Gabrielo, máxima autoridad del municipio de San Expósito, no se le escapa nada en su relato sobre su vertiginoso ascenso social, desde muy abajo como hijo de un humilde albañil, hasta disponer de poder suficiente para decidir sobre asuntos decisivos para el desarrollo económico de dicha jurisdicción.

No desvelaré el final de la novela, pero sí decir que tenemos ante nosotros el espectáculo de un corrupto de tomo y lomo, listo como el hambre, que autoconfiesa sus desmanes con la sinceridad del que está ya perdido irremediablemente. El escaso aire respirable que le queda a Gabriel Sánchez Santana en la bolsa de basura que le aprisiona la cabeza, le concede el tiempo suficiente para averiguar quién o quiénes han podido urdir su trágico final. Para una fechoría de esta naturaleza le sobraban candidatos y motivos. Esta lucha agónica contra el tiempo hasta llegar al desenlace mortal es transmitida al lector con una escritura intensa, luminosa, con tal realismo de detalles que se convierte en una de las claves principales de la novela.

Como venimos diciendo, la víctima nos obsequia con un repudiable relato de eventos corruptos, tema que aun sigue abriendo informativos y luciendo cabeceras de la prensa escrita y digital. Expone Gabrielo las andanzas de unos personajes extraviados, mediocres y amorales que controlan con malas artes el poder local en tiempos no muy lejanos del lucrativo desarrollismo en el negocio turístico-constructivo; el ensamblaje de acontecimientos transcurre en un espacio geográfico fácilmente reconocible por el lector isleño por su cercanía, pues San Expósito puede ser con otro nombre cualquier municipio especializado en oferta alojativa y actividades concomitantes de ocio.

Un tío con una bolsa en la cabeza es un libro que deja huella, construido con elementos sencillos, aunque complejos, con los cuales el autor trenza una trama eficazmente creíble que se desarrolla con llaneza, sin adornos ni explicaciones innecesarias, a lo largo de 239 páginas a un ritmo endiablado. Ravelo, que parece redactar en estado de enfado, nos ofrece una escritura directa y con brusquedad expresiva tal vez con la pretensión de cabrear al lector y sacudir su conciencia. Embellece, no obstante, el lenguaje (entre torrencial, desacomplejado y hasta de brocha gruesa) que conecta perfectamente con el que hablamos coloquialmente en Canarias. La novela es tan mordaz como desoladora, conjuga elementos de la vida real que dan mucho juego como materia prima literaria de donde sale al final una intriga fascinante que trasciende lo local y logra conectar con el estado de indignación de grandes sectores de la sociedad ante tanta impunidad.

En un apartado de la novelase afirma categóricamenteque no existe corrompido sin su corruptor. Es ésta una verdad incuestionable, aunque el binomio letal habría que completarlo con la intrigante figura del intermediario (“interposición de persona” según el Código Civil) detrás del cual se esconde el corruptor. Me pareció entender que en el tratamiento de estas tres puntas del triángulo de la corrupción se advierte una cierta asimetría toda vez que el corrompido concentra una mayor atención dentro del relato (para felicidad del lector que imagina con facilidad las numerosas conductas análogas que han sido o están siendo objeto de enjuiciamiento penal).

En efecto, en el downloader que Gabrielo desglosa con urgencia en una situación de enclaustramiento se escudriñan nombres, hechos, beneficios, métodos, infidelidades, ajustes de cuentas, complicidades, chanchullos, deslealtades y todo tipo de perversiones comme il faut. Además del carrusel de cargos públicos implicados en turbios negocios, el protagonista proyecta la sombra de la corrupción hacia asesores, periodistas mercenarios, funcionarios, jueces, abogados,... cuyos nombres, conspiraciones, complicidades, y demás fechorías van desfilando en una sucesión de escenas (jocosas como la conferencia del célebre filósofo) comentadas en modo hiperrealista. Todos ellos aparentan ser personajes socialmente respetables que actúan dentro de una condescendiente impunidad en el seno de una burbuja endogámica de codicia, dinero, sexo, lujos y poder con desprecio absoluto al mundo que les rodea.

En cambio, el mundo del corruptor es un tanto más invisible, deslocalizado y genérico (casi siempre proviene de lugares indeterminados del Este europeo, de Italia, de Bélgica, “Boris el ruso”, Armenia, Colombia,..; de rostro anonimizado, sigiloso, noctámbulo, oculto entre lejanas tinieblas o representado por intermediarios cuya existencia física se advierte en las recalificaciones urbanísticas, contratos amañados, nombramientos irregulares, aperturas y licencias fuera de la normativa, sobres con billetes que se recogen en el retrete de un restaurant, transferencias desde cuentas y bancos opacos o lujosos regalos de alto standing.

Un tío con una bolsa en la cabeza, aparte del título original donde los haya, es también una profunda reflexión sobre el poder (su acceso y su usufructo) en el contexto de una sociedad permisiva y corrompida como la nuestra donde voluntades y principios se compran, se venden o se tiran a la basura, porque “todo necio confunde valor con precio”. Es la descarnada consecuencia del capitalismo posthumano con sus poderosos sin fronteras, compuesto por personajes anónimos, irreconocibles, desubicados y (para nuestra desesperación) hasta desprovistos de asaltables palacios de invierno.

La novela plantea, igualmente, algunos asuntos de interés de cara al debate social sobre una (im)posible regeneración de la vida pública, tema que tenemos pendiente desde los tiempos de Joaquín Costa (1846-1911). El broche final de la novela son las seis páginas (234-239) de oro en donde Alexis Ravelo, en estado puro, inserta una sobrecogedora meditación existencial acerca de la condición humana que me resultó particularmente brillante y apesadumbradamente profunda ya que, según su visión de las cosas, todo es infierno salvo “la sonrisa de un niño”.

Ramón Díaz Hernández

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