Cara bella

euforbiaquico

Si pronunciamos el adjetivo “bella” con una sola ele, como hacen los italianos, y leemos el título completo, suena entonces a navío, a un barco como el que capitaneó Cristobal Colón, que es lo que pretendo para que haya relación con la anécdota final de este artículo.

Es mucho más sugestiva esa palabra, carabela, que la que designa el objeto que ilustra el texto, pues creo no equivocarme al decir que, como a mí, a la mayoría de la gente no le gustan las calaveras. Aunque lo acepto, no me hace maldita la gracia pensar como será mi cabeza algún día, a no ser que sea incinerado.

La primera calavera que vi fue en el cine. Tenía casi trece años pero aparentaba más y por eso me dejaron entrar a ver Hamlet, una película inglesa de 1948, producida, dirigida e interpretada por Laurence Olivier.

Me impactó. Sin saber, ni por asomo, lo que era una crisis existencial, creo que tuve una que me duró unos cuantos días a causa de la película. No se me quitaba de la cabeza el monólogo del protagonista con una calavera en la mano. Me abordaron incluso algunas pesadillas con aquella imagen.
Por primera vez fui consciente de lo que nos aguarda cuando dejamos de existir.

Desde entonces acepto esa realidad, por inevitable, pero aún así siguen sin gustarme las calaveras.
No obstante, como hay gustos para todo, no le ocurre lo mismo a Euforbia, un trío de pintores formado por Micky Mendoza, Fernando Saavedra Sarmiento y Jou Idubaren, los cuales opinan que puede haber belleza en cualquier cosa, aunque sea una belleza macabra.

Eligieron ese apelativo vegetal, según me dijo mi amigo Micky Mendoza, porque son amantes de las plantas y, sobre todo, porque es un nombre que se parece a euforia, que es lo que ellos sintieron mientras pintaban lo que consideraron, con motivo de la rosa que sostiene entre los dientes, una calavera apasionada, una naturaleza muerta con sentimiento.

Me explicó también que cada uno tenía su propia visión: una cubista, la franja azul; otra con sabores metálicos, la faja marrón con tonos verdosos, y una tercera blanquecina mucho más realista. Tres visiones enlazadas por la misma estética: el cómic.

Enlazando con lo dicho en el primer párrafo y en juego con las palabras calavera y carabela, voy a terminar este escrito con una anécdota familiar que protagonicé a la edad de seis años.

En la escuela, el maestro nos había hablado previamente del descubrimiento de América y de toda la parafernalia que lo envolvió, aclarando que, para conmemorarlo, cada doce de octubre se celebraba el día de la Hispanidad.

Fue en mi casa donde, horas después, ocurrió el incidente. Recuerdo claramente las risas de mis padres y hermanos, ya sentados a la mesa, dispuestos para el almuerzo, cuando les conté lo que había aprendido ese día.

-¿Qué aprendiste, mi amor? –preguntó mi madre, ante la atención general.

-El nombre de las tres calaveras –respondí.

-¿Cómo, mi niño? –inquirió ella, un tanto perpleja, aunque, al igual que a los demás, ya se le dibujaba una ligera sonrisa, aguardando mi respuesta:

-Sí, mamá. La Pinta, la Niña y la Santa María.

Foto de Quico Espino sobre una pintura de Euforbia

Actualizado el Lunes, 05 Abril 2021 15:37 horas.

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