Pandemia tras el ala

Raquel Hernández SánchezViajar en avión facilita el pensamiento siempre y cuando no tengas a alguien a tu lado que, haciendo una lectura errónea de tu careto (imagino que a causa de la mascarilla), comienza a parlotear como si fuera condición sine qua non para sentarse a tu lado, o a un bebé en el asiento trasero, manifestándose contra el incómodo sillón, a golpecitos, cual tortura china, por haber sido obligado a viajar siendo tan pequeño y por no poder almacenar ese recuerdo junto a sus padres.

Mientras mascullaba estos pensamientos sonaba la voz de la “señora” del altavoz que, en español y en inglés, hablaba de la dichosa pandemia que estamos sufriendo, ¡menudo coñazo!, y que terminaba diciendo: “juntos lo conseguiremos y podremos volver a la normalidad”.

Aquello me sonó tan lejano como que algún día hubo un lugar donde la libertad (más o menos ajustada a su término, dentro de las leyes impuestas por la sociedad… y un largo etc.) no sabía de mascarillas, ni de distancias de seguridad, ni de confinamientos y, mucho menos, de cierres de negocio.

¡Coño! ¡Esto es la hostia! Ahora estamos dominados por algo mucho peor, algo que me suena a las películas de ciencia ficción y que me parece increíble que nos esté sucediendo.

Lo mejor que tiene viajar en avión es que estimula la imaginación, te hace volar por encima de las nubes, no sintiéndote Dios, sino todo lo contrario, y permite dejar atrás, por 20 o 40 minutos, según destino, la sensación de ahogo que te produce estar en una tierra ahora restringida.

Raquel Hernández Sánchez

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