Talón, la vulnerabilidad humana

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Desde que tengo conocimiento siempre he sentido afición por el cuento literario. En mi memoria están las narraciones de Edgar Allan Poe, Antón Chéjov, Jorge Luis Borges, Emilia Pardo Bazán, Julio Cortázar... La lista sería interminable. En Canarias siempre hubo narradores de altura que recurrieron al cuento para retratar el alma humana. Desde los hermanos Millares Cubas (Luis y Agustín) hasta la actualidad, la nómina de escritores que utilizan este género literario no ha dejado de crecer, también en calidad. Todos los libros de relatos, a pesar de contar historias diversas con estilos narrativos diferentes, tienen en común – este es el atractivo-- que encierran en un solo libro varias historias. Para Cortázar los cuentos son “criaturas vivientes” que respiran en todo momento la esencia misma de la condición humana. Y así son y así se comportan las diecisiete narraciones que Nicolás Melini ha reunido en Talón (Franz ediciones, 2021). El título nos lleva inevitablemente al punto débil de Aquiles y por tanto a la vulnerabilidad humana. Se abre el libro con dos citas que marcan el discurrir de las historias. Una del dramaturgo y novelista Samuel Becket que nos plantea que describir el lugar carece de importancia y otra del narrador y ensayista Claudio Magris para anunciarnos que los personajes viven en la inestabilidad emocional y en sus obsesiones. Y efectivamente, aunque en los relatos hay referencias al paisaje y al espacio que habitan los personajes, no hay ningún elemento que sea esencial para la historia o que los marque pues son solo el marco para resaltar las dificultades en las que se encuentran y subrayar lo absurdo de la existencia o de un momento vital para los personajes que viven en sus obsesiones y neurosis. Lo cotidiano, la rutina de todos los días, ir al trabajo, dormir, soñar, caminar, pasear, observar a la gente, un entierro de un familiar, la vejez, un descampado en la periferia de la ciudad... Todo puede ser inquietante, algo insólito, raro, extraño, perturbador y absurdo. Melini, como buen observador de la realidad, subraya en estos cuentos todo aquello que pasa desapercibido o está oculto. Detiene el tiempo, lo paraliza, lo fija como en una fotografía o como si todo transitara a cámara lenta para que el lector examine, inquiera y reflexione cuidadosamente y con recelo las circunstancias en las que se desenvuelve el hombre moderno. Sus narraciones presentan la historia de un personaje en un mundo cerrado que gira en torno a un solo acontecimiento, historias sencillas que parten de un hecho anecdótico y, a veces, con un punto de comicidad un tanto amarga y trágicamente absurda.

30073Un buen cuento tiene que secuestrar al lector desde la primera frase y sorprenderlo en el final. Esa es la intensidad del relato breve. El autor no puede entretenerse en detalles que lo desvíen de la trama narrativa. En este sentido, el cuento está a medio camino de la poesía y la novela. Es conciso, intenso y reflexivo como un poema al tiempo que narra una historia con todos los elementos inherentes a la novela. El primer relato, Suspenso, comienza así: “Apareció en la curva, como si hubiese salido del mismo barranco (de allí abajo o de allá arriba), entre las piteras, aunque venía simplemente de su casa. Alcanzó el lugar por donde tomar la cuesta empinada —entre los quitamiedos de cemento y cal, blancos— y empezó a bajar con el freno de los cuádriceps bien tensos y entrenados por la costumbre, echado el cuerpo hacia atrás para contrarrestar el desequilibrio de tremenda pendiente”. Y ya sabemos que este arranque nos deparará un final sorpresivo. El inicio de Cobijo: “Hay demasiada gente viviendo en la calle. No me explico por qué no lo he percibido hasta ahora. Supongo que he seguido la estela de las corbatas. He buscado con la mirada sólo a las mujeres bien vestidas en lo alto de sus tacones, y, por otro lado, a mis iguales”. Y nos obliga a leer para descubrir un final imprevisto que nos conmueve. Se nos agita el ánimo al leer el cuento Talón: “Fue un tiempo de amor tortura en la cama con mi bebé, cautivo y molestado al despertar cada día. Con la segunda luz, el bebé llegaba a nuestra cama, donde la madre lo amamantaba de lado, y yo en duermevela las escuchaba a las dos”. Nos engancha Salir con este comienzo aparentemente absurdo: “Hay un cadáver en el armario. Pero, bueno… Eso es de lo más natural tratándose de ti. Haces el té en la cocina y revisas el calentador. El mundo chirría. It’s warm in here, hace el calor suficiente para que un cadáver se pudra rápidamente, piensas, no puedes evitarlo”. Y no faltan las reflexiones, apuntes críticos sobre la realidad y la existencia en este mundo acelerado, pandémico y global como en Fe: “Ahora se nos queda el difunto en la red y podemos convivir con su foto todos los días toda la vida, sin necesidad de haberlo acompañado en su adiós. Sin necesidad, tampoco, de borrarlo de nuestros contactos del correo electrónico”. En el comienzo de cada relato están ya los elementos de la trama. Nada es gratuito, todo está perfectamente engarzado para mantener en todo momento la tensión interna de la trama narrativa.

Al leer estas narraciones me es imposible olvidarme del contexto pandémico que hemos sufrido y que todavía padecemos. El miedo, la inseguridad, la muerte y la crisis generada se han quedado de forma tan natural entre nosotros y lo interiorizamos de tal manera que parece que hayamos olvidado el desastre en que nos sumió el maldito bicho. Como si lo vivido fuera algo de otra época. No sé si la literatura da respuestas pero confirmo que, sin dejarnos noqueados, estas narraciones de Melini nos conmocionan. En el último de los cuentos nos atrapa con el título, El Roque y los muchachos, que nos traslada a La Palma. Tal vez por eso, iniciamos su lectura confiados, dejándonos llevar por el ritmo y la prosa casi familiar: “Jugábamos en la carretera. Los niños por la curva arriba y abajo, junto a los coches que ascendían, la guagua que descendía, los trailers (así los llamábamos) que transportaban el material para la construcción de los telescopios”. Y sin darnos cuenta la memoria del escritor nos envuelve para llevarnos, a modo de conclusión, hacia el universo de la infancia y sus constelaciones en paralelo al mundo de los astrónomos. Unos y otros escudriñan mundos exteriores e interiores para ampliar las preguntas y las dudas pues “el escritor trata de ver allí donde el mundo se hace difuso, un poco más allá de donde comúnmente alcanzamos”. Y esa es la invitación que nos hace Talón, un viaje a una parte de la realidad que pasa desapercibida o está oculta. Verdades inoportunas que nos muestran las contradicciones de la conducta humana.

Felipe García Landín  

Actualizado el Lunes, 26 Julio 2021 09:58 horas.

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