Empatía

Miguel Rodríguez RomeroDesde lo alto y hasta donde me alcanza la vista sólo veo tomateros.

El rocío de la noche y los primeros rayos de sol hacen brillar las gotas de agua como si millones de perlas se posaran sobre la planta y sus frutos.

Por la sinuosa y empedrada vereda, algunos alumnos siguen al maestro, como perrito que sigue a su dueño, hasta llegar a la escuela. Bueno… más bien diría una pequeña habitación de tres por cuatro donde se hacinan quince o veinte chicos en pupitres dobles.
Son mis amigos. Su ropa, húmeda aún, y su calzado, embarrado de haber estado ayudando en las labores de aparcería, les hace hombres, aunque no llegan a los diez años. Asoma, sin embargo, en la comisura de sus labios, una pava de cigarro.

Siento que quiero ser como ellos y rebrujo mi peinado cabello, me saco la camisa y quito los cordones a mis botines.
Ahora estoy en situación.
En el silencio sólo se escucha la melodía de las máquinas de los pozos cercanos, chup, chop, chup, chop, y algunos se duermen.

Creo que lo he conseguido. Estoy convencido de que me he puesto en su lugar y he aprendido el significado de empatía sin necesidad de que nadie me explique lo que es, porque al fin y al cabo yo también soy sólo un niño.

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