Cuando anónimo era mujer

Josefa Molina 2020literaaratosDesde hace unos días para acá ando estupefacta. Exactamente, desde que, en una campaña de promoción perfecta, tres señores afirmaron ser la escritora Carmen Mola. ¿O sea que tras el seudónimo de Carmen Mola se escondían en realidad tres hombres? Miro de soslayo el ejemplar de La novia gitana que espera ser leído en mi librería y tomo nota.

Decía Virginia Woolf que, históricamente en la literatura, detrás de un 'anónimo' se solía encontrar una mujer. En los últimos días hemos sido testigos de una situación totalmente a la inversa: el uso de un seudónimo femenino usado por varones para publicar novelas.

Más allá de la operación de marketing y de promoción de un premio literario ampliamente puesto en entredicho en cuanto a sus muchos intereses comerciales y sus muy pocos intereses literarios, que tres hombres se escuden detrás de un nombre de mujer para vender libros resulta, cuanto menos, una burla para las escritoras que durante siglos han tenido que dejar de nombrarse a sí mismas y utilizar un seudónimo para llegar al público lector. Bien, porque no querían verse sometidas al escarnio público que implicaba tener la osadía de escribir poesía o novela en un momento en el que escribir 'no era cosa de mujeres'; bien porque al presentar su trabajo en una editorial con su firma, dicho trabajo era condenado a dormir el sueño de los justos en algún archivador cuando no era enviado directamente a la papelera.

En la historia de la literatura, no son pocas las mujeres que firmaron bajo seudónimos sus obras. Ahí tenemos a Mary Shelley, quien cuando publicó su mítico Frankestein o el moderno prometeo, el público le concedió la autoría a su esposo, Pierce Shelley, hasta que, en una segunda edición, estampó su nombre en el exterior como autora. O las hermanas Brönte, quienes firmaron sus primeros trabajos bajo los seudónimos de Currer Bell. Charlotte Brónte, autora de Jane Eyre; Acton Bell, de Anne Brontë, autora de Agnes Grey, y Emily Brönte, autora de Cumbres borrascosas, que utilizó el seudónimo de Ellis Bell; o Amantine Aurore Dupin que firmaba bajo el nombre de George Sand o Mary Anne Evans, quien lo hacía con el de George Eliot.

En España contamos con los casos de Caterina Albert quien firmaba bajo el seudónimo de Víctor Català; Cecilia Böhl de Faber y Ruiz de Larrea que escribía con el de Fernán Caballero; Rosario de Acuña, bajo el de Remigio Andrés Delafón; Josefina Vicens quien publicó varios de sus escritos utilizando el nombre de Pepe Faroles y Diógenes García, o Matilde Cherner, intelectual republicana española, que firmaba bajo el sobrenombre de Rafael Luna.

Podríamos pensar que esto forma parte ya de la historia pero tenemos otros casos más actuales como Nelle Harper Lee quien firmó Matar a un risueñor bajo el nombre de Harper Lee; Alice Bradley Sheldon reconocida escritora estadounidense de ciencia ficción que firmaba como James Tiptree Jr; o la danesa Karen Blixen quien firmaba bajo el sobrenombre de Isak Dinesen sus obras, entre ellas, Memorias de África, o más recientemente, J.K Rowling, autora de la saga de Harry Potter, quien ocultó su nombre Joanne y le añadió la K para borrar todo rastro de autoría femenina.

Desde luego la historia de la literatura nos ha enfrentado a situaciones de borrado de la mujer escritora aún más dolorosas. Me refiero a cuando el varón se aprovechaba directamente de la capacidad literaria de una mujer para obtener fama y prestigio como escritor. Sin ir más lejos, en España contamos con el caso de María Lejárraga, quien escribió las obras con las que su esposo, Gregorio Martínez Sierra, obtenía un éxito injusto y falso como autor de los libretos El amor brujo y El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla. Fue tan surrealista esta situación que María llegó a escribir hasta los discursos de carácter feminista que luego él leía ante un aforo repleto de mujeres y todo para acabar sola, pobre y exiliada en Argentina, donde falleció en 1974.

Tenemos a Colette, periodista, novelista y actriz francesa, autora de la mítica Claudine, cuyas historias hizo famoso a su primer marido, el escritor Henry Gauthier-Villars, quien la explotó literariamente hablando, haciendo que escribiera para ella novelas que luego él firmaba.

A otro nivel tenemos el caso de Zenobia de Campubri quien, hasta hace bien poco una completa desconocida hasta que se presentaba como la esposa de nuestro premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez; una mujer que tuvo que alejar sus aspiraciones literarias para dedicarse a ser correctora y pasante a máquina de los poemas de su esposo.

Pero volvamos a nuestro tema: Carmen Mola. No voy a entrar en la calidad literaria de los novelas, éxitos de ventas por otra parte, que tres guionistas escribieron bajo el seudónimo de Carmen Mola, pero sí entro en el que hecho de que tres hombres, -y véase el detalle, no uno, sino tres-, utilicen el nombre de una mujer para vender libros.

Y entro porque esto no sucede por casualidad sino que está plenamente meditado y construido. Ser escritora de un género policial o negro, utilizando a un personaje femenino como protagonista, está de moda. Estos tres hombres, como buenos guionistas que se suponen que son, lo que han hecho es subirse a esta ola literaria.

Sí, por supuesto, en literatura también hay modas y el género negro vive un periodo de dulce explosión, si no véanse la cantidad de festivales noir que hay en España. Pero más lo está el género de negro de autoría femenina donde, además, el personaje protagonista suele ser una mujer policía. Ahí están, a modo de ejemplo, la triología del Baztán, protagonizada por la inspectora de homicidios Amaia Salazar, de Dolores Redondo; la comisaria Ruiz, personaje de las obras de Berna González o la comisaria Petra Delicado, encarnada en la serie de televisión por la cantante Ana Belén, y personaje central de las obras de la escritora Alicia Giménez Bartlett.

Y que conste que me encanta esta moda porque soy gran aficionada al género negro, de hecho consumo este género y lo practico con todas mis limitaciones, pero lo que se ha puesto sobre la mesa aquí y que viene ocupando numerosos articulos de opinión en los últimos días, es un flagrante caso de usurpación por parte de estos tres varones de un espacio conquistado de, a poco y a duras penas, por las escritoras. A eso le llamo yo marketing comercial porque, no nos engañemos, el negocio de vender libros es eso, un negocio, del que pocos, por cierto, tienen la fortuna de vivir.

En este guion lo que resulta feo, muy feo es que para vender se usurpe un espacio al que a muchas escritoras les ha costado mucho llegar porque no es lo mismo publicar bajo seudónimo porque no puedes hacerlo de otra forma, que publicar bajo seudónimo para aprovechar la ola de conciencia feminista que vive la sociedad española y el mayor porcentaje de lectura por parte de las mujeres (según el Barómetro de Hábito de Lectura y Compra de Libros 2019, el 68,5% del total de lectores en España son mujeres, un 12,3% más que los hombres), en un momento en el que, además, vivimos una eclosión de la revalorización, recuperación y visibilización de las escritoras. Y todo ello, con el solo objetivo de hacer caja vendiendo novelas.

No, señores 'Carmen Mola', ha sido un engaño muy feo. Ustedes lo que han hecho, tal vez sin querer pero el resultado es el mismo, es burlarse de muchas personas lectoras que aman la literatura creando el personaje de una maestra de Madrid, casada y con hijos bajo el nombre de Carmen Mola. Jugando a rodear de misterio la figura de Carmen Mola a lo Elena Ferrante. 

No, señores 'Carmen Mola', no se trata de la calidad de las novelas, se trata del mercadeo torcitero de un sector ya de por sí tocado y siempre en la cuerda floja, en el que, además, tan solo el 36% de los libros publicados están escritos por mujeres.(1)

Es, señores, la desfachatez de mentir al público lector y hacerlo con nombre de mujer; es la burla y el menosprecio de todas aquellas escritoras a quienes tanto les ha costado el reconocimiento de su voz literaria y, sobre todo, de todas aquellas a quienes nunca se les ha reconocido; es la desconfianza generada, mi decepción como lectora y, sobre todo, la certeza de que no todo vale.

Lo siento, señoros, pero esta que escribe se sube a su propia ola: la de no leerles. Hay demasiadas mujeres escritoras a las que prefiero dedicar mi escaso tiempo de lectura.

Así que, por ahora, las novelas de la inexistente Carmen Mola van a permanecer donde están, en mi librería y sin ser leídas.

Josefa Molina


(1) Datos ISBN. Año 2020. Ministerio de Cultura.


 

Actualizado el Domingo, 24 Octubre 2021 15:29 horas.
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5 comentarios

  • Carmen Jueves, 28 Octubre 2021 19:47 Enlace al Comentario

    Muchas gracias por tan buen artículo.

  • Josefa Molina Jueves, 28 Octubre 2021 08:30 Enlace al Comentario

    Muchas gracias por los comentarios, Nieves. El artículo de opinión es eso, mi opinión, elaborada y meditada. Cada una y uno que haga lo propio, faltaría más! Un abrazo grande. Pepa

  • Nieves Merino Guerra Domingo, 24 Octubre 2021 16:17 Enlace al Comentario

    Muchísimas felicidades, por cierto.
    Siempre resulta muy gratificante leerte.
    Eres una crack
    Abrazos fuertes.

  • Nieves Merino Guerra Domingo, 24 Octubre 2021 16:15 Enlace al Comentario

    Buenas tardes de domingo, querida y admirada Pepa.
    Interesante visión y bien elaborada crítica en tu artículo.
    Para reflexionar
    Tal vez no sea así, aunque tú contundente reflexión da para sospechar, como mínimo.
    Aunque dejar de leer una buena obra por eso, no lo comparto. Poco leeríamos, ni siquiera a Shakespeare, si somos puntillosas, teniendo en cuenta que las escribieron sus "negros" anónimos.

  • Josefa Molina Domingo, 24 Octubre 2021 10:20 Enlace al Comentario

    Muchas gracias, Infonortedigital!

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