PHOTOTEX. Agaete: la casa de Tomás Morales (1)

501 Tomás y Leonor

La galería de la casa, con la luz tamizada que penetra por los señoriales y acortinados ventanales, proyecta sobre los personajes retratados (hay dos mujeres) la sensación de tranquilidad y del transcurrir lento de la existencia. En una palabra: la vida misma.

Tengo para mí que Tomás Morales está junto al desconocido fotógrafo: su sitio es la mecedora que figura en primer lugar: otro remanso de aguas tranquilas:

Frescor acariciante de la brisa marina”

La foto, de 1915: seis años antes de morir el poeta. De lo que se infiere, entonces, que la casa retratada es una estancia viva, vivida, con la luz suficiente del transcurrir del tiempo y la cotidianidad bien entendida; y tan llena de palabras que, a pesar del silencio reinante, imaginamos, podemos adivinar junto al reloj del fondo, que se ríe continuamente de las horas, que la vida continúa su lento recorrido:

Una casa tranquila inundada de sol”

Tiene de especial la ilustración que capta un instante, acaso siempre sea así, un momento recurrente que sale al encuentro de quien mira. Vemos como excepcional el deseo de atrapar un intervalo de paz, quietud y lentitud. Leonor Ramos, la mujer del modernista poeta, parece estar cosiendo. Y lo hace con la maestría habitual de quien sabe dejar pasar los pensamientos, y las obligaciones del día, y contribuir a que los celajes inunden la galería de la imaginación:

Que hiciste de la vida una ilusión”

La mujer que se adivina al fondo, y en el lado opuesto, mira a la cámara, como interrogando en su desconfianza, convertida ella misma casi en un objeto que se difumina en el luminoso y claro entorno. ¿Qué pensaría Leonor en esos instantes? Si de verdad consideramos que Tomás Morales se encuentra al lado del fotógrafo, entonces la galería inmortalizada todavía es más grande. Y tan significativo es lo que se nos muestra como lo que adivinamos. Además, queremos creer que el color de la foto es pausado y entrañable; acogedor. No solo habla la imagen de un tiempo que ya no existe, representado acaso por la luz que entra por los ventanales, sino que, al ofrecernos la intimidad del hogar, es otra manera diferente de añadir un nuevo verso a la labor lírica del poeta: un verso lleno de delicados tonos capaz de incluir, además, las palabras que cada lector aporta cuando escudriña la imagen. Y, a pesar del blanco y negro, el color se adivina: paredes blancas, interrumpidas por los matices de los pequeños cuadros que la encajan; ¿puertas azules del Puerto de Las Nieves o verdes del Valle? Las plantas sirven de alegre y estimulante contraste de agradecimiento que dulcifica el mobiliario. Todo es armónico, como si un poema fuera, en el que el autor, cansado tal vez de mirar, desea ausentarse de la foto para dar relevancia a su esposa, Leonor:

¡Compañera ideal, amiga clara!”

La habitación del fondo, tras una ladeada, espesa y señorial cortina, conversa con el escritorio y la luz, donde quizás el poeta “sentara” los versos que están por llegar sobre la “alfombra blanca”. Es la foto mucho más que un documento familiar. Es, tal vez, toda una declaración de intenciones poéticas en la que el fotógrafo también deja ver su peculiar punto de vista. Ya ven: dos miradas únicas en una escena cotidiana.

¡¡Todo un milagro!!

Ya saben que todo esto es pura imaginación. Sin embargo, el toque de realidad de la fotografía sirve para que los pensamientos, y las palabras todas, salgan de paseo en busca de la vida que se escapa por las grandes cristaleras. Contemplar la imagen ha servido para que las palabras vayan surgiendo de una escena que en otro momento fue exclusivamente familiar. Y que, ahora, la hayamos descubierto por primera vez viene a significar que el poeta sigue vivo, muy vivo. Y que fue un hombre de su tiempo. Tal vez por eso Tomás Morales resulta eterno. O casi.

Posiblemente instalado en el otoño de su vida, aunque el poeta no esté presente en la foto, ésta se convierte en un homenaje a su esposa:

Como tu nombre y tu virtud, Leonor…”

Y el asiento vacío que inmortalizado queda, indica su imborrable presencia y su vanidad bien entendida: “no estoy pero estoy”.

Y, así, hemos de agradecer la publicación de esta imagen pues al final resulta que las vidas de las personas coinciden más de lo que pensamos.

¡¡Solo los versos son únicos!!


(1) (Vimos la foto por primera vez en Infonortedigital y, más concretamente, en Agaete, mi pasión, que conduce con certera experiencia José Ramón Santana Suárez. En fotos cedidas por D. José de Armas Díaz nos llamó la atención la que es objeto de nuestro comentario. Al pie de foto se decía: Casa de Tomás Morales. Se encontraba donde está el actual Casino La Luz de Agaete. A la derecha, Leonor Ramos, esposa del poeta, 1915.)


 

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